¿Qué es realmente la antropología y por qué es importante?

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Niños con trajes de rituales tribales, en Malaui. La antropología está muy relegada en la actualidad. (Foto Steve Evans, Creative Commons Attribution 2.0)
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A diferencia de muchas ciencias, la antropología tuvo un origen tardío. Surgida a mediados del siglo XIX, la denominada ciencia total del hombre es una disciplina compleja. En sus albores, el antropólogo no era antropólogo. Era un jurista que fungía de visitador colonial, sirviente a los intereses de los imperios y empresas como la British East India Company.

Etimológicamente, el concepto antropología está compuesto por los vocablos griegos ἄνθρωπος que significa “hombre” y λόγος que significa “conocimiento”. Según la American Anthropological Association, la antropología “es el estudio de lo que nos hace humanos”; es decir, el estudio del ser humano.

Como organismos vivos, no solo somos resultado de emociones, genes, clases sociales o ideologías políticas. Más que algo específico, un ser humano es una sumatoria de aspectos.

Para comprender la antropología debemos cavilar sus dos grandes dominios: la antropología sociocultural (encargada del ser humano social) y la antropología biológica (encargada del ser humano biológico).

Sobre la base de tales, la antropología cuenta con diversas especialidades destinadas a estudiar los diversos aspectos que componen al ser humano.

La antropología cultural es el estudio de las manifestaciones culturales (mitos, ceremonias, creencias, vestimenta, música, costumbres, dialectos, etcétera). Vinculada a la anterior, se encuentra la antropología social o el estudio de las relaciones y estructuras sociales.

El estudio de organizaciones humanas (empresas, escuelas, universidades o instituciones gubernamentales) es denominada antropología organizacional. Mientras la disciplina encargada del estudio evolutivo del ser humano, es llamada antropología evolucionista.

Otras especialidades como antropología política, antropología económica, antropología del género, antropología religiosa, antropología urbana, antropología del diseño, antropología de la música, antropología psicológica, antropología cognitiva, neuroantropología, antropología genética o antropología criminal complementan el estudio del ser humano.

Según el blog Ciencias Antropológicas, la antropología tendría 45 especialidades reconocidas.

Sin embargo, a pesar que vivimos en un mundo humanamente diverso, la antropología es una disciplina olvidada. Debates sobre su estatus científico (Lende, 2010) hacen de la ciencia de lo humano una segunda –o tal vez tercera– opción.

A despecho de una tendencia que parece irreversible –más aún cuando ya han decretado su irrevocable muerte (Reynoso, 1992) o fin (Jebens y Kohl, 2011)–, hay 5 razones por las cuáles la antropología es una disciplina que merece mayor atención.

1. Observación desde el interior

Para explicar el mundo, la ciencia necesita observar. Ciencias como la física o la meteorología observan las propiedades de la materia o los fenómenos climáticos mediante herramientas sofisticadas.

Del mismo modo, la sociología o la psicología observan la conducta social o individual de las personas mediante técnicas como la encuesta o la entrevista. La antropología también observa al ser humano, aunque de manera particular.

Algunas veces el antropólogo se limita a observar el fenómeno bajo estudio: observación pura. La mayoría de las veces, no solo observa, sino también participa en las dinámicas que observa: observación participante. Mientras, en otras ocasiones, observa y participa sin que nadie lo sepa: observación interna.

Observar un fenómeno desde el mismo fenómeno –o, citando a Clifford Geertz, estudiar aldeas en aldeas– brinda una imagen muy distinta que si lo observamos desde el laboratorio. Estar en el lugar de las interacciones por breve tiempo no es lo mismo que formar parte de esas interacciones por un tiempo largo.

Uno de los hitos más representativos lo estableció Bronislaw Malinowski –el padre del trabajo de campo etnográfico, según algunos– a inicios del siglo XX. Para estudiar el sistema comercial kula, Malinowski convivió por aproximadamente 2 años con los trobriandeses de Papúa Nueva Guinea: dormía con ellos, comía con ellos, trabajaba con ellos, es decir, era un trobriandés más.

Actualmente, su obra Los argonautas del Pacífico occidental (publicada en 1922) constituye obligatorio referente para la carrera, así como para cualquiera que realice investigación etnográfica.

Bronislaw Malinowski con los trobriandeses. (SciHi.org)

Hoy, no hay ciencia social que no recurra a la observación participante como método de recolección de datos (Kawulich, 2005). No obstante, la antropología ha sabido amaestrarla y sacarle provecho desde que se fundó como disciplina.

Gracias a su desarrollo, la antropología ha podido estudiar diversos fenómenos muy de cerca, incluyendo el espionaje (Price, 2000). Sin duda alguna, observar un grupo humano, desde el mismo grupo humano, en convivencia, nos dará una imagen más objetiva que si lo observamos desde un lejano escritorio.

2. El valor de la etnografía: una mirada holística

Antes que analítica, la antropología es sintética. Los antropólogos, antes de descomponer las partes de un fenómeno, prefieren relacionarlas y organizarlas entre sí.

A primera vista, puede parecer un despropósito epistemológico, considerando que analizar es parte esencial de la investigación científica. Sin embargo, no es que la antropología no analice, sino que su objetivo es aprehender al fenómeno observado tal y como se muestra.

Cuando el antropólogo estudia un problema específico (i.e. pobreza o elección de pareja), no solo considera los factores determinantes (i.e. modelo económico o personalidad), sino también otros capaces de influir.

Al estudiar la pobreza no solo estudiará cómo esta se ve determinada por el modelo económico, sino también por el desarrollo urbano o el nivel educativo. Asimismo, en referencia a la elección de pareja no solo se interesará por la personalidad, sino además por los valores, el atractivo físico o la inteligencia.

Para brindar un panorama completo, comprendiendo la mayor cantidad de factores, la antropología recurre a la descripción sistemática e integral de un fenómeno específico o, en otras palabras, a la etnografía.

Como técnica de investigación, la etnografía comprende los múltiples aspectos de un fenómeno con la finalidad de obtener una comprensión global del mismo (Atkinson, Coffey, Delamont, Lofland y Lofland, 2007). Mediante la etnografía, la antropología ofrenda su principio metodológico más importante: el holismo.

La antropología descubre las interrelaciones entre distintos modelos científicos del ser humano. (SNU.edu)

Mediante una imagen panorámica, el antropólogo observa el bosque en vez de solo los árboles. Según Malinowski (1986), “[e]l etnógrafo que se proponga estudiar sólo religión, o bien tecnología, u organización social, por separado, delimita el campo de su investigación de forma artificial, y eso le supondrá una seria desventaja” (p. 28).

Gracias a dicho principio, la antropología presupone la naturaleza compleja de los fenómenos humanos. La corrupción, por ejemplo, es un reconocido fenómeno económico y político; sin embargo, investigaciones antropológicas demostraron que también es un fenómeno social y hasta ritual (Torsello, 2015).

La razón del intrínseco holismo antropológico radica en su naturaleza disciplinar. Cuando la antropología se fundó, la ciencia moderna ya se había establecido.

Así, los antropólogos que exploraban las diversas sociedades humanas tenían por objetivo contrastar si las leyes que gobernaban Occidente también podían gobernar fuera de su zona de confort. Y la única forma de saberlo era estudiando dichas sociedades holísticamente, resaltando la interdependencia de sus componentes. Para ello, la antropología invoca a la cultura.

3. La naturaleza omnipresente de la cultura

Aparte de ciencia total de hombre, la antropología también es conocida como la ciencia de la cultura. No obstante, aunque la cultura no constituya su objeto primigenio de estudio (sino el medio a través del cual estudia al ser humano), la antropología le ha brindado un nuevo significado.

A mediados del siglo XVIII, la noción de cultura (del alemán Kultur) refería al conocimiento moderno e ilustrado. No fue necesario mucho tiempo para demostrar que las llamadas sociedades primitivas también tenían cultura.

A mediados del siglo XX, los antropólogos estadounidenses Alfred Kroeber y Clyde Kluckhohn (1952) recopilaron 164 definiciones de cultura organizadas en 7 grupos: descriptivas, históricas, normativas, psicológicas, estructurales, genéticas e incompletas. Para los autores, la noción de cultura es clave y equivalente a las de gravedad (para la física), enfermedad (para la medicina) o evolución (para la biología) (p. 3).

Hoy, la noción de cultura forma parte del bagaje conceptual de las ciencias sociales, generando múltiples definiciones. Disciplinas como psicología, economía o sociología han creado diversas subespecialidades (i.e. psicología transcultural, economía cultural o sociología cultural) para comprender cómo la cultura influye sobre sus respectivos objetos de estudio.

Sumemos, además, la influencia que ejerce en la economía conductual, la psicología evolucionista o la psicología cognitiva. Todas ellas proponen concepciones de cultura con las que la antropología sabe discrepar.

En síntesis, hay dos maneras de concebir la cultura: como totalidad (aplicable a la antropología) y como elemento de esa totalidad (es decir, como variable, aplicable al resto de disciplinas). Al concebirla como una totalidad compleja e histórica, los antropólogos “estudian la cultura desde el interior y se resisten a tratarla como una variable independiente” (Astuti y Bloch, 2012: 458).

No obstante, diversas propuestas académicas conciben la cultura como una variable que entra en conflicto con otras (i.e. nivel socioeconómico o sistema político) o, peor aún, que puede ser descontada de la ecuación.

Prestigiosos científicos, como el psicólogo evolucionista David Buss (1989) o el psicólogo y genetista Robert Plomin (2018), consideran que la cultura es oponible a la biología en la determinación de la conducta humana. Sin embargo, concebir la cultura como variable, constituye todo un riesgo.

Una defensa de la importancia de la cultura la dio el psicólogo Scott Barry Kaufman (2008), en referencia a la heredabilidad del coeficiente intelectual. Según Kaufman el entorno determina a pesar de no variar, pues negarlo “[e]s como decir que el agua no tiene influencia en el desarrollo de un pez porque todos los peces viven en el agua” (Kaufman, 2008). Que el entorno sea determinante a pesar de su no variabilidad reconoce la naturaleza omnipresente de la cultura.

Considerando este principio, diversos estudios corroboran el papel determinante de la cultura en desarrollo organizacional (Baiorunos, 2017), economía (World Bank, 2016), salud (Napier, 2017), educación (Weale, 2014), corrupción (Hira, 2016), cognición (Colagè y d’Errico, 2018) y hasta evolución (Henrich, 2011).

Esto conlleva a que la antropología considere los fenómenos bajo análisis como fenómenos culturales, al ocurrir dentro de marcos culturales que los posibilitan y explican.

Términos como cultura política, cultura cívica, cultura vial, cultura empresarial, cultura ambiental, cultura escolar, cultura universitaria, cultura financiera, cultura de consumo, cultura deportiva, cultura primate o cultura científica –incluyendo los polémicos cultura de corrupción o cultura de la violación– rememoran la idea de totalidad.

A este respecto, es más atinado decir que la antropología no estudia la cultura sino las culturas, ya que dicha pluralidad admite que no estamos solos en este mundo.

4. Un cuestionamiento radical de la racionalidad occidental: la diversidad humana

Uno de los mayores hitos de la historia de la humanidad –el descubrimiento de los Nuevos Mundos– ha sido patrocinado por la antropología. Como ciencia total del hombre, ha estado siempre dedicada al estudio de la diversidad humana, la cual no es una cuestión accesoria, sino fundamental.

Para el antropólogo Joseph Henrich, “[g]ran parte de las investigaciones sobre el comportamiento humano y la psicología supone que todos comparten los procesos cognitivos y afectivos más fundamentales, y que los resultados de una población son aplicables en todos los ámbitos” (Henrich, Heine y Norenzayan, 2010: 29).

Conocer la diversidad humana es labor de la antropología. (Genetic Literacy Project)

Dicha población recibe el nombre de WEIRD (del inglés raro o extraño), un acrónimo cuyas letras refieren a las principales características de dicha población: Western (occidentales), Educated (profesionales), Industrialized (tecnológicos), Rich (adinerados) y Democratic (democráticos).

Considerando que la mayoría de investigaciones –sobre todo las experimentales– recurren a un tipo muestral (estudiantes universitarios), dejando por fuera a las grandes mayorías, “[e]s extraño […] que los artículos de investigación asuman de manera rutinaria que sus resultados son ampliamente representativos” (Ibíd.).

Mientras muchos científicos ven la generalización como un logro, el antropólogo es cauto: la única manera de generalizar sobre el ser humano es mediante un profundo conocimiento de la diversidad humana.

Desde sus orígenes, la antropología demostró empíricamente aquellas nuevas formas de ser humano, cuestionando las leyes del mercado (economía), la sociedad (sociología), la mente (psicología), el lenguaje (lingüística), la religión (teología), la moral (ética), la historia (historia) y la evolución (antropología y biología).

La evidencia comprobó que las sociedades no-WEIRD tienen diferentes formas de consumo, modelos societales, personalidades, lenguajes, creencias, códigos morales, historias y formas de desarrollo sociocultural y biológico. La antropología había descubierto múltiples antropologías.

Esta labor todavía prosigue, considerando el auge que muestran las “disciplinas etno”: etnohistoria, etnopsicología, etnopsiquiatría, etnobotánica, etnomedicina, etnopolítica, etnolingüística, etnomatemática, etnobiología, etnomusicología, etnozoología, etnoprimatología y hasta etnomarketing.

Así, la antropología posibilitó un radical cuestionamiento de la racionalidad occidental al punto que, actualmente, diversos psicólogos que fungen de economistas ganan premios Nobel por demostrar que no existe un actor racional fuera de Occidente –algo que la antropología sabía hace casi un siglo (Danese y Mittone, 2017).

Para estudiar estas formas exóticas de ser humano no hace falta viajar a lejanos rincones del planeta. La antropología ha demostrado que no solo es posible cotidianizar lo extraño, sino también extrañar lo cotidiano, mediante el estudio antropológico de nuestra propia sociedad (lo que algunos llaman antropología de la modernidad).

¿Resultado? No somos tan racionales como creemos. Al exponer el lado más exótico, primitivo y salvaje de los otros, también nos expusimos a nosotros mismos. Parafraseando a Bruno Latour, nunca fuimos modernos.

Sin embargo, gracias a la antropología las nuevas generaciones han aprendido que ser diferente no es motivo de temor ni burla. Derrumbando el mito de las razas humanas o demostrando la existencia de múltiples géneros, hemos pasado del asco a la admiración.

Hoy, el respeto de la diversidad sociocultural constituye el axioma de una justa vida en sociedad. Si la psiquiatría desmitificó al loco, la antropología desmitificó al otro y, al mismo tiempo, a nosotros.

5. Una ciencia comprensiva del ser humano

Para Henrich et al. (2010), reconocer el potencial de la diversidad humana no significa renunciar a la búsqueda de la naturaleza humana; al contrario, “este reconocimiento ilumina un viaje hacia la naturaleza humana que es más emocionante, más complejo y […] más consecuente de lo que se ha sospechado anteriormente” (p. 29).

Las distintas ciencias que estudian el fenómeno humano han tenido aportes valiosos. Desde sus perspectivas, neurociencias, ciencias cognitivas, psicología, sociología, economía, ciencia política, biología, psiquiatría o genética han dibujado lo que hoy conocemos como ser humano.

Sin embargo, la antropología se distingue por subir un peldaño más en la investigación social: la comprensión. Y dado que uno no puede comprender a una neurona, un gen o un trauma, lo único capaz de ser comprendido es el ser humano como tal.

Según el antropólogo Davide Torsello (2015), “[p]ara entender un hecho social, es crucial observarlo como persona local, y no solo como científico” (p. 160). Al aprehender lo que la disciplina llama el “punto de vista nativo” o “perspectiva del actor” (y no alejándose, como haría el científico promedio), la antropología no solo describe, correlaciona o explica un evento, sino que también lo comprende.

Esto, sin duda, implica un cuestionamiento a la racionalidad científica pues apunta a cómo utilizamos los conceptos (nuestro marco teórico) para entender el mundo.

De ahí que muchos antropólogos eviten extrapolar conceptos surgidos en Occidente (intercambio, transgénero, estrés, coima, líder, etcétera) para emplear las categorías nativas: kula, potlatch, gumsa-gumlao, quariwarmi, mal de susto, karoshi, guanxi, big men, mana, totem, kanashibari, ubuntu, Dios, etcétera. Desde esta perspectiva, la antropología es una antiepistemología. Y es que, para comprender, hay que reflexionar y, por momentos, hasta callar.

Es mediante la comprensión que se configura el fin supremo de la antropología: sobrevivir esa frustrante lucha interna –pero necesaria, hoy más que nunca– entre el saber y el no saber, entre el todo y las partes, entre el otro y el yo.

Tótem que rememora a los antiguos que se ubicaban en la región, en el Parque Stanley de Vancouver, Canadá. (Flickr)

Referencias bibliográficas

-Astuti, R. y Bloch, M. (2012). Anthropologists as cognitive scientists. Topics in Cognitive Science, 4(3): 453-461.

-Atkinson, P., Coffey, A., Delamont, S., Lofland, J. y Lofland, L., (Eds.,) (2007). Handbook of ethnography. London: SAGE.

-Baiorunos, R. (2017). Why organizational culture is the most powerful, practical tool for impact and what to do about it. Forbes.

-Buss, D. (1989). Sex differences in human mate preferences: Evolutionary hypotheses tested in 37 cultures. Behavioral and Brain Sciences, 12(1): 1-14.

-Colagè, I. & d’Errico, F. (2018). Culture: The driving force of human cognition. Topics in Cognitive Science.

-Danese, G. y Mittone, L. (2017). Behavioral economic anthropology. En: A. Morris (Ed.), Handbook of behavioural economics and smart decision-making (pp. 233-248). UK: Edward Elgar.

-Henrich, J. (2011). A cultural species: How culture drove human evolution. American Psychological Association.

-Henrich, J., Heine, S. y Norenzayan, A. (2010). Most people are not WEIRD. Nature, 466(7302): 29-29.

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-Weale, S. (2014). ‘Culture, not just curriculum’, determines east Asian school success. The Guardian.

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