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Por Sergio Morales Inga*

Una opinión común y arraigada sobre las ciencias sociales consiste en afirmar que no son realmente científicas. Una importante mayoría “acusa a los científicos sociales de ser «blandos» y de traficar con teorías tan carentes de precisión y poder predictivo que no merecen ser llamados científicos” (Horgan, 2013).

Entre los principales argumentos que esbozan los críticos se encuentran afirmar que las ciencias sociales: a) no emplean estadística ni cuantifican, b) no construyen teorías, c) no predicen fenómenos, d) no postulan leyes, y e) son subjetivas. ¿Qué tan acertado es todo esto?

a) “Las ciencias sociales no emplean estadística ni cuantifican”

Aunque se trata de una presunción fuertemente establecida, una revisión de especialidades como la sociología analítica, sociología económica, ciencia política, historia económica o econometría podría rápidamente derribar la creencia de que las ciencias sociales no emplean estadística ni cuantifican. No obstante, valga advertir que emplear estadística o cuantificar no constituye requisito indispensable para la validez científica de una investigación (a menos que el tema lo requiera específicamente).

Es más, esta forma de ver las cosas degenera en un dualismo que contrapone “metodologías cuantitativas” (destinadas a ciencias naturales y básicas) a “metodologías cualitativas” (destinadas a ciencias sociales), creando un efecto insostenible en términos concretos (Aldrich, 2014). A este respecto, “[s]er metodológicamente responsable, modelizar o formalizar, no son la misma cosa que «cuantificar»” (Reynoso, 1995: 53).

Si alguien me preguntara si puede existir ciencia sin estadística o cuantificación, respondería que sí. De hecho, gran parte de la cuestión formal que emplea la metodología experimental en ciencias sociales (e inclusive en las naturales) se componen de las llamadas matemáticas cualitativas (Rudolph, 2013).

b) “Las ciencias sociales no construyen teorías”

Una teoría es una explicación sobre el funcionamiento de un fenómeno. Sobre este punto, los críticos no solo afirman que si una ciencia no teoriza entonces no es científica, sino también que las ciencias sociales no construyen teorías pues, de ser posible, serían menos objetivas y válidas que las de las ciencias naturales. Puede que en antropología o sociología no haya teorías tan reconocidas como las de biología o química pero, no obstante, existen diversas explicaciones sobre múltiples fenómenos que reciben los nombres genéricos de “teoría antropológica” o “teoría sociológica”.

Solo en pocos casos reciben nombres más específicos, como los de “estructural-funcionalismo” (de Parsons) o “teoría de la relevancia” (de Sperber y Wilson). Según Reynoso (1995), “la idea de las teorías groseramente nomotéticas en que se fundan los irracionalistas para cuestionarnos se inspira en un estado de cosas que aún entre los científicos más duros tiene sus buenos 40 años de atraso” (p. 55). Y es que al científico social le interesan mucho las explicaciones y mientras más sofisticadas sean, mejor. No obstante, le interesa poco saber si tales constituyen teorías propiamente dichas o no. Valga agregar, que si una disciplina no construye teorías no pierde su status, ya que la incidencia en la creación de teorías depende más del objeto estudiado que de la capacidad de los investigadores.

¿Alguien se atrevería a decir que la física no es científica solo porque no exista una teoría de la gravedad? A diferencia de la creación de teorías, “[c]orroborar una hipótesis es indispensable en la ciencia” (Suárez-Iñiguez, 2004: 16) y de ahí que, “independientemente de las distintas concepciones de filosofía de la ciencia, todo científico admite cuestiones como que las hipótesis deben ser corroboradas” (Ibíd., 17). A esto debemos agregar que generalmente, dada la cambiante realidad social, los científicos sociales evitan postular teorías sobre algún fenómeno al considerar que no durarán mucho en el podio.

Así, el interés por consolidar teorías científicas decae en favor de buscar únicamente explicaciones sólidas. Saber si estas constituyen propiamente teorías tomaría buen tiempo, no obstante, quien asegure lo contrario, deberá demostrar por qué.

c) “Las ciencias sociales no predicen fenómenos”

Hablar de predicción es hablar de la capacidad de un modelo para anticipar una consecuencia determinada en función de un previo estado de cosas. Según los críticos, las ciencias sociales, al no ser capaces de construir teorías sobre los fenómenos que observa, tampoco pueden predecir su emergencia o devenir. Sin embargo, la predicción, más que una condición de cientificidad, constituye un logro especial. En el estudio de sistemas caóticos –como el clima– la predicción constituye todo un lujo. Sin embargo, esto no vuelve acientíficas a la teoría del caos o a la meteorología.

De modo semejante, nadie sostendría que la sismología es una disciplina acientífica solo porque no pueda predecir la ocurrencia de un sismo. Mucha excelente etología, zoología y primatología sobrevive a base de descripciones sistemáticas, estudios de caso o longitudinales, y aunque sus predicciones sean nulas, esto no las vuelve acientíficas. En ciencias sociales, la predicción es un hecho muy discutido desde la primera mitad del siglo XX (Kaplan, 1940) y que, hoy por hoy, gracias a la modelización computacional, parece reactivarse (Hofman, Sharma & Watts, 2017).

Si hay disciplinas con mayor capacidad de predicción que otras, no es porque sean más científicas sino porque estudian objetos menos complejos en contextos más controlados. Dicho esto, no es lo mismo predecir la explosión demográfica de una ciudad, el flujo del tránsito vehicular, la estabilidad de la moneda, la emergencia de un movimiento social, la caída de un imperio, o el crecimiento de una organización, que predecir si mi perro babeará cuando suene el timbre.

d) “Las ciencias sociales no postulan leyes”

Hablar de una ley científica es hablar del establecimiento de relaciones de tipo causa–efecto entre elementos. A este respecto, puede que la economía sea posiblemente la ciencia social que contenga más leyes en su haber, a diferencia de otras como historia o arqueología. Esto ocurre por una razón muy sencilla: descartando la falta de interés, la capacidad para establecer leyes responde no directamente a la inteligencia del investigador ni a su marco metodológico, sino a la naturaleza del objeto estudiado. Dado que se ocupan de un dominio complicado, “no todo lo que tenemos en ciencias sociales se puede llevar al laboratorio” (Priest, 2015).

Al igual que en el caso anterior, esto no impide establecer explicaciones de tipo causal para fenómenos socioculturales específicos, tal y como lo probasen Émile Durkheim y Max Weber a inicios del siglo XX. Dicho esto, postular una ley científica no constituye requisito de validez, sino que es signo de la profundidad con la que se conoce un problema determinado. Que una disciplina carezca de leyes científicas no significa que sea acientífica o menos científica que aquellas que sí las poseen.

e) “Las ciencias sociales son subjetivas, mas no objetivas”

Decir que las ciencias sociales son subjetivas equivale a decir que son intuitivas o antojadizas. Para profundizar este punto, es pertinente problematizar el asunto de la objetividad/subjetividad en las ciencias sociales.

Para Bunge (1999), “[l]a subjetividad puede tener cabida en la ciencia, pero no el subjetivismo” (p. 224). Y es que las ciencias sociales no solo estudian fenómenos dignos de ser fisicalizados (migraciones, consumo, crecimiento urbano, etcétera), sino también otros difícilmente fisicalizables (ideologías, religiones, creencias, mitos, leyendas, etcétera). Tales constituyen un dominio propio de las ciencias sociales: la subjetividad.

Es precisamente el reconocimiento de este particular campo lo que ha permitido distinguir a las ciencias sociales de las naturales a lo largo de la historia: desde las “ciencias morales” de Adam Smith (siglo XVIII), las “ciencias del espíritu” de Wilhelm Dilthey (siglo XX), hasta las “ciencias blandas” como distintas de las “ciencias duras” (siglo XXI), se asume que las ciencias sociales son diferentes de las naturales.

Para Horgan (2013), la mayor diferencia entre ambos dominios científicos es que “los protones, los plasmas y los planetas son ajenos a lo que dicen los científicos sobre ellos”, mientras que “[l]os sistemas sociales (…) consisten en objetos que miran televisión, escuchan la radio, leen periódicos, revistas, libros y blogs, y consecuentemente cambian su comportamiento”.

Sin embargo, el error descansa en sospechar que tales dominios son totalmente distintos y hasta opuestos en términos metodológicos. Si bien es correcto que las ciencias sociales se enfrentan a problemas metodológicos propios que “no son comunes en las ciencias naturales” (Sandoval, 2012: 60), es erróneo afirmar que, por esa razón, las ciencias sociales no deban emplear el método científico (Kahhat, 2003; Konnikova, 2012). Si bien ambos dominios presentan diferencias admisibles, guardan más elementos en común de los que podemos sospechar.

“Durante años se nos dijo, y así lo aprendimos los de generaciones pasadas, que las ciencias sociales son radicalmente distintas de las naturales, que en aquéllas el sujeto y el objeto del conocimiento son el mismo y, por ello, no puede haber objetividad; que el análisis depende de la posición de clase; que en las sociales no se valen los juicios de valor porque sesgan la investigación; que la verdad no existe sino verdades; que las hipótesis no se pueden demostrar como en las ciencias naturales y que no existen, o no podemos descubrir, leyes generales. A la luz de estas ideas parecería que las sociales no caen bajo la concepción de ciencia comúnmente aceptada. Pero todas esas ideas son equivocadas.” (Suárez-Iñiguez, 2004: 17)

Ahora, el problema tampoco consiste en que el dominio de la subjetividad no pueda ser estudiado científicamente, sino que constituye un terreno mucho más endeble e inaprehensible. Para Suárez-Iñiguez (2004), “[l]o de que el sujeto y el objeto del conocimiento son el mismo y por ende impide la objetividad es una verdadera tontería” (p. 17), por ello “si bien las ciencias sociales no pueden tener el mismo grado de exactitud que las ciencias naturales sí pueden aplicar las herramientas que proporciona la ciencia en sus análisis” (Ibíd., 25).

Debemos recordar que las ciencias sociales son también discursos sobre nosotros mismos al componer uno de los campos de conocimiento que estudia a quienes lo producen: al ser humano, un ente altamente subjetivo.

Concepción reducida vs. concepción ampliada

Dado que las ciencias sociales armonizan un complejo de disciplinas diversas, es necesario precisar a cuáles hacemos referencia al momento de la crítica. Disciplinas como sociología analítica, neuroantropología, historia económica, antropología evolutiva, antropología genética, complejidad social, análisis de redes sociales, ciencia cognitiva, teoría organizacional, análisis conductual, entre otros, se caracterizan por emplear fuertes dosis de modelización computacional basada en agentes, matemática cualitativa, estadística descriptiva e inferencial, modelos bayesianos, análisis multivariados, inteligencia artificial y hasta programación.

Sin embargo, ocurre que cuando los críticos afirman que las ciencias sociales no son científicas solo consideran una porción de las mismas, expresada en corrientes como fenomenología, hermenéutica, estructuralismo, posestructuralismo, interpretativismo, deconstrucción, poscolonialismo, posmodernismo, perspectivismo, constructivismo o estudios culturales. Efectivamente, los paradigmas mencionados se caracterizan por una serie de vacíos que, con toda justicia, nos hacen dudar de su validez.

No obstante, son justamente tales corrientes a las que académicos como Jaime Osorio (2009), Carlos Reynoso (2012) o Jon Elster (2013) han identificado como responsables de la “literaturización”, el “irracionalismo epistemológico” y el “obscurantismo” de la ciencia social contemporánea, respectivamente.

Dichos enfoques, aunque masivamente populares, no constituyen la totalidad del campo, por lo que al generalizarlas promovemos una concepción reducida de las ciencias sociales enfocada únicamente en sus vertientes más cuestionables. Caso contrario, reconocer que el estudio de lo social también está compuesto de especialidades científicas correspondería con la promoción de una concepción ampliada más objetiva y acorde con la realidad.

Conclusión: centrarse en el objeto

Afirmar que las ciencias sociales no son científicas no solo refiere al problema de la demarcación, sino que también ejecuta una comparación. Como todos sabemos, para comparar dos elementos y obtener una conclusión, es necesario un referente.

Si de epistemología se trata, este referente es, generalmente, la física teórica. Es mediante la comparación de cualquier ciencia social con la física teórica que algunos concluyen que la antropología o la sociología no son científicas porque no son como ella –de ahí que se hable de la “envidia de la física” (Clarke & Primo, 2012).

Sin embargo, comparaciones de este tipo son injustas, ya que ignoran los particulares objetos de las disciplinas. Si bien la aseveración de que el objeto de las ciencias sociales es radicalmente distinto del de las naturales “se esgrime a veces para justificar el menor desarrollo de las ciencias sociales frente a las ciencias consagradas” (Reynoso, 1995: 60), valga admitir que ambos objetos tampoco son iguales, empezando porque “muchos aspectos de las ciencias «naturales» tampoco se basan en experimentación rigurosa” (Priest, 2015).

Por lo pronto, la física teórica se encarga de construcciones teóricas –es decir, de sistemas proposicionales– mientras que disciplinas como antropología, sociología, ciencia política o economía se encargan de eventos empíricos, tales como las fluctuaciones del mercado, el consumo, la diversidad cultural, la evolución humana, los movimientos sociales o las dinámicas migratorias.

Si de comparar disciplinas se trata, por lo mismo que algunas “partes de la física son menos empíricas y más especulativas que la antropología más humanista” (Horgan, 2010), debemos considerar sus diversos objetos, ya que, al ser distintos, no se les abordará de la misma manera.

Aunque, según Reynoso (1995), “no existen realidades simples o fenómenos complejos” (p. 60), es posible estimar la dificultad de un objeto precisamente mediante las teorías que intentan explicarlo: si estas han tenido que esperar un tiempo considerable para solucionar determinado problema a comparación de otros, entonces estamos frente a un objeto intrínsecamente complejo. Que gracias a complicados procesos de modelización matemática computacional por fin sea posible predecir fenómenos sociales es un buen indicador de que dicho asunto no es un hito fácil de conquistar, sino todo lo contrario.

En uno de los libros más representativos sobre el tema, Rein Taagepera (2008) sostuvo que “las ciencias sociales no son tan científicas como deberían ser” (p. 4). No obstante, según Reyes (2011), dicho texto “fracasa cuando generaliza sus argumentos a la totalidad de las ciencias sociales” (p. 350), ya que “no es capaz de demostrar, con un solo ejemplo contundente, que en ciencias sociales haya relaciones entre variables como las que existen en las ciencias naturales” (Ibíd., 350-351), por lo que “la idea de los modelos predictivos como herramienta necesaria para hacer que las ciencias sociales sean más científicas queda, finalmente, solo como una corazonada” (Ibíd., 351).

Aunque el estudio de lo natural guarde elementos comunes con el estudio de lo social, existen diferencias resaltantes capaces de permear las concepciones sobre tales dominios. Si bien muchas investigaciones realizadas en ciencias sociales “dejan todavía mucho que desear sobre su pretendido cientificismo” (Rodríguez, 2017), es necesario demostrar que, en múltiples casos, son tan científicas como la física teórica más avanzada.

 

Referencias

*Bachiller en Antropología por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Perú.

 

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