La ideología conservadora de género

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ideología conservadora de género
Manifestantes en Lima, Perú, durante la Marcha por la Vida 2018. (Wikimedia)
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Que actualmente Facebook o Twitter constituyan frentes de batalla política es innegable. No obstante, hasta hace pocos años, nadie podría haber advertido que sus mensajes se degradarían tanto. Combinar el dinamismo de las redes con los fundamentalismos del siglo XXI genera diálogos cuya particular naturaleza ahora intenta ser aprehendida mediante el rótulo de “posverdad”.

Sin embargo, para quienes contamos con lecturas en teoría sociológica, la posverdad no sería más que la versión hipster de lo que alguna vez se llamó posmodernidad, término que, según el filósofo Jean-François Lyotard, refiere al fin de aquellos metarrelatos que buscan explicar el mundo. Sorpresivamente, sería la misma ciencia una de las narrativas próximas a su sepelio. Para los posmodernos, la actividad científica, cual metarrelato, se ha vuelto incapaz de aprehender el mundo, así como de representarlo objetivamente.

Parte de la izquierda política contemporánea —feminismos radicales incluidos— ha tomado esta postura posmoderna de rechazo al dato duro, en defensa de quien sabe qué consignas (Ferrer, 2016; Suleng, 2016; Terrasa, 2017). Sin embargo, a despecho de lo que pudieran decir sus representantes, quienes han hecho branding personal acusando a otros bandos de conductas anticientíficas, el sector conservador también alberga ilegítimos radicalismos, posmodernismos y posverdades de alto calibre.

¿Cómo se gesta esta derecha conservadora superflua? Tomemos un caso particular, mediante un concepto que ellos mismos acuñaron para atacar, pero que finalmente los expone en su absoluta vaciedad: ideología de género.

 

De la ideología de género a las ideologías de género

Una de las armas preferidas del conservadurismo para denostar lo que aún no comprenden —el enfoque de género— es hablar de ideología de género. Aunque algunas de las aseveraciones de dicho sector puedan encontrar cierto sitial (Morales, 2017), queda claro que existen argumentos que carecen de toda evidencia. Como sostuve en otra oportunidad, el término ideología de género, independientemente de la tribuna política, es útil en tanto “puede dar algunas luces sobre la problemática relación entre sexo-género, ciencia y política” (Morales, 2018).

En un artículo que merece mayor lectura, Gregory Gorelik (2016) atacó los dos frentes más populares del debate al afirmar que “tanto tradicionalistas como activistas están equivocados sobre el sexo y el género”. Para Gorelik, la izquierda comete el error de asegurar que el género es una construcción social, ocasionando que la derecha conservadora —y religiosa, valga aclarar— utilice este precepto para criticar a un progresismo cada vez más alejado del método científico.

Gorelik no solo expone los argumentos fallidos de la izquierda, sino también los del sector tradicional. Para el autor, la derecha política se equivoca al considerar a la transgeneridad y la transexualidad como enfermedades mentales, así como al afirmar que solo existen dos géneros: hombre y mujer. Sobre esta base, considero que hay más pan por rebanar.

La ideología (conservadora) de género

A lo señalado por Gorelik se pueden agregar otros elementos de juicio que caracterizan el pensamiento conservador y que componen la ideología conservadora de género. Si bien Gorelik no emplea este término —popularizado en regiones de habla castellana— considero importante mencionarlo para referirme a un constructo argumental carente de evidencia y abundante en mitos.

Cinco serán los puntos iniciales de esta conceptualización, aunque lo más probable es que, con el devenir de la pugna, se incorporen otros tan o más desafortunados como los argumentos del sector “provida” argentino.

1) El género está determinado por la biología.

A inicios del siglo XIX, promotores de la eugenesia sostuvieron que la conducta de una persona se reducía a sus genes. Posteriormente, criticando tales reduccionismos, una serie de estudios demostraron que la vivencia sociocultural era también importante al ser capaz de reforzar determinadas conductas.

Aunque la tesis de la construcción netamente cultural de género —equivocada a todas luces (Morales, 2017)— formaba parte de esa contestación, hay algo que ha permanecido estático durante casi un siglo: la cultura, aunque no determinante, es importante en la configuración del género. La neurocientífica Gina Rippon (2017), criticando al neurosexismo, afirma que “la cultura, y no la biología, está detrás de muchas diferencias sexuales”.

Si uno no está conforme con esto, puede revisar también los trabajos del psicólogo Simon Baron-Cohen (2010), quien desde su crítica al constructivismo sostuvo que el determinismo biológico que defiende “no niega la importancia de la cultura”, sino que constituye “una posición moderada que reconoce la interacción de factores sociales y biológicos”.

Como vemos, tanto para Rippon como para Baron-Cohen, quienes no necesariamente pertenecen a la misma tribuna académica, la cultura es fundamental para comprender lo que llamamos género, lo cual incluye, desde luego, los roles de género. Considerando que no hay científicos que nieguen la importancia de la cultura, el argumento conservador yerra al desconocer su relevancia.

2) La transgeneridad y transexualidad son enfermedades mentales.

Un argumento preferido del sector conservador es asegurar, disforia de género mediante, que la transgeneridad y transexualidad constituyen enfermedades mentales. Sin embargo, este argumento representa un buen ejemplo de sesgo conceptual.

Según el DSM-5, la disforia de género no solo se compone de “[u]na marcada incongruencia entre el género experimentado/expresado por uno y el género asignado” (American Psychiatric Association, 2013: 452), sino también por “un malestar clínicamente significativo o a deterioro en lo social, laboral u otras áreas importantes del funcionamiento” (Ibíd., p. 453). Es, precisamente, dicho malestar el que recibe el nombre disforia, lo contrario de euforia.

Esto revela que para que exista disforia de género es necesaria la existencia conjunta de dos condiciones: incongruencia y disforia (malestar).

A este respecto, cabe destacar un punto esencial: el mecanismo definidor del sexo no está compuesto por una palanca que haya que jalar hacia arriba o hacia abajo para ser mujer u hombre. Los mecanismos que constituyen el sexo son múltiples y pueden estar presentes o ausentes de diversas maneras.

Para el psicólogo David Schmitt (2017), el sexo no es un switch que va hacia arriba o abajo, sino múltiples diales (hormonas, genes, estructuras neurológicas, enzimas, etc.) que actúan de forma interdependiente, dando como resultado que no todos los hombres sean 100% masculinos (pues hay hombres delicados y sensibles) ni todas las mujeres 100% femeninas (pues hay mujeres agresivas o dominantes).

Estos diales no solo producen que el sexo macho no siempre coincida con el género masculino ni que el sexo hembra corresponda con el género femenino. En muchos casos, el sexo hembra puede nacer sin vagina o el sexo macho sin pene ni testículos. El síndrome de Klinefelter o la insensibilidad a los andrógenos componen parte importante de las dinámicas del desarrollo anatómico-sexual.

Tanto la transgeneridad como la transexualidad se edifican desde esta base. El libro The psychobiology of transsexualism and transgenderism, escrito por la biopsicóloga Dana (Thomas) Bevan (2015), sintetiza la evidencia científica al respecto, brindando las herramientas suficientes para desentenderla bien como patología o bien como pecado.

3) No se hizo ningún estudio para despatologizar la homosexualidad.

Aunque la homosexualidad haya sido desclasificada como patología hace varias décadas, los conservadores insisten en que esto ocurrió solo por presión del “lobby gay”, pues la ciencia —aseguran ellos— todavía la considera una enfermedad.

En ejemplos aún más radicales (y lamentables), líderes de este sector político, con Biblia en mano, afirman que la homosexualidad constituye un problema que merece atención psiquiátrica. Sin embargo, ¿qué dice realmente la ciencia? En primer lugar, es falso que la homosexualidad haya sido despatologizada únicamente por movilizaciones del sector LGBT. También se realizaron estudios y se postularon teorías que fueron discutidas y confrontadas.

En ese contexto, el psiquiatra Robert Spitzer tuvo un rol importante al ser el principal promotor de la desclasificación. Precisamente esos datos, estudios, argumentos y teorías fueron analizados en el artículo Out of DSM: Depathologizing homosexuality, publicado en la revista Behavioral Sciences por Jack Drescher (2015).

Esta evidencia se corrobora cuando la infame terapia reparativa —que busca “revertir” la homosexualidad y es promovida en Latinoamérica por psicólogos como Everardo Martínez en compañía de sectores religiosos— se somete a evaluación. A este respecto, la evidencia científica es contundente: las terapias reparativas simplemente no sirven. Un meta-análisis realizado por la Universidad de Cornell (2017) revisó 47 estudios para, finalmente, concluir que “no hay evidencia creíble de que la orientación sexual pueda ser cambiada mediante intervención terapéutica”.

Aunque la mayoría de quienes aseguran revertir la homosexualidad siempre apelan a los testimonios de unos pocos, queda claro que no existe evidencia científica —evaluada y arbitrada por algún comité de especialistas— que lo establezca con objetividad.

Finalmente, a aquellos conservadores que afirman que la homosexualidad es una enfermedad porque han leído “libros de biología”, les recomiendo The biology of homosexuality (2012), un libro escrito por el biólogo Jacques Balthazart (2014), quien, sintetizando la evidencia científica al respecto, afirma que “el origen de la homosexualidad debe buscarse en la biología de las personas (…), más que en el comportamiento de sus padres o en las elecciones de vida” (p. ix). Una vez más, la evidencia científica se opone al conservadurismo en este aspecto.

4) Solo hay dos géneros: hombre y mujer.

Sorteando la confusión entre sexo y género, puede que haya solo dos sexos. Sin embargo, como categorías que comprenden conductas específicas, hay muchos géneros. Fue precisamente la antropología la primera disciplina en explorar a profundidad el llamado género supernumerario mediante extensos trabajos de campo que permitieron recoger una cantidad voluminosa de casos empíricos.

En uno de los libros más laureados y populares sobre el tema, Will Roscoe (1998) sistematizó data antropológica y etnohistórica para sostener que “[l]a evidencia de géneros múltiples en Norteamérica brinda soporte a la teoría de la construcción social del género, la cual afirma que los roles de género, las sexualidades y las identidades no son naturales, esenciales o universales, sino construidas por procesos y discursos sociales” (p. 5).

Valga aclarar lo siguiente: si bien Roscoe defiende la teoría de la construcción social del género, es notorio que se refiere, específicamente, a roles e identidades, es decir, a categorías de género. La evidencia de los géneros múltiples se vincula a su categorización y terminología, mas no a su naturaleza biológica.

De forma general, se conoce como “dos espíritus” o berdache a las personas cuya conducta sexuada responde a un tercer género; términos como boté (crow), winkte (lakota), lhamana (zuni) o nádleehí (navajo) hacen referencia a personas que asumen tanto roles femeninos como masculinos, involucrando actividades, gestos, idiolecto, vestimenta y relaciones sexo-afectivas.

Fuera de aquellas fronteras, tanto en el pasado como en el presente, el número puede ampliarse hasta incorporar culturas de prácticamente todo el mundo: hijra (India), ashtime (Etiopía), mashoga (Kenia), mahu (Polinesia), fa’afafine (Samoa), etcétera. En la sociedad inca, el término quariwarmi hacía referencia a chamanes cuya conducta oscilaba entre lo femenino y lo masculino.

¿Resultado? Existen muchos géneros en el espectro de la diversidad cultural y todos, ya que remiten a experiencias individuales, son igual de válidos.

5) La homofobia no existe.

Para la ideología conservadora de género, al no constituir un trastorno de ansiedad —como la aracnofobia o la claustrofobia—, la homofobia simplemente “no existe“. Sin embargo, dicha ideología nuevamente ignora la evidencia. En Latinoamérica, las estadísticas revelan cifras y casos espantosos de homofobia (Brochetto, 2017); en países como Perú (INEI, 2017), Argentina (Subiela, 2018) o Brasil (Jacobs, 2016) el escenario llega incluso a crímenes de odio.

Con todo este panorama, ¿cómo se puede afirmar que la homofobia no existe? El razonamiento conservador es el siguiente: para los ideólogos, hablar de fobia es hablar de miedo, y dado que nadie le tiene miedo a una persona homosexual, la homofobia no existe como tal. Lo mismo podría decirse sobre la transfobia o la lesbofobia.

Sin embargo, lo que sus representantes ignoran es que el concepto fobia no solo significa miedo, sino también rechazo. Según el diccionario de la Real Academia Española (RAE), la primera acepción del término fobia refiere a una “[a]versión exagerada a alguien o a algo”. Es su segunda acepción la que remite al trastorno psiquiátrico.

Las llamadas sustancias hidrofóbicas, por ejemplo, no son llamadas así porque le teman al agua, sino porque la repelen. De modo semejante, la homofobia no implica temor, sino rechazo o aversión hacia la homosexualidad o hacia personas homosexuales. ¿Cómo se da este rechazo? Mediante agresiones directas, la negación de su orientación sexual o el recorte de sus derechos fundamentales.

A este respecto, el sector conservador no solo sufre de ceguera, sino también de hipocresía al ser el principal gestor de esta triste realidad (Reyes, 2017; Royo, 2017). Es más, según algunos estudios, las creencias religiosas condicionan las conductas aversivas hacia personas homosexuales (López & Taype-Rondán, 2017). La homofobia, una forma de ostracismo, no solo es real, sino que merece ser desterrada.

Cuando el prejuicio se disfraza de objetividad

En las redes sociales, los conservadores insisten en que han leído “libros de biología” para sostener los cinco puntos mencionados anteriormente, pero, curiosamente, cuando se les solicita sus fuentes, no pueden citar ninguna en específico.

Aunque mediante una fuerte cuota de paranoia, sumada a un par de fobias, los conservadores crean fehacientemente que están defendiendo la libertad, la verdad, la biología, la sociedad o la familia —como ocurre con el politólogo Agustín Laje—, lo que realmente defienden son posturas ignorantes sobre la diversidad sexo-genérica humana y la evidencia científica que la explica.

Sin embargo, esto no constituye señal de desconocimiento. Como sostuvo la comunicadora científica Agostina Mileo, los conservadores no se equivocan al promover discursos faltos de verdad, pues tales constituyen “actos racionales en los que se está eligiendo utilizar argumentos […] que son débiles para manipular la opinión pública”.

Lo que buscan es ganar adeptos mediante la promoción de un rechazo disfrazado de una supuesta objetividad, pero que en realidad compone una expresa afrenta tanto hacia grupos humanos como hacia el conocimiento científico sobre el que aseguran basarse.

Por lo pronto, no solo sectores radicales de la izquierda defienden posturas acientíficas sobre el sexo y el género, sino también sectores radicales de la derecha.

Ambos constituyen ideologías de género que vale la pena reconocer ahora más que nunca. A este respecto, la ciencia claramente les da la espalda a ambas formas de radicalismo político, los cuales, de un tiempo a esta parte, aunque disímiles en argumentos, se hermanan en comportamiento.

 

Referencias 

 

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