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Como ya vimos en una primera entrega, las ciencias en la Antigüedad clásica no habían alcanzado más desarrollos que los relativos a la geometría y la astronomía. Existían grandes áreas de la realidad humana sin conceptualizar, situación que se mantendría durante siglos.

El universo alcanzaría su modelo paradigmático en esta época con la formulación de Claudio Ptolomeo en el Almagesto (siglo II d. n. e.), donde la Tierra sería el centro del universo, estática, y el movimiento del paralaje estelar y de los demás planetas, incluyendo el Sol, en órbitas circulares alrededor de nuestro planeta sería explicado por un complejo esquema de epiciclos y ecuantes, con el objeto de «salvar las apariencias» (sosein ta phainomena).

Asimismo, los cuerpos graves caerían hacia el centro de la Tierra, para volver, en virtud de su finalidad, a su lugar natural, algo garantizado por el carácter estático de nuestro planeta, y porque, si lanzamos un cuerpo a la atmósfera, en el momento en el que cesa la causa del movimiento, cesa asimismo el efecto, como afirmó Aristóteles en su Física.

La ciencia con mayúsculas será para Aristóteles la metafísica, el estudio del ser en sí mismo, de las sustancias incorruptibles, del mundo supralunar, frente a la del mundo sublunar, los seres susceptibles de generación y de corrupción, el mundo de lo contingente, una copia del otro; tanto fue así, que las ciencias fueron concebidas en este período como algo especulativo, sin incidencia en la transformación de la realidad: un genio como Arquímedes, exitoso geómetra, mostró repulsa por ver que sus hallazgos geométricos se aplicaban a lo sensible (a la defensa de Siracusa frente al asedio romano).

La “cristianización” de Aristóteles

Esta concepción del mundo y de las ciencias se mantuvo en la época medieval, aunque con el decisivo cambio de que el mundo, frente a la idea de su eternidad que los antiguos habían sostenido, es creado por Dios, y todo depende de su voluntad: en cualquier momento podría ser destruido por él o ser de otro modo (aunque Santo Tomás de Aquino establecerá un racionalismo en el mundo que hará necesaria su existencia).

Así, la verdadera ciencia sería la teología, el estudio y justificación de la verdad revelada en la Biblia (ya sea la teología dogmática, la justificación de los dogmas, o la teología natural, la que fundamenta la existencia de Dios por medio del estudio de la propia perfección del mundo como obra divina). Los estudios subalternos eran de filosofía o artes, en referencia a las artes liberales (las que necesitan de libros para su estudio), con su división en el trivium (gramática, lógica y retórica) y el quadrivium (matemáticas, música, astronomía, geometría), en oposición a las artes mecánicas o serviles, las actividades de los gremios que no necesitan de libros para su aprendizaje (para un precedente de la distinción entre ciencias humanas y ciencias naturales, entrar aquí).

El nominalismo de Occam

La idea aristotélica del universo se mantendría con estos matices y se reforzaría con la síntesis escolástica de Santo Tomás de Aquino en su Summa Theologica.

Sin embargo, ya entonces comenzó la crítica no tanto a la idea metafísica tomista sino a la concepción física que comportaba: el mundo físico planteado por Aristóteles sufrió duros cuestionamientos de parte de Duns Scoto, que volvió al voluntarismo, y de su discípulo Guillermo de Occam, para quien el principio de singularización de Santo Tomás carece de sentido, pues la idea de sustancia y de sus accidentes no tiene sentido: los accidentes, como elementos particulares, ya tienen en sí mismos el principio de su singularidad. Todo es singular y solo lo singular existe, la doctrina fundamental del nominalismo. El siglo XIV sería el siglo de la crítica al mundo físico aristotélico.

En consecuencia, Occam afirmará que solo existen causas eficientes en el mundo sublunar, rechazando la teoría de las cuatro causas que formuló Aristóteles (material, formal, eficiente y final) y dejando las causas finales restringidas a la metafísica.

Hacia la mecánica clásica: la teoría del impetus

Precisamente, en esta época, siguiendo la teoría de Occam, surge la teoría del impetus que rectifica la teoría aristotélica del movimiento natural de los graves hacia el centro del universo en virtud de la causalidad final, siendo violento el realizado en otra dirección.

Juan Buridán afirmará que el proyectil se sigue moviendo después de cesar la causa, gracias a la fuerza motriz del impetus que el motor comunica al móvil y que se debilita por la acción de la gravitas, que lleva al proyectil a su lugar natural (algo que, según Pierre Duhem, es un antecedente directo del principio de inercia newtoniano); por su parte, Alberto de Sajonia diferencia el impetus como gravitas accidental, de la gravitas natural, y Nicolás de Oresme, discípulo suyo, señala al impetus como una cualidad accidental.

El infinito de Cusa y el principio copernicano

En el siglo XV, el cardenal Nicolás de Cusa fue incluso más allá: el mundo, que sigue siendo imagen de Dios, lo unitario y lo infinito a la vez, implica que en consecuencia el mundo también es infinito.

Esta idea del cardenal cusano será fundamental para la física moderna. Si, como afirma en La docta ignorancia (1440), el universo es infinito, entonces no tiene fin, por lo que tampoco tiene centro y, por lo tanto, la Tierra no puede ser el centro del universo. En síntesis, no hay un lugar de privilegio en el universo. Tampoco existe la quietud, salvo relativamente, pues todo está en movimiento, incluido el Sol. Aunque no nos percatemos del movimiento, ello no significa que no exista.

De hecho, Nicolás de Cusa es explícitamente heliocéntrico, anticipando lo que Copérnico afirmará en su De revolutionibus orbium coelestium (1543), justo un siglo después:

“Es evidente para nosotros, que la Tierra verdaderamente se mueve, aunque nosotros no nos demos cuenta, porque no percibimos el movimiento sino por medio de una comparación con algo fijo. Pues si alguno ignorara que el agua fluye y no viera las orillas estando en un navío en medio del agua, ¿cómo se daría cuenta de que la nave se movía? Y por esto siempre le parece a cualquiera que, lo mismo si estuviera en la Tierra, en el Sol o en otras estrellas, está en el centro casi inmóvil y que todas las demás cosas se mueven. Y siempre constituiría unos polos según que existiera en el Sol, otros en la Tierra, otros en la Luna y en Marte, e igual en los demás astros” (La docta ignorancia, Libro Segundo, Capítulo XII).

Con estos precedentes, la revolución científica y el cambio del paradigma geocéntrico al heliocéntrico, como diría Tomás Kuhn, se estaba asentando y produciría unos cambios en la forma de considerar el mundo: éste ya no se percibiría como inmutable e incorruptible sino como algo capaz de transformarse por la propia acción del hombre, gracias al uso de la tecnología.

La ciencia pasará de ser el conocimiento de lo inmodificable para el hombre a ser aquello que le permite al hombre modificar todo lo que le rodea.

 

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