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En 1996 el físico Alan Sokal envió un artículo titulado “Transgrediendo los límites: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica” a Social Text, una revista de estudios culturales. Semanas después de que el texto fuera publicado, Sokal envió un nuevo artículo a la misma revista, titulado “Un físico experimenta con los estudios culturales”, pero fue rechazado. Descontento, el científico envió dicho artículo a la revista Lingua franca, donde finalmente sería aceptado.

“Decidí probar un experimento modesto (…): ¿publicaría, una revista norteamericana líder en estudios culturales (…) un artículo generosamente repleto de sinsentidos si (a) sonase bien y (b) halagase las preconcepciones ideológicas de los editores?” (Sokal, 2000: 49)

La publicación de dicho ensayo suscitó fuertes debates entre figuras académicas de las humanidades. No suficiente con ello, al artículo le siguió la publicación de Imposturas intelectuales, un libro (escrito en coautoría con Jean Bricmont) que critica el empleo de terminología científica en académicos –generalmente franceses– vinculados a corrientes como posestructuralismo, posmodernismo, estudios culturales o estudios de género.

“Mostramos que famosos intelectuales como Lacan, Kristeva, Irigaray, Baudrillard y Deleuze han hecho reiteradamente un empleo abusivo de diversos conceptos y términos científicos, bien utilizando ideas científicas sacadas por completo de contexto, sin justificar en lo más mínimo ese procedimiento (…), bien lanzando al rostro de sus lectores no científicos montones de términos propios de la jerga científica, sin preocuparse para nada de si resultan pertinentes o de si siquiera tienen sentido.” (Sokal y Bricmont, 1999: 14)

Tal y como ocurrió con el artículo, la publicación del libro removió los cimientos de la academia, especialmente de la filosofía francesa. El impacto fue tan grande que, hoy por hoy, a modo de inspiración, muchos científicos repiten el “experimento Sokal” enviando artículos falsos a diversas revistas académicas. La más reciente víctima son los estudios de género.

Posestructuralismo, posmodernismo y estudios de género

Teniendo como antecedente a grupos académicos feministas surgidos en los años 70, los estudios de género constituyen actualmente un campo multidisciplinar dedicado al estudio de la mujer, el hombre y la población LGBT. Entre sus principales áreas de estudio se hallan tópicos como trabajo, salud, violencia, educación o derechos, mientras que entre sus influencias teóricas más recurrentes se encuentran el posestructuralismo y el posmodernismo.

El posestructuralismo fue un movimiento académico dedicado al estudio de la cultura occidental. Sin embargo, dado que estaba conformado principalmente por filósofos (Michel Foucault, Jacques Lacan, Julia Kristeva, Gilles Deleuze, Jacques Derrida o Judith Butler), sus elaboraciones no seguían precisamente el método científico.

Para Reynoso (1991), la unidad del posestructuralismo era “más estilística que ideológica o metodológica” (p. 16), mientras que, para Williams (2005), el posestructuralismo no recurre a un modelo científico, ya que “este modelo es criticado y tratado, incluso a veces ignorado en favor de modelos más estéticos” (p. 15).

De forma semejante, el posmodernismo también es una corriente académica constituida mayormente por filósofos. No obstante, se diferencian en que los posmodernos son herederos de los posestructuralistas, pues mientras estos defendían que la ciencia era insuficiente para comprender la realidad social, aquellos creían que la ciencia ya estaba muerta.

Según Reynoso (1991), el posmodernismo tiene todos los elementos de una ‘moda intelectual’: superficialidad analítica, reiteración temática, acumulación de supuestos, difusión académica a través de universidades “humanísticas”, concordancia estilística, referencias bibliográficas cruzadas, etcétera (p. 23). Para Eagleton (1997), el posmodernismo encarna “un estilo de pensamiento que desconfía de las nociones clásicas de verdad, razón, identidad y objetividad” (p. 11).

Fue precisamente dicho estilo de trabajo lo que generó diversas críticas, pues algunos presumían el reemplazo del método científico por estrategias más bien retóricas. Cuando Elster (2013) afirmó que las ciencias sociales se encontraban en “un profundo estado de crisis” (p. 1), se refería a la teoría francesa (como también se le conoce al posestructuralismo) y a vertientes posmodernas como el posmarxismo y el poscolonialismo.

Para Elster, todas aquellas corrientes “tienen en común la falta de respeto por los estándares de argumentación y la evidencia” (Ibíd.). Es precisamente la masificación del posestructuralismo y del posmodernismo lo que lleva a muchos a pensar que las ciencias sociales no deben ser consideradas ciencias (Morales, 2018).

Sin embargo, a pesar de las críticas, tales corrientes se convertirían en los marcos teóricos preferidos de los estudios de género. Fue a estos hacia los que se dirigieron Sokal y Bricmont cuando criticaron a Luce Irigaray, quien había afirmado, entre otras cosas, que la fórmula ‘E = mc2’ era una “ecuación sexuada” (Sokal y Bricmont, 1999: 114-128). Es también a estos estudios de género hacia los que, hoy, se dirigen la mayoría de críticas.

Aunque el concepto de “género” haya sido empleado por primera vez por John Money en los años 50, fue reciclado (y tergiversado) por las ciencias sociales en los años 80, cuando el posestructuralismo y el posmodernismo se expandían a pasos agigantados.

Refiriéndose a este escenario, Scott (2008) sostuvo lo siguiente: “[M]e parece significativo que el empleo de la palabra género haya surgido en un momento de gran confusión epistemológica que (…) implica que los científicos de las ciencias sociales cambien sus paradigmas científicos por otros literarios” (p. 64). Sin embargo, recurrir a pseudoteorías nunca sale gratis.

El pene conceptual

En mayo de 2017, James Lindsay y Peter Boghossian –empleando los sobrenombres Jamie Lindsay y Peter Boyle– publicaron en la revista Cogent social sciences un artículo titulado “El pene conceptual como constructo social”.

En dicho texto, los autores sostuvieron que el “pene conceptual” –entendido como “un constructo social isomorfo de una masculinidad tóxica performativa” (Lindsay y Boyle, 2017: 1)– limita la identidad de género en las dinámicas sociales, excluye las comunidades basadas en la identidad de género, es fuente permanente de abuso para las mujeres, es fuente universal de violación y es el motor conceptual detrás del cambio climático (Ibíd., p. 5-6).

En una posterior lectura del suceso, los autores sostuvieron que dicho artículo nunca debería haberse publicado, ya que era ridículo adrede: “Si teníamos meramente claro nuestras implicaciones morales respecto de que la masculinidad es intrínsecamente mala y que el pene está (…) en la raíz de todo, conseguiríamos que nos publicasen el artículo en alguna revista respetable”, cuentan Lindsay y Boghossian (2017).

La estrategia era que el artículo luciera como un ensayo típico de estudios de género. De este modo, empleando el Postmodernism Generator (un software que elabora papers falsos), no se buscó elaborar un documento coherente sino, más bien, llenarlo de jergas, tales como “discursivo”, “isomorfismo”, “sociedad pre-post patriarcal”, insultos a los hombres o al manspreading –definido como el ejercicio masculino de violar el espacio a su alrededor.

“Después de completar el documento, lo leímos cuidadosamente para asegurarnos de que no dijera nada significativo, y como ninguno de nosotros pudo determinar de qué se trataba, lo consideramos un éxito”, confesaron los autores.

Este escándalo ocasionó polémicos debates que interpelaron la capacidad crítica de los estudios de género y produjeron llamativos titulares: “Un montaje como el de Sokal pone en ridículo los estudios de género” (Gámez, 2017).

Para Pluckrose (2017), “[E]s esencial abordar el pensamiento confuso en la academia que es tan influyente en el irracionalismo, el iliberalismo, el identitarismo y la ética culturalmente relativa”.

Para Sokal (2017), este timo expone algo más profundo: “[E]l modelo de pago por publicación permite la existencia de revistas académicas de muy bajo nivel que, en el modelo de publicación tradicional, no atraerían suficientes suscripciones de pago para sobrevivir”.

Estudios de género versus evolución

Un campo de conocimiento que constantemente critica a los estudios de género es la teoría evolucionista. Por un lado, el discurso feminista ha optado por desconocer el rol fundamental de la evolución en la determinación del comportamiento humano señalando que las diferencias de género responden a constreñimientos sociales y acusando a la neurociencia de respaldar la jerarquía de sexos (Carbajal, 2017).

Por otro lado, psicólogos y neurocientíficos señalan que el constructivismo de género propone un reduccionismo sociológico al ignorar los fundamentos biológicos de la conducta humana (Baron-Cohen, 2010; Soh, 2017).

Sin embargo, aunque la cultura esté detrás de muchas diferencias de género (Rippon, 2017) pues su naturaleza corresponde a la interacción entre lo innato y lo aprendido, queda claro que el constructivismo de género –punta de lanza de la llamada ‘teoría de género’– es erróneo (Morales, 2017).

Los grievance studies

A mediados de 2017, James Lindsay, Peter Boghossian y Helen Pluckrose rememoraron el Escándalo Sokal a nivel masivo: enviaron múltiples artículos de parodia a diversas revistas de estudios de género. Cuentan los autores, en un largo ensayo que describe su hazaña (Pluckrose, Lindsay y Boghossian, 2018), que de un total de 20 papers, 7 han sido aceptados (4 publicados y 3 en proceso de publicación), 7 estaban bajo evaluación, 6 fueron rechazados y uno obtuvo un reconocimiento.

El paper titulado “Reacciones humanas a la cultura de la violación y la performatividad queer en parques urbanos para perros en Portland, Oregon”, que afirmaba que, a razón del género percibido, las perras son oprimidas como clase en comparación a los perros, fue publicado en Gender, place & culture, obteniendo un reconocimiento por su excelencia académica.

Un segundo paper titulado “¿Quiénes son ellos para juzgar? Superando la antropometría a través del fisicoculturismo de grasa”, que postulaba la creación del ‘fisicoculturismo de grasa’ con la finalidad de crear deportes inclusivos, fue publicado en Fat studies.

Un tercer paper titulado “Entrando por la puerta trasera: Desafiando la homohisteria y la transfobia héteromasculina a través del uso de juguetes sexuales penetrantes receptivos”, que afirmaba que los varones heterosexuales que usaban juguetes sexuales anales mostraban menor transfobia, menor obediencia a mandatos culturales, mayor sensibilidad parental y mayor conciencia sobre la violación, fue publicado en Sexuality & culture.

El cuarto paper “Una etnografía de la masculinidad de Breastaurant: Temas de objetivación, conquista sexual, control masculino y dureza masculina en un restaurante sexualmente objetivante”, que postulaba que los breastaurant (restaurantes cuyo personal femenino viste escasa indumentaria –p.ej. Hooters) constituyen lugares de preservación de la masculinidad mediante la objetivación a la mujer, fue publicado en Sex roles.

Otro de los papers titulado “Nuestra lucha es mi lucha: El feminismo solidario como respuesta intersectorial al feminismo neoliberal y selectivo”, que reescribió con retórica feminista un fragmento del libro Mi lucha de Adolf Hitler, fue aceptado en Affilia. Finalmente, otros artículos fueron aceptados en Hypatia y Journal of poetry therapy.

Como era de esperarse, este escándalo también generó debates entre distintos académicos. Para Coyne (2018), Lindsay y compañía “han hecho algo bueno”, pues “[l]a mayoría de nosotros sabemos qué tan mala puede ser una beca en estos campos”. Para Cofnas (Cofnas, Parvini, Arden, Sesardic y Anomaly, 2018), si Alan Sokal llamó al posmodernismo una “tontería de moda” hace 20 años, “[h]oy en día, el posmodernismo no es una moda, sino nuestra cultura”.

Según Arden (Ibíd.), “[e]stos papeles de engaño psicoactivo (…) se toman en serio porque encajan con los subcampos de las ciencias sociales en los que se ha intercambiado razón por ideología”.

Para Mounk (Mounk et al., 2018), “cualquier académico que no esté al menos un poco preocupado por la facilidad con que los estafadores pasaron la sátira como sabiduría ha caído en el mismo tipo de razonamiento motivado y partidismo desnudo que actualmente está envolviendo al país”.

Para Bergstrom (Ibíd.), “[l]a publicación de un documento de mala fe basado en datos fraudulentos no demuestra nada más sobre el estado de un campo de investigación”, por lo que “[a]tacar un campo con tonterías satíricas es inefectivo y, simplemente, perezoso”.

Finalmente, para Essig y Moorti (Ibíd.), “[e]n lugar de celebrar el engaño, lo primero que deberían haber hecho periodistas y comentaristas externos fue ponerlo –así como al profundo, y a menudo anónimo, dinero que está detrás– en un contexto más amplio de ataques”.

¿Y qué pasa con los estudios de género en Latinoamérica?

Todo el escenario descrito hace que nos cuestionemos sobre cuál es el estado de los estudios de género realizados en Latinoamérica. Por lo pronto, algo es cierto: nuestras investigaciones, aunque estudien temas bastante menos escandalosos que los estudiados por los gender studies norteamericanos, también se hallan teóricamente alimentados por el posestructuralismo o el posmodernismo.

En nuestras áreas geográficas, autores como Foucault, Lacan, Deleuze, Derrida, Kristeva, Segato o Butler constituyen obstinadas referencias, incluyendo el constructivismo de género al que casi siempre hacen mención (Morales, 2017).

Considerando este estado de cosas, tal vez sea cuestión de tiempo para que alguien, al fiel estilo de Sokal, envíe artículos de parodia a las revistas más prestigiosas de estudios de género de Latinoamérica y ver qué sucede.

Finalmente

En un artículo publicado en Scientometrics (revista especializada en la medición y análisis de la producción científica o cienciometría), Söderlund y Madison (2017), tras revisar 2.805 declaraciones de 36 artículos en revistas de estudios de género, hallaron que muchas expresaban sesgos y juicios de valor, a diferencia de otros campos de las ciencias sociales.

Asimismo, mediante un análisis cuantitativo de la evidencia empírica, los autores demostraron que los estudios de género privilegian las explicaciones culturales o sociales, por encima de las explicaciones biológicas o psicológicas.

Como vemos, el malestar no es superficial ni reciente.

Sin embargo, si algo es necesario establecer, es que, a pesar de las críticas, los estudios de género constituyen parte importante de las ciencias sociales. Justos no pueden pagar por pecadores. La mayor parte de las investigaciones sobre sexo, género y sexualidad brindan información crucial para el diseño de políticas públicas en tópicos como violencia y derechos fundamentales.

Claro está, esto no niega que una importante cuota dependa de marcos teórico-metodológicos altamente cuestionables. Por ello, más que su eliminación, es necesaria una permanente vigilancia epistemológica. Y en esta apreciación, no estoy solo.

Dos años después del escándalo, Sokal (1998) advirtió que su experimento “[n]o prueba que todo el campo de los estudios culturales (…) sea un disparate” (p. 6) ni “[t]ampoco prueba que los estándares intelectuales en estos campos sean generalmente laxos” (Ibíd.). Para el físico, el suceso…

“[S]olo demuestra que los editores de una revista bastante marginal abandonaron su deber intelectual al publicar un artículo sobre física cuántica que admitieron que no podían comprender, sin molestarse en obtener una opinión de cualquier persona con conocimientos en física cuántica, solo porque provino de un ‘aliado convenientemente acreditado’ (como el coeditor de Social Text, Bruce Robbins más tarde admitió con franqueza), halagó las preconcepciones ideológicas de los editores y atacó a sus «enemigos»”

Asimismo, Pluckrose et al. (2018) demandan que las universidades revisen exhaustivamente las producciones académicas de áreas como estudios de género, teoría crítica de la raza o teoría poscolonial –“especialmente en sociología y antropología”– con la finalidad de separar y destacar aquellas investigaciones que realmente produzcan conocimiento objetivo.

A fin de cuentas, como diría Coyne (2017), “no todas las (…) áreas en las ciencias sociales o las humanidades están llenas de tonterías, pero los estudios culturales –incluidos los estudios de género– son particularmente propensos a la combinación tóxica de la jerga y la ideología”.

Aunque los estudios de género son fundamentales para una justa vida en sociedad, no podemos negar que gran parte de su producción –teóricamente hablando– lleva décadas revolcándose en el lodo.

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Referencias bibliográficas

 

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2 Comentarios

  1. Creo que denostas de manera injustificada el postestructuralismo. Vera, el postestructuralismo difiere del postmodernismo en razones ontológicas que le han pasado desapercibidas.
    El postmodernismo sitúa al sujeto y principalmente al “deseo” como lo central y va más de como normalizar y visibilizar sectores “alternos” . Lo cual es tremendamente imbécil. El postestructuralismo, a diferencia, se encarga de la “sociabilidad programando al sujeto” habla de estructuras subyacentes que determinan la cognición. La diferencia es sutil pero muy diferente. Para entenderla hay que leer.
    Ps. Igual veo a los postmodernos como imbéciles, y a los estudios de genero como retóricas fetichistas carentes de ciencia. Saludos

  2. Creo que exactamente del mismo modo los estudios científicos pueden justificar cualquier tipo de sin sentido, pues responden casi siempre a manejos políticos. Cuántos estudios son encargados por grandes capitales económicos para justificar esto o aquello. la ciencia no es pura, es otro brazo cultural del humano y como tal esta condicionada por factores externos. En estricto rigor el conocimiento científico es un intento por fundar una objetividad, que descansa en un método supuestamente válido para traducir la realidad, pero, ojo, al menos dos cuestiones fundamentales quedan supuestas; primero; en “realidad” existe una realidad o sólo tenemos una representación de ella, y segundo, en caso de que existiera, es abarcable por un método.
    Respecto de la posmodernidad, es un intento por decontruir, aquello que considerábamos como verdades de naturaleza, dicho intento tiene sus luces y sus desenfoques, pero es innegable que pone a examen todo aquello que pensábamos como incuestionable.
    Creo que lo que señala “el barto” (comentador anterior) no se aplica al posestruturalismo, sino al nuevo realismo (Quentín Meillassoux) y la posmodernidad.
    Me gustó el artículo, pero como contrapeso debería documentarse de estudios serios de género, y no de intentos llenos de realytismos (Maurizio Ferraris) Recomiendo un trabajo del siglo pasado “Madres y Huachos” de la antropóloga Sonia Montesinos, que estudia como la imagen de la virgen maría esta en el sustrato de la construcción de género en latinoamérica, por supuesto no es un estudio religioso, sino que de decontrucción de las identidades de género, a partir de la colonización y su posterior colonialidad.

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