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Por Víctor Oxley*

El artículo “El presidente electo y la dialéctica de la unidad”, escrito por el colega filósofo César Zapata y publicado recientemente en este diario, me llevó a mover la pluma para reflexionar respecto al sentido de la dialéctica como método del filosofar de algunos filósofos latinoamericanos.

El análisis filosófico a partir del lenguaje, haciendo distinciones de uso y significados, buscó desde su más importante promotor, John Langshaw Austin, evitar o aclarar problemas y, en el mejor de los casos, diluir seudoproblemas en filosofía. Las palabras, en sus usos y funciones, pueden superponer contextos semánticos, causando confusión y caos discursivo; todo ello desviando y complicando la cuestión tratada, obscureciendo más que aclarando.

No se podría entender, elaborar o aplicar una idea sin relación con otras ideas. Toda idea se inventa, se aprende y se usa relacionándola con otras ideas. Dicho de otra manera directa: las ideas solo existen como miembros de sistemas de ideas. Los conceptos, las proposiciones, y los contextos son constructos, creaciones mentales, y estos objetos conceptuales tienen como asunto —se refieren a— algo, ya sea concreto o abstracto.

Algunas nociones preliminares

El referente de un concepto puede ser un individuo (“5”, “México”, “punto de una recta”), un conjunto (“una recta”, “humanidad”, “los números reales”) o una relación (La intersección de una recta).

Las relaciones más interesantes son las funciones. Una función es una relación entre dos conjuntos, tal que a cada miembro del primero le corresponde uno del segundo. Se pueden distinguir dos clases de funciones: las proposicionales y las no proposicionales (funciones de la matemática, como el seno, el coseno, etc.). Un atributo puede analizarse como una función que parea individuos de una clase con proposiciones de otra, a saber, aquéllas que contienen el atributo o predicado en cuestión.

Toda proposición puede ser significada por una o más oraciones. La relación de significación o designación es una relación multívoca, pues varias oraciones pueden significar la misma proposición.

El significado de una proposición está compuesto de su sentido y sus referentes. Una proposición fuera de contexto carece de significado preciso. Para determinar los referentes de una proposición es preciso analizar los predicados que figuran en ella. A su vez, la clase de referencia de un predicado está determinada por su dominio de definición. Los referentes de una proposición atómica son los argumentos del predicado (o predicados) que figura(n) en la proposición.

La filosofía latinoamericana: entre buenas intenciones y verborragia

Quiero mostrar que la fuente de muchos problemas artificiales en el discurso de la posibilidad de una filosofía latinoamericana es una confusión entre la denotación y lo denotado, es decir, entre el sentido y el referente. Para hacerlo, parto de algunas propuestas hechas por pensadores latinoamericanos.

Gerardo Remolina, en su artículo seminal “El quehacer filosófico en América Latina”, afirma que:

“Singularidad y trascendentalidad, sin embargo, no se presentan en una relación de simple oposición, sino de oposición dialéctica. La trascendentalidad se manifiesta y realiza en la singularidad y ésta se fundamenta y apoya en la trascendentalidad. Es imposible pretender realizar el hombre latinoamericano sin realizar simplemente al hombre. Pero es imposible realizar al hombre sin que ello se concretice en una singularidad”.

En una primera aproximación al texto, lo primero que podemos decir sobre los constructos —llamaremos constructos a los conceptos o términos como marcas léxicas— centrales del texto citado (a saber, «singularidad» y «trascendentalidad») es que pertenecen al sistema de la filosofía trascendental que instituye Inmanuel Kant en su Crítica de la razón pura. Pero en un segundo acercamiento, se ve que Remolina hace alusión más bien a Georg F. Hegel y su filosofía dialéctica por la inclusión del constructo “oposición”, que es nervio central del método hegeliano.

Cuando Remolina usa los constructos maniobra en el proceso de convertir a ambos de adjetivos a sustantivos; al referirse a ellos en su mutación los asocia como entes reificados con propiedades naturales, es decir, hace el juego de pasar un atributo (cualidad no natural) a propiedad (cualidad natural), y este procedimiento lleva a un mal planteo del problema, desnaturalizándolo, pues en ello se buscaba explicar una situación real del mundo social con palabras, mas ahora las palabras pasaron a ser el centro del problema, convirtiéndose en un discurso sobre palabras; el signo se fagocitó al referente y el mismo queda instituido como un referente que puede ser referido por otros signos.

De las disputas verbales al constructivismo

El escritor paraguayo Augusto Roa Bastos en su cuento Moriencia comenta «…la boca de cada uno es su medida…», y así Roa alude a la cuestión del relativismo, el cual presupone el constructivismo. Como la cuestión tratada en este ensayo es sobre los constructos (recuérdese palabras, conceptos o términos), vamos a circunscribir esta situación al constructivismo textualista o sea, al relativismo conceptual.

Las afirmaciones de Martín Heidegger ilustran muy bien esta postura: «Ser es ser un inscriptor o una inscripción y las cosas devienen y llegan a ser en palabras». Para los seguidores de Heidegger, el análisis hermenéutico o semiótico es suficiente para entender el mundo y la acción humana. Desde el presupuesto simple de poder ser capaz de leer un texto, todo se convierte en una cuestión de verborragia o palabrería, y esto lleva a la confusión de hecho y ficción, verdad y falsedad.

Desde la afirmación que los conceptos empíricos están cargados de teoría (y que éstas orientan o desorientan) se salta gratuitamente a la abolición de la distinción entre hechos y teorías. Los constructos (conceptos, hipótesis y teorías) son construidos, pero solo los subjetivistas sostienen que también los hechos son construidos en su totalidad. Allí se da una confusión básica entre los hechos y las proposiciones o proferencias lingüísticas sobre ellos.

De aceptarse que el mundo entero es una construcción social (como pretenden los constructivistas radicales), se llega a la conclusión de que no hay verdad objetiva. De aquí se afirma pues, que existe multiplicidad de representaciones del mundo como cuanto homo simbolicus existan. De aquí que no tiene razón una discusión sobre la verdad si todo se reduce a una cuestión verbal. El mismo Roa lo dice en su cuento citado anteriormente: «Para qué iba a discutir; al fin y al cabo, lo que sucedió no se arregla con palabras».

El método dialéctico y el razonar en la filosofía latinoamericana

El método dialéctico consiste en definir todo cambio como «lucha de contrarios», de aquí su premisa de la búsqueda de polaridades que son el motor de ésta; así se pone el acento a lo importante que son los conflictos (en la naturaleza, en la sociedad o en el pensamiento) en detrimento de la cooperación u otros mecanismos de cambio.

La realidad vista por la ciencia encuentra que los fenómenos en el mundo no se reducen a simples esquemas de contrarios o polaridades; y allí donde se dan los conflictos, estos, en su complejidad, desbordan la estructura polar. No se debe exagerar y deformar el lugar de la polaridad en los sistemas (conceptual, fenoménico etc.).

Es cierto que en los sistemas físicos, sociales, culturales, etc. se presentan características polares; pero los sistemas polares son la excepción, no la regla. El sistema del interruptor eléctrico no se reduce al hecho de estar abierto o cerrado (esquema polar) sino que parte de ahí a un mundo más complejo de relaciones físicas. Por lo tanto, es falso que la cosa o el fenómeno se agote terminalmente en estar abierto o cerrado; en la mecánica no se procede a categorizar simplemente a los cuerpos en móviles e inmóviles.

Cuando la lucha o el conflicto es real, el esquema-concepto polar es estéril para una descripción cabal y profunda del fenómeno; hay que abordarlos en un marco de estructuras conceptuales mucho más rico en relaciones.

La dialéctica entre la singularidad y la trascendentalidad en el discurso de Gerardo Remolina es un pseudoproblema que encuentra raíz en una metodología no clara y obscurantista.

La trascendentalidad —podemos decir, según lo expuesto en este escrito— es un constructo filosófico creado a partir de propiedades o atributos compartidos o comunes de los seres humanos concretos; el cambio solo puede darse en el mundo real (el único que existe concretamente), no en el ideal (el topos uranos platónico o el mundo tres de Karl Popper, por ejemplo).

Solo el hombre concreto puede cambiar. El juego dialéctico entre la singularidad y la trascendentalidad del hombre se sucede en el mundo de la inmutabilidad platónica, y en éste nada muta, nada cambia, pues las ideas no pueden sufrir procesos internos de cambio.

Así planteado el tema, se llega a la discusión bizantina sobre constructos o palabras y no sobre la realidad; por ende, se perpetúa la problemática en un círculo vicioso que nunca rompe su circularidad. Desde el hecho remarcado de cierta confusión a un nivel lingüístico-semántico, vemos que el planteo que hace el autor nos sumerge en una problemática que confunde ciertos niveles semióticos de referenciación y significación.

Ciencia y filosofía

Además, su propuesta es anacrónica con respecto a la relación que existe entra la filosofía y las ciencias en la actualidad, pues su forma de entender esta simbiosis no está acorde al actual estado de esta fructífera sinergia. Los filósofos han asimilado los métodos analíticos de la ciencia y los emplean en el abordaje filosófico. También la ciencia ha corregido ciertas perspectivas inhibidoras en su desarrollo a partir de estímulos filosóficos, y esta progresiva tendencia no constituye parte de la propuesta del autor (así como la entiende él, en nuestra comprensión, claro). Es por eso que creemos no se plantean adecuadamente los problemas, y la prescripción metodológica que propugna el autor es insuficiente.

No debemos enturbiar el ya de por sí nebuloso campo referencial. Al contrario, debemos expurgar estas confusiones en la solidez de una ontología acorde con las verosimilitudes de la ciencia madura, entroncada en un realismo que se describa en una «semántica realista», que instituya propuestas que no simulen una solución o amaguen acciones, sino que resuelvan problemas reales y de forma efectiva.

Este análisis es solo la antesala de una labor que recién empieza, y este método nos recuerda que la actividad del filosofar requiere no solo rigurosidad sino también lúdica creatividad. Ésta nos debe conducir a la construcción de visiones que no sean escleróticas y hueras, debe llevar a la filosofía latinoamericana a fructíferas interacciones en el entramado del conocimiento humano.

Palabras finales

En esta revisión del discurso de la filosofía latinoamericana desde un escrito de Gerardo Remolina señalamos que en ella se suceden ciertos equívocos a varios niveles. Estos se transversan en los planos lingüísticos, lógicos y metodológicos; al ser así llevan al análisis a fronteras no demarcadas y ensombrecen la crítica.

Estos apuntes no buscan impugnar la legitimidad e intención de los temas de la problemática latinoamericana que muchos pensadores abordan, solo intentan señalar ciertos errores de procedimiento. Existe siempre la urgencia de abordar la problemática latinoamericana en busca de soluciones reales, pero solo si estos problemas son contextualizados claramente en el nivel de discurso adecuado tendrán una solución clara y efectiva en el mundo real.

Austin proponía:

“Ciertamente, pues, el lenguaje ordinario no es la última palabra; en principio, en todo lugar puede ser complementado y mejorado y suplantado, pero recordemos es la primera palabra”.

Desde aquí, este procedimiento se centra como un punto de partida insustituible.

 

* Doctor en ciencias de la educación y licenciado en filosofía. Director de investigación en la Universidad Gran Asunción y profesor investigador en la Facultad de Ciencias, Tecnologías y Arte (FCTA) de la Universidad Nacional de Pilar (UNP). Contacto: [email protected]

 

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