10 min. de lectura

 

Refiriéndose a la eliminación de los estudios de género por parte del primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, así como a la medida de sexo binario dictada por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump –que causó el pronunciamiento de más de 1600 científicos (BBC, 2018)–, la reconocida bióloga Anne Fausto-Sterling publicó un artículo de opinión en el New York Times en el cual sostuvo que hablar de dos sexos (macho y hembra) es insuficiente para comprender la variedad sexual humana: “un bebé que tenga cromosomas XX puede nacer con pene y una persona que tenga cromosomas XY puede tener una vagina” (Fausto-Sterling, 2018).

Dicho artículo generó amplia polémica en medios académicos y periodísticos, incluyendo redes sociales, alrededor de la pregunta: si no hay únicamente dos, ¿entonces cuántos sexos hay?

No obstante, lo que pudiera parecer un debate novedoso, en realidad, constituye una discusión con varios años encima.

Al mencionado artículo le antecede otro publicado en el mismo medio (Fausto-Sterling, 1993a), dos ensayos publicados en The Sciences (Fausto-Sterling, 1993b, 2000), un capítulo del libro Cuerpos sexuados (Fausto-Sterling, 2006) y un artículo publicado en Nature (Ainsworth, 2015). Considerando toda esta literatura, ¿será cierto que hay más de dos sexos?

Cuerpos sexuados, de Anne Fausto-Sterling. (Barcelona: Melusina, 2006)

El complejo –y natural– proceso de desarrollo sexual

“El sexo puede ser mucho más complicado de lo que parece a primera vista” (Ainsworth, 2015: 288). Y es que el proceso de desarrollo sexual está lejos de asemejarse a un switch que elige o macho o hembra, sino que constituye un complicado evento donde participan genes, cromosomas, enzimas, hormonas, entre otros (Schmitt, 2016).

Durante las primeras cinco semanas, el feto humano puede desarrollarse potencialmente como hembra o macho. En ese tiempo, dos crestas gonadales emergen para formar o bien gónadas masculinas (testículos) o bien gónadas femeninas (ovarios).

Recién en la sexta semana se desarrolla un sexo anatómico específico: si las gónadas se vuelven testículos, se secreta testosterona, la cual contribuye a la formación de los conductos deferentes y el epidídimo.

Caso contrario, si las gónadas se vuelven ovarios, se secretan estrógenos, los cuales producen el útero y las trompas de Falopio. Sin embargo, eso no es todo.

De forma complementaria, si las gónadas se convierten en testículos, también se generan hormonas que producen la desaparición del útero y las trompas de Falopio. Y si las gónadas se convierten en ovarios, se secretan hormonas que propician la desaparición de los conductos deferentes y el epidídimo.

Dichas hormonas sexuales –testosterona y estrógenos– contribuyen también al desarrollo de genitales externos (pene o vagina) y de los caracteres sexuales secundarios durante la pubertad: mamas, vello corporal, ensanchamiento de caderas o espalda, etcétera. Sin embargo, aquí tampoco queda todo.

Las mutaciones genéticas que afectan el desarrollo de las gónadas pueden hacer que personas XY (machos) desarrollen características femeninas y que individuos XX (hembras) desarrollen características masculinas. Según Ainsworth (2015), “[c]uando se toma en cuenta la genética, el límite entre los sexos se vuelve aún más borroso” (p. 288).

Durante décadas se creía que el desarrollo sexual masculino se debía a la presencia/ausencia de un gen específico dentro del cromosoma Y. Recién en los años 90’s se descubrió el gen SRY, el cual genera que las gónadas muten de ovarios a testículos.

Lo sorprendente de este hallazgo es que incluso personas XX (hembras) que porten un fragmento del cromosoma Y que contenga el gen SRY se desarrollarán como machos.

De modo semejante, se creía que el desarrollo sexual femenino constituía un acto pasivo. Sin embargo, no hace mucho se descubrió el gen WNT4, el cual promueve el desarrollo de los ovarios y, al mismo tiempo, suprime el desarrollo testicular. Individuos XY (machos) con copias de este gen pueden desarrollar un útero y trompas de Falopio rudimentarios.

Se ha descubierto la presencia de 25 genes capaces de producir cambios anatómicos durante el proceso de desarrollo sexual delos humanos. (Flickr)

Asimismo, en el año 2011, investigadores demostraron que si otro gen ovárico clave –el RSPO1– no funcionaba normalmente, aquellas personas XX que porten dicho gen podrían desarrollar una ovotestis: una gónada mixta con áreas de desarrollo ovárico y testicular.

El síndrome de insensibilidad completa a los andrógenos (CASI) ocurre cuando las células sexuales no responden a las hormonas sexuales masculinas porque los receptores no se activan. Estas personas tienen cromosomas Y, así como testículos internos, sin embargo, sus genitales externos son femeninos.

De modo semejante, la hiperplasia suprarrenal congénita (CAH) hace que el cuerpo produzca cantidades excesivas de hormonas sexuales masculinas, logrando que personas XX nazcan con genitales ambiguos: desde un clítoris grande y labios vaginales semejantes a un escroto hasta vello facial y corporal, menstruaciones irregulares y problemas de fertilidad.

Investigaciones recientes han descubierto la presencia de 25 genes capaces de producir cambios anatómicos durante el proceso de desarrollo sexual –un evento que no solo repercute a nivel fisiológico, sino también a nivel psicosexual.

Sin embargo, algunas veces la realidad social dista de la realidad científica. Según Colangelo (2017), en muchas escuelas secundarias todavía se enseña que “los cromosomas determinan los genitales, los cuales determinan el sexo, lo cual determina el género. Las mujeres son XX y los hombres son XY. Uno tiene pene, el otro, vagina”.

Múltiples libros de biología –usualmente mencionados por exegetas liberales– no solo ignoran los nuevos contenidos, sino que “desinforman activamente a los estudiantes” (Ibíd.). Para Byrne (2017), “[s]iempre que se sugiere que ser mujer o hombre es cuestión de tener ciertos cromosomas (o características sexuales primarias/secundarias), es un signo seguro de que la discusión se ha salido de los rieles”.

¿Intersex o DSD?

Negar la realidad de la variabilidad del desarrollo sexual humano es un ejercicio vano. Más aún si ocurre bajo la proclama de un altísimo “diseño natural”.

Sin embargo, el debate no gira en torno a la existencia de dicha multiplicidad, sino en torno a su comprensión. A este respecto, son dos los conceptos enfrentados: intersex y desórdenes del desarrollo sexual (DSD).

Por un lado, para la Intersex Society of North America (ISNA)[1], “«Intersex» es un término general que se usa para una variedad de afecciones en las cuales una persona nace con una anatomía reproductiva o sexual que no parece ajustarse a las definiciones típicas de femenino o masculino”.

A pesar que solo 1 persona de 100 tendría alguna forma de intersexualidad (Ainsworth, 2015), se trata de un concepto muy difundido en la cultura popular (Amato, 2016; Horlacher, 2016), ya que se vincula con la lucha por la no discriminación de personas intersex, así como la obtención de sus derechos fundamentales (Davis, 2015; Rubin, 2017).

Bandera del movimiento Intersex internacional, que también exige sus derechos. (Wikimedia)

Por otro lado, el concepto de DSD fue acuñado tras la publicación del “Consensus statement on management of intersex disorders” el año 2006. Según Lee, Houk, Ahmed y Hughes (2006), conceptos como intersexualidad, hermafroditismo o pseudohermafroditismo “son percibidos como potencialmente peyorativos por los pacientes y pueden ser confusos para profesionales y padres” (p. e488).

Caso contrario, hablar de DSD hace referencia a “condiciones congénitas en las que el desarrollo de relaciones cromosómicas, gonadales o anatómicas es atípico” (Ibíd.). [Ver tabla 1]

Tabla 1. Nueva nomenclatura propuesta. (Lee et al., 2006: e489)

Desde esta perspectiva, el desarrollo sexual se divide en dos procesos diferentes: la determinación sexual, en la que gónadas bipotenciales conforman testículos/ovarios por presencia/ausencia del gen SRY y del cromosoma Y, y la diferenciación sexual, mediante la cual testículos/ovarios completamente formados secretan hormonas para impulsar la diferenciación de los genitales internos y externos, incluyendo tejidos extragonadales como el cerebro (Arboleda, Sandberg y Vilain, 2014).

Para el genetista Eric Vilain, el término intersex es muy vago: “no sabríamos a quién incluir y a quién no incluir” (Lehrman, 2007). Por ello, es mejor hablar de DSD, ya que los pacientes tendrán su diagnóstico con un nombre genético, lo cual “es mucho más científico” (Ibíd.).

Según Arboleda et al. (2014), al brindar un marco coherente para el diagnóstico mediante el concepto de DSD, “los médicos pueden comenzar a identificar a los pacientes con fenotipos similares y comprender mejor los factores médicos, sociales y psicológicos que contribuyan al bienestar general de los pacientes” (p. 10).

Bautizado por el ISNA como “un juego semántico de nunca acabar”[2], las discusiones de si debemos elegir intersex o DSD constituye materia de actual polémica (Reardon, 2016).

Ante este escenario, Vilain ha pedido separar lo político de lo médico, ya que “los cirujanos a menudo tienen la impresión de que existe una pequeña minoría vocal de activistas que solo quieren destruir su trabajo” (Lehrman, 2007).

Son precisamente los activistas intersex (la “I” en LGTBIQ) quienes han denunciado la medicalización de su condición. Para Davis (2011), dado que “los médicos necesitaban mantener su autoridad” (p. 178), el concepto de DSD constituye una reacción al desafío activista a la jurisdicción médica sobre la intersexualidad que ha logrado que los activistas se sientan “violados y manipulados” (Ibíd., p. 172).

El debate, queda claro, ha tocado fibras muy íntimas:

“No sé si el término intersexual durará mucho más tiempo ni tampoco sé cuánto tiempo más durará el concepto de DSD. Lo que sí sé es que una comunidad diversa de personas con rasgos intersexuales continuará existiendo y, mientras yo pueda, estaré allí para darles la bienvenida en nuestra comunidad global intersex” (Davis, 2015: 170).

Según Ainsworth, (2015), “[e]stos descubrimientos no encajan bien en un mundo en el que el sexo todavía se define en términos binarios” (p. 288).

Para algunos la solución es un tema cultural: “aumentar la conciencia pública sobre la intersexualidad, junto con las identidades transgénero y no binarias, ayudará a alinear las políticas más estrechamente con la realidad científica y, por extensión, con la justicia social” (Montañez, 2017).

Por lo pronto, la indignación es real: “[m]uchas personas y organizaciones activistas intersexuales han condenado (y continúan condenando) el cambio al sistema de clasificación DSD” (Griffiths, 2018: 142).

Sin embargo, por más que el activismo intersex persiga objetivos nobles, las personas con DSD presentan diversas patologías que podrían arriesgar su salud (Arboleda et al., 2014) –de ahí que la misma ISNA afirme que, dado que algunas formas de intersexualidad generan malestares, quien considere que podría tener dicha condición “debe buscar un diagnóstico y averiguar si necesita atención médica profesional”[3].

Modelo espectral versus modelo bimodal

A inicios del nuevo siglo, Fausto-Sterling sostuvo que la naturaleza no emplea las categorías masculino y femenino, pues ella “crea muchas formas diferentes” (Dreifus, 2001). Al argumento que sostiene que el sexo humano no puede dividirse únicamente entre machos y hembras dada su diversidad, se denomina el modelo espectral del sexo.

Según sus defensores, dicho modelo posibilita un mejor entendimiento del desarrollo sexual al aprehender su diversidad. Siguiendo esta línea, y basándose en Foucault, Butler y Derrida, se ha llegado a sostener que el sexo no es binario, sino una “multiplicidad” (Santos, 2014). Para Heggie (2015), “nunca ha habido consenso científico (…) de que simplemente haya dos sexos humanos que sean fácil –y objetivamente– distinguibles”.

Para Fausto-Sterling (2016), en el establecimiento de sexos “no hay una respuesta perfecta” (p. 191), ya que “no existe una manera estadística o científica de decidir” (Ibíd., p. 192). Por ello, refiriéndose a sujetos intersexuales, la bióloga considera que sí hay más de 2 sexos, ya que “algunos de ellos tienen un ovotestis que contiene tanto espermatozoides como precursores de ovocitos” (Ibíd.).

En otros términos, “existe una distribución bimodal de los genitales aunque no sea absoluta” (Ibíd., p. 194). No obstante, frente a la pregunta de si aquella distribución permitiría hablar de dos sexos únicos, la respuesta es negativa: “nuestras estructuras reproductivas son casi dimórficas, pero no completamente” (Ibíd., p. 191).

Para Colangelo (2017), “las personas sostienen la idea de que el sexo es binario porque es la explicación más fácil de creer”, sin embargo, “[l]a ciencia es clara: el sexo no es binario” (Ibíd.).

Al otro lado de la tribuna, se hallan quienes defienden el modelo bimodal del sexo. Para estos académicos, dado que “no hay especies con un tercer tamaño de gameto intermedio, solo hay dos sexos” (Byrne, 2017). Considerando que la población intersex es minoritaria, la gran mayoría de personas calza de manera óptima en las categorías sexuales existentes: macho y hembra.

Para Soh (2018), no es necesario redefinir el concepto de sexo para facilitar la aceptación de personas intersex, ya que “[e]xisten personas que poseen menos o más de 10 dedos en sus manos, pero esto no ha requerido una re-conceptualización de cuántos dedos tiene un ser humano”.

Según Coyne (2018a), Fausto-Sterling persigue fines ideológicos al afirmar que el sexo no es binario solo porque no todos los individuos pueden ser asignados a un sexo determinado (macho o hembra), ya que la absoluta mayoría de personas sí puede.

Finalmente: sexo como categoría explicativa funcional

Un punto importante del debate remite a la naturaleza conceptual del sexo, el cual no constituye únicamente una categoría descriptiva, sino además una categoría explicativa funcional: sexo no solo describe un conjunto de rasgos anatómicos, sino que también explica cómo es que tales funcionan y cuál es su objetivo: la reproducción. Solo desde una perspectiva evolutiva que piense el sexo en términos reproductivos es que podemos comprender su naturaleza bimodal.

Para Coyne (2017), el sexo constituye un hecho biológico, ya que “si el sexo fuera puramente una construcción social, la selección sexual no funcionaría: los hombres se verían idénticos a las mujeres”.

Es, precisamente, dicha realidad biológica –manifestada en la correlación entre cromosomas, estructuras reproductivas (gónadas y genitales) y rasgos sexuales secundarios– lo que causa las diferencias de comportamiento y morfología entre los sexos macho y hembra (Ibíd.).

Desde esta perspectiva, “el sexo no es una construcción social arbitraria, sino un fenómeno objetivo en el que la gran mayoría de los seres humanos (y la mayoría de las especies animales) caen en las categorías claramente definidas de «hombre» y «mujer»” (Coyne, 2018b).

En otras palabras, “el sexo es un binario, y debería serlo, ya que la evolución produjo (en la mayoría de los animales) dos sexos que deben aparearse para producir descendencia” (Coyne, 2018c).

Dicho esto, no existe un tercer ni un cuarto ni un quinto sexo. Lo que existe es una sumatoria de características bimodales generalmente asociada a diversos malestares –algo confirmado por la misma Fausto-Sterling, cuando sostuvo que “los pseudo-hermafroditas poseen dos gónadas” (1993a), razón por la cual dicha estructura recibe el nombre de gónada bipotencial (Arboleda et al., 2014).

Es el aspecto explicativo funcional del sexo lo que, en última instancia, define su naturaleza bimodal, inclusive frente a posibles desarrollos atípicos. En otras palabras, la definición bimodal del sexo puede ser comprendida únicamente en referencia a su función reproductiva.

Es tratando al sexo como un mecanismo, y no solo como un conjunto de rasgos, que su obligatoria bimodalidad cobra sentido y relevancia, pues sin dos sexos funcionales, no habría reproducción humana.

Finalmente, en relación a problemáticas como las de los deportistas transgénero (Heggie, 2015) o las cirugías de asignación de sexo (Reardon, 2016), la discusión sobre la naturaleza espectral o bimodal del sexo constituye, indudablemente, un tema álgido.

Sin embargo, tergiversar los hechos para solucionar el debate encarna una impostura que no debe permitirse. Exigir respeto a la población intersex y demandar rigurosidad científica no constituyen labores enemigas (Byrne, 2017; Coyne, 2017; Soh, 2018).

A este respecto, tanto la ciencia como el activismo deben sincerarse, sea para abandonar posibles etiquetas autoritarias o sea para evitar normalizar una condición capaz de afectar la salud humana.

La visión científica y el activismo podrían complementarse. Símbolo intersex. (WikiCommons)

Referencias bibliográficas

-Ainsworth, C. (2015). Sex redefined. Nature, 518, 288-291.

-Amato, V. (2016). Intersex narratives. Berlin: Humboldt University of Berlin.

-Arboleda, V., Sandberg, D. y Vilain, E. (2014). DSDs: Genetics, underlying pathologies and psychosexual differentiation. Nature Reviews Endocrinology, 10(10): 603-615.

-BBC (2018). Over 1,600 scientists condemn Trump transgender proposal.

-Byrne, A. (2017). Is sex binary? Arc Digital.

-Colangelo, J. (2017). The myth that gender is binary is perpetuated by a flawed education system. Quartz.

-Coyne, J. (2017). Is sex a social construct like gender? Nope. Why Evolution is True.

-Coyne, j. (2018a). Sex in humans may not be binary, but it’s surely bimodal. Why Evolution is True.

-Coyne, J. (2018b). The binary nature of sex: A column by Deborah Soh. Why Evolution is True.

-Coyne, J. (2018c). Once again: Why sex is binary. Why Evolution is True.

-Davis, G. (2011). “DSD if a perfectly fine term”: Reasserting medical authority through a shift in intersex terminology. En P. McGann y D. Hutson (Eds.), Sociology of diagnosis (pp. 155-182), UK: Emerald Group Publishing Limited.

-Davis, G. (2015). Contesting intersex. NY: New York Universiy Press.

-Dreifus, C. (2001). A conversation with — Anne Fausto-Sterling; Exploring what makes us male or female. New York Times.

-Fausto-Sterling, A. (1993a). How many sexes are there? New York Times.

-Fausto-Sterling, A. (1993b). The five sexes. The Sciences, 33(2): 20-24.

-Fausto-Sterling, A. (2000). The five sexes, revisited. The Sciences, 40(4), 18-23.

-Fausto-Sterling, A. (2006). Cuerpos sexuados: La política de género y la construcción de la sexualidad. Barcelona: Editorial Melusina.

-Fausto-Sterling, A. (2016). On the critiques of the concept of sex: An interview with Anne Fausto-Sterling. Differences, 27(1): 189-205.

-Fausto-Sterling, A. (2018). Why sex is not binary. New York Times.

-Griffiths, D. (2018). Shifting syndromes: Sex chromosome variations and intersex classifications. Social Studies of Science, 48(1), 125-148.

-Heggie, V. (2015). Nature and sex redefined – we have never been binary. The Guardian.

-Horlacher, S. (2016). Transgender and intersex. Dresden: Palgrave Macmillan.

-Lee, P., Houk, C., Ahmed, F. y Hughes, I. (2006). Consensus statement on management of intersex disorders. Pediatrics, 118(2), e488-e500.

-Lehrman, C. (2007). When a person is neither XX nor XY: A Q&A with geneticist Eric Vilain. Scientific American.

-Montañez, A. (2017). Visualizing sex as a spectrum. Scientific American.

-Reardon, S. (2016). Stuck in the middle. Nature, 533, 160-163.

-Rubin, D. (2017). Intersex matters. NY: State University of New York Press.

-Santos, A. (2014). Beyond binarism? Intersex as an epistemological and political challenge. RCCS Annual Review, 6, 123-140.

-Schmitt, D. (2016). Sex and gender are dials (not switches). Psychology Today.

-Soh, D. (2018). Science shows sex is binary, not a spectrum. Real Clear Politics.

[1][2][3] What is ntersex. ISNA.

 

¿Qué te pareció este artículo?

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (10 votos, promedio: 4,20 de 5)
Compartir artículo:

3 Comentarios

  1. Um, este artículo confunde genero y sexo en varias partes y no creo que los errores en este artículo se deban a las fuentes citadas, sino a la forma en la que está escrito.
    “Para Coyne (2017), el sexo constituye un hecho biológico, ya que “si el sexo fuera puramente una construcción social, la selección sexual no funcionaría: los hombres se verían idénticos a las mujeres” **Y** “Desde esta perspectiva, “el sexo no es una construcción social arbitraria, sino un fenómeno objetivo en el que la gran mayoría de los seres humanos (y la mayoría de las especies animales) caen en las categorías claramente definidas de «hombre» y «mujer»” (Coyne, 2018b).” –> Lo que se **construye socialmente** es el **género**, no el sexo.
    Aparte, cómo puede la espectralidad *sexual* ser “ideológica” si tenemos evidencia de variabilidad cromosómica y genética?
    También decir que “pues sin dos sexos funcionales, no habría reproducción humana” es una aseveración engañosa en términos evolutivos, me parece. Existen varias especies -aunque bien, de bacterias- con muchos más que dos sexos. Entonces, por el momento tenemos los humanos tenemos dos que sirven para la reproducción, pero eso no indica que el proceso evolutivo se haya detenido y nunca vayan a haber más que dos.

    • Estimada Kate,
      En lo que refiere al género, este no es una construcción cultural, ya que en determinados tópicos la biología puede ser capaz de determinar cierto tipo de conducta. http://www.academia.edu/35128707/_Es_realmente_el_genero_una_construcci%C3%B3n_cultural_noviembre_2017_

      Cuando Coyne se refiere al ‘sexo como construcción cultural’ no lo confunde con el género, sino que se refiere irónicamente a quienes consideran que, en efecto, el sexo es una construcción cultural. Y sí, quienes consideran ello son los mismos que consideran al género como una construcción cultural. Los constructivistas creen que tanto el género como el sexo son constructos.

      El artículo defiende la existencia de la variabilidad. Lo que se ha criticado es que tales formas constituyan terceros o cuartos sexos.

      ¿Por qué afirmar que “sin dos sexos funcionales, no habría reproducción humana” es una aseveración engañosa? Hablas de bacterias, pero el artículo y la frase que has citado refiere específicamente a reproducción HUMANA, por lo que mencionar lo que ocurre en otras especies es innecesario. El día que los seres humanos nos reproduzcamos por bipartición o replicación, podremos decir que la reproducción no es necesaria. Incluso en formas de reproducción asistida es necesaria la reproducción mediante dos gametos.

  2. En general tiene poca apelación el artículo, pero esto es una clave fatal y reveladora en la que creo que debería profundizar más: “evitar normalizar una condición capaz de afectar la salud humana.”
    Intersex o DSD puede ser una cuestión semántica, pero la semántica es clave en como nos enfrentamos al mundo. Y una de ambas definiciones parece decir que un genotipo o fenotipo de una persona que la hagan de una sexualidad no binaria es una enfermedad. ¿Es ser pelirrojo una enfermedad? los pelirrojos tienen más problemas de salud por serlo, ¿deberían ser tratados por ello?. Creo que (casi) en ningun caso es ético considerar la opción sexual o la naturaleza sexual de una persona como enfermedad.
    O igual he entendido mal tu postura….

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here