Mitos sobre condones y homosexualidad: la ciencia desmiente a ONG de Paraguay

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La homosexualidad no es una enfermedad que deba tratarse, según las evidencias actuales. (Publicdomainpictures.net)
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Coautoría: Dr. Osvaldo José Melgarejo *

Nicolás Maquiavelo, nacido en Florencia (Italia) en 1469 fue un político del Renacimiento, reconocido por su obra El Príncipe, que enseña cómo se dan los principados y cómo se deben comportar los gobernantes en situaciones adversas o de crisis. Su obra le valió, siglos después, el vocablo de maquiavelismo para referirse a una persona con ausencia de ética, indiferencia moral o en la que el fin justifica los medios (Cofone, 2010).

Su inteligencia y estrategia para la política fueron reconocidas por Napoleón Bonaparte, con quien libró la famosa batalla de Waterloo y donde por primera vez conoció la derrota y, por heridas de guerra, terminó muriendo en el año 1527.

La información anterior, aunque parcialmente verdadera, termina finalmente siendo falsa: Napoleón nació en 1769, 300 años después que Maquiavelo. Pero, ¿qué ocurre cuándo personas con un nombre y trayectoria detrás son las que llevan este tipo de información y si, además, están respaldadas por una institución? Estas informaciones “parcialmente verdaderas, aunque finalmente falsas” cobran mayor veracidad.

Esto último es aún más notorio en un país como Paraguay, en el que el promedio de años de estudio de la población de 25 años y más de edad es de alrededor de 9 años (DGECC, 2017), y en el que al llegar a los 18 años la calidad de aprendizaje es solo de 7,1 años, tras haber atravesado todos los niveles escolares.

La información sobre Maquiavelo, a fin de cuentas, resulta inofensiva si pensamos que en Paraguay cada día 2 niñas menores de 15 años dan a luz, según datos del Ministerio de Salud Pública de 2017, y existen organizaciones que llevan información que puede repercutir sobre las decisiones que elijan tomar los adolescentes. Justamente ese el tema que nos atañe: llevar información a la escuela, que luego es incorporada para la vida. Lo que empieza torcido, acaba torcido.

Que el preservativo no sea útil para prevenir enfermedades de trasmisión sexual, es parcialmente verdadero: por ejemplo, cuando se menciona a las lesiones por virus del papiloma humano que pueden asentar en región perineal o por contacto con chancros. Pero una golondrina no hace la primavera. Reza el dicho en medicina: el que piensa por frecuencia, acierta por hábito.

No podemos basarnos en las excepciones para hacer políticas cuando existen otras estrategias útiles y basadas en evidencia. Por ejemplo: la alfabetización en salud, que se refiere a la capacidad de las personas para acceder y utilizar la información para tomar decisiones relacionadas con su salud. Una gran proporción de ciudadanos no tiene niveles adecuados o efectivos de alfabetización en salud para navegar con éxito en el panorama sanitario cada vez más complejo (Castro-Sánchez et al, 2016).

Si los ciudadanos, de por sí, no tienen niveles adecuados de alfabetización y se les provee de información que es errónea, luego toman decisiones sobre su salud basadas en datos incorrectos, desactualizados y con consecuencias sobre la salud pública.

La sexualidad, la salud y la educación son tres derechos interdependientes (Muñoz, 2011) pero que, con frecuencia, por falsas concepciones, los adultos se ven privados de poder ejercerlos en una vida sexual plena.

Los preservativos son eficientes para evitar embarazos y enfermedades de transmisión sexual. (Pixabay)

La heurística y los sesgos

Salgamos por un momento de Asunción, capital de Paraguay, o de las ciudades aledañas. Pensemos en los nombres de las personas basadas en calendarios, de las ciudades, de las fiestas que se celebran, las actividades que se realizan los domingos: mucho gira en torno a la religión.

La religión, la espiritualidad y el misticismo tienen una relación con la salud mental, la calidad de vida y el bienestar de las personas (Verghese, 2008; Moreira-Almeida, 2018; Weber & Pargament, 2014).

Ahora, personas con buenas intenciones y desconocimiento en el tema o con malas intenciones y conocimiento del tema, visitan instituciones educativas e imparten charlas y seminarios sobre sexualidad con datos que son erróneos y falsos (Manzoni et al. Ver investigación de El Surtidor).

De alguna manera viene bastante a la mente el término posverdad: “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales” (Asale, 2018)

Una mentira repetida mil veces, luego se convierte en verdad, en un sesgo, un lente a través del cual evaluamos la realidad y tomamos decisiones. “Si tengo relaciones sexuales, el preservativo no me protege de enfermedades de transmisión sexual”, con esta idea preconcebida luego decido de manera polarizada “usar o no usar”, “contagiarme o no hacerlo”, “el preservativo no es seguro”.

En jóvenes que por primera vez reciben información sobre sexualidad y educación sexual lo anterior tiene una suerte de sesgo de anclaje: se tiene más en cuenta la primera información recibida y se confía en ella para tomar decisiones.

Ocurre lo mismo con la homosexualidad, al considerarla aún como un trastorno mental y al intentar ubicarla dentro de una categoría diagnóstica, “inventar” algún tratamiento, generar estadística y sesgar los resultados y conclusiones para luego generalizar y hacer recomendaciones.

Entonces, veamos qué dice la evidencia al respecto de estos dos puntos controvertidos: el preservativo y el VIH y la homosexualidad como trastorno mental.

La ONG cristiana evangélica  Decisiones difundió materiales pseudocientíficos en colegios públicos y privados de Paraguay. Lo hizo con dinero público. (El Surtidor)

Preservativos y VIH

En países en vías de desarrollo, como Paraguay, las infecciones de transmisión sexual son un problema de salud, según la OMS. La abstinencia es el método más eficaz para evitar contraer infecciones de transmisión sexual y evitar embarazos no planificados; no obstante, en personas que deciden iniciar relaciones sexuales, la sociedad está obligada a ofrecer, al menos, información sobre cómo hacerlo de manera segura.

Más aún cuando en Paraguay, en el que 1 de cada 5 estudiantes ha tenido relaciones antes de los 14 años, con un inicio desde el 8° grado y con un aumento en los siguientes años (OPS/OMS, 2017) y en el que, en el ámbito rural, una adolescente tiene un 50% más de posibilidades de embarazarse antes de los 20 años en comparación con las que habitan en zonas urbanas (Ravetllat Ballesté & Sanabria Moudelle, 2015)

Vivimos en tiempos de posverdad y acceso a la tecnología, en el que todas las personas necesitan justificar con datos científicos sus opiniones. La ciencia es una herramienta. No es un arma para empuñar. Es un marco para entender la naturaleza, ni más ni menos (Sutter, 2018).

La percepción de vulnerabilidad y entender el contexto donde ocurren las conductas de riesgo son el primer paso en la prevención de infecciones de transmisión sexual/VIH (Villegas et al 2016). El Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de los Estados Unidos de América es contundente: el preservativo reduce, pero no elimina el riesgo de enfermedades de transmisión sexual, incluido el VIH y virus de hepatitis. Para conseguir la máxima protección debe utilizarse de manera correcta y consistente.

Estudios realizados en laboratorio y en personas que viven con el VIH y que han tenido relaciones sexuales con personas no infectadas señalan que los condones de látex proporcionan una barrera esencialmente impermeable a las partículas del tamaño del VIH y proveen alto grado de protección (CDC, 2010).

Ha sido demostrado que, a mayor disponibilidad de preservativos, mayor uso, por lo que se recomienda esta práctica, incluso hacerlos disponibles antes de que uno sea sexualmente activo (APP, 2013). Los temores de que la exposición temprana a los métodos anticonceptivos estimule las relaciones sexuales entre los adolescentes jóvenes deben ser mitigados por la evidencia reciente de que la vacunación contra el virus del papiloma humano, por ejemplo, no aumentó la actividad sexual entre las niñas de 11 y 12 años (Finer & Philbin, 2013).

El condón es el método anticonceptivo más popular entre adolescentes (APP, 2013). Actitudes positivas hacia su uso hacen más probable su empleo; las percepciones de que reducen el placer sexual o de que las parejas desaprueben su uso lo hacen menos probable.

Las redes sociales y los medios de comunicación a través de músicas, revistas y películas repercuten de manera favorable en su uso, así como también influye de manera favorable una buena comunicación con los padres acerca de su uso y del riesgo de contraer infecciones de transmisión sexual (APP, 2013).

Entre el 2000 y el 2010, la incidencia reportada de VIH en los grupos de adolescentes y jóvenes se duplicó, pasando de 4,54 a 9,91 x 100.000 habitantes en el grupo de 15 a 19 años y de 12,27 a 28,13 por 100.000 habitantes en la población de 20 a 24 años de edad (Ravetllat Ballesté & Sanabria Moudelle, 2015).

Ahora bien, si observamos datos de población que tiene mayor riesgo de contraer enfermedades de transmisión sexual (por ejemplo, personas trabajadoras del sexo o población penitenciaria), lo que se observa es que con los años ha aumentado la cantidad de personas que se realizan test para detección de VIH y el uso del preservativo ha disminuido la prevalencia del VIH (Chow E et al, 2015; Ramesh et al, 2010; Han, 2015; Leibowitz et al, 2013; Groves et al, 2017).

Que la cantidad de nuevos casos de VIH haya disminuido a través de los años y que la cantidad de personas que conviven con el VIH se haya estabilizado en tiempo (Ortiz-Ospina & Roser, 2019), no es una cuestión fortuita: esfuerzos se han realizado para que esto ocurra (UNAIDS, 2016, AVERT, 2017).

En nuestro medio, la presión que ejerce la cultura dominante sigue dificultando que temas como la salud sexual y reproductiva sean tratados fuera del reducto de la vida privada de las personas. Por ende, no es “políticamente correcto” hablar de ello en público y menos aún si afecta a un menor a 18 años (Ravetllat Ballesté & Sanabria Moudelle, 2015). Esto dificulta de sobremanera la generación de políticas públicas de prevención y de acceso a la información veraz por parte de niños y adolescentes.

La homosexualidad como trastorno mental

La ONG Decisiones asegura que la homosexualidad es una “patología” que puede tratarse, sin presentar evidencia de sus afirmaciones. (El Surtidor)

Jugando “fútbol 5”, ataca el equipo contrario, delantero mano a mano con el arquero hasta que aparece un jugador del equipo, que en este caso defiende, y corta el ataque con una falta. Inmediatamente surgen insultos acerca de la sexualidad de la persona. La cultura crea un contexto de homofobia, pero no es la fobia la que es abordada, sino lo que es objeto de esta.

Veamos primeramente cómo se construyen categorías diagnósticas en psiquiatría: se reúne un panel de expertos en determinado tema para elaborar una serie de criterios y con ello lograr un acuerdo en cuanto a sus diagnósticos, gravedad y especificadores.

Con esto se consigue establecer un límite entre los trastornos mentales y la normalidad (Frances, 2014), pero genera el problema de la escasa fiabilidad diagnóstica, es decir, que dos médicos psiquiatras asignan diferentes diagnósticos al mismo paciente entre el 32% y el 42% del tiempo (Davies, 2016).

Con un umbral más exigente de criterios diagnósticos perdemos sensibilidad y podemos estar dejando fuera a personas que requieren esa categoría para ser tratadas, pero podemos ganar especificidad con lo que personas sin enfermedad mental no serían diagnosticadas de manera errónea (Frances, 2014).

Situémonos en la década de los 70 del siglo pasado, en Estados Unidos, donde había pocos médicos psiquiatras y prevalecía el pensamiento pseudocientífico psicoanalítico dentro de las descripciones previas del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM).

La tercera edición del DSM (DSM III), cuya elaboración se inició en 1973, fue publicada en 1980 con el objetivo de crear un sistema de diagnóstico empírico, con una base teórica que aborde la poca confiabilidad de las ediciones anteriores del DSM y las diversas amenazas para la profesión (Davies, 2016).

Fue justamente en 1973 que la homosexualidad fue retirada del DSM. La Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo lo mismo el 17 de mayo de 1990, al retirar a la homosexualidad del Catálogo Internacional de Enfermedades (OMS, 1992).

No hay mejor ejemplo de cómo las “no condiciones” pueden medicalizarse y convertirse en enfermedades que la homosexualidad (Glass, 2017). El buen vendedor no vende agua, vende sed.

La heterosexualidad es la orientación sexual más prevalente entre la población; no obstante, la homosexualidad ha existido siempre en el curso de la historia de la humanidad (Barrios & Torales, 2017) y generalmente debido a concepciones religiosas y culturales ha sido catalogada como algo inmoral, desagradable, lascivo e indecente y como una enfermedad mental (Álvarez, 2015).

Surgen entonces teorías etiológicas sobre la homosexualidad: la teoría de la patología, que considera la homosexualidad adulta como una enfermedad, una condición que se desvía del desarrollo “normal”, heterosexual. La presencia de conductas o sentimientos de género atípicos son síntomas de la enfermedad o trastorno a los que deben asistir los profesionales de la salud mental.

Esta teoría sostiene que algunos defectos internos o agentes patógenos externos causan la homosexualidad y que tales eventos pueden ocurrir antes o después del nacimiento (es decir, exposición hormonal intrauterina, maternidad excesiva, paternidad inadecuada o hostil, abuso sexual, etc.); la teoría de la inmadurez, que sostiene que la homosexualidad debería ser una fase pasajera del desarrollo que se supere.

Sin embargo, como un “detenimiento de desarrollo”, la homosexualidad adulta se iguala a un retraso en el crecimiento. La teoría de la variación de la normal, típicamente considera que los individuos homosexuales nacen diferentes, pero es una diferencia natural que afecta a una minoría de personas, como el zurdo.

La creencia cultural contemporánea de que las personas “nacen como gays” es una teoría de variación normal. Estas teorías equiparan lo normal con lo natural (Drescher, 2015).

Las protestas de activistas y de miembros de la comunidad científica motivaron reuniones en las que la propia Asociación Americana de Psiquiatría (encargada del DSM) escuchó sobre el estigma que produce el diagnóstico de la homosexualidad como trastorno. Incluso entre las personas que fueron escuchadas estuvo un médico psiquiatra que se hacía llamar “Dr. H Anonymous”, por el miedo a las consecuencias profesionales que podía tener en ese momento (Glass, 2017; Drescher, 2015).

Ver a las minorías como grupos no permite individualizarlos, lo que genera efectos de contexto para diferentes actitudes implícitas (Steffens, 2005). Finalmente, fue aceptado por la comunidad científica que la homosexualidad no es una enfermedad (Castellanos et al 2008; Bailey, 2016).

Adeptos a algunas de las “teorías etiológicas” antedichas siguen encontrando en ellas posibles enfoques para abordar y “tratar” la homosexualidad, el problema está en que ninguna de esas teorías soporta el rigor científico para demostrar resultados, poder ser replicados y encontrar lo que en teoría buscan. Aun así, existen profesionales de salud mental que ofrecen “tratamientos” (Bartlett et al, 2009), para una forma de sentir y vivir que no es patológica.

La Asociación Mundial de Psiquiatría (organismo científico que aglutina a 138 sociedades de psiquiatría, en 118 países del mundo) ha sido firme en declarar que los pretendidamente llamados “tratamientos de la homosexualidad” pueden crear un entorno en el que prosperan los prejuicios y la discriminación, y pueden ser potencialmente dañinos. La prestación de cualquier intervención que pretenda “tratar” algo que no es un trastorno es completamente antiético (Bhugra et al, 2016).

Estos supuestos tratamientos además de desconocer y negar la naturaleza diversa de la sexualidad humana, carecen de fundamentos científicos, con lo que se intentaba culpabilizar y condenar la orientación de las personas no heterosexuales (SPESH, 2011).

Investigación científica objetiva y bien fundada demuestra que la homosexualidad, en sí misma, no está asociada con trastornos mentales ni problemas emocionales o sociales. La homosexualidad no es enfermedad ni depravación moral, sino que es simplemente la manera en que una parte de la población expresa el amor humano y la sexualidad (APA, 2007).

La homosexualidad no está clasificada como trastorno o desorden, sino que es una expresión del amor y sexualidad del ser humano. (Pixabay)

* Osvaldo José Melgarejo es médico de la cátedra de psiquiatría en la Facultad de Ciencias Médicas, Universidad Nacional de Asunción.

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Columnista de Ciencia del Sur. Doctor en medicina y cirugía, especialista en psiquiatría clínica y magíster en docencia médica superior (Universidad Nacional de Asunción, Paraguay), diplomado en psicodermatología (Academia Argentina de Dermatología y Psiquiatría y Universidad Maimónides, Argentina) y magíster en psicofarmacología (Universidad de Valencia, España). Se desempeña como profesor de psiquiatría, psicología médica, socioantropología y metodología de la investigación, y como jefe del Departamento de Normas de la Dirección de Investigaciones en la Facultad de Ciencias Médicas de la UNA. Es Investigador del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología - Programa Nacional de Incentivo a los Investigadores (PRONII). Es fellow de la American Psychiatric Association y miembro honorario de la World Psychiatric Association. Sus líneas de investigación son epidemiología y psicopatología de los trastornos mentales; psicodermatología; salud y bienestar psicológico en estudiantes universitarios; y salud y derechos humanos. Ha publicado 19 libros y más de 130 artículos científicos.

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