El camuflaje del pensador y la mala prensa de la filosofía

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Si como ya vimos en otra entrega, hoy día se pretende eliminar la presencia de la filosofía en los planes de estudio de las instituciones de enseñanza, bajo el argumento de que ha dejado de ser una disciplina «práctica», esta tendencia ha calado hondo en los profesionales de la enseñanza de la disciplina.

Esto, hasta el punto de enarbolar una forma de impostura en la que ya no son «filósofos», sino que, por aquello de querer «camuflarse» para evitar la mala prensa, afirman ser una suerte de especialistas en diversas disciplinas de nuevo cuño: presumen de presentar una visión «socioantropológica» sobre los más diversos asuntos, o una visión «ética», un «análisis del presente», o cuando hablen de «pensamiento» y subsuman en él a la filosofía, lo adjetivarán de manera barroca: «pensamiento sociopolítico», «pensamiento crítico», etc.

Todo ello porque, como ellos mismos corroboran, la filosofía goza de mala prensa y en cuanto se use tal palabra el gran público se espantará o se cerrará frente a lo que Karl Mannheim afirmó que toda sociedad existente denominaba como «pensamiento peligroso».

Si bien es cierto que la filosofía goza de mala prensa, ello podría restringirse al ámbito de lo que denominamos como «filosofía administrada», esto es, al entorno académico universitario, donde todas las demás disciplinas la consideran un saber agotado e inútil, como una suerte de «madre de las ciencias» que ya dio sus frutos; tal fue el caso de Manuel Sacristán y su propuesta de harakiri que fue respondida hace ya 40 años por Gustavo Bueno en El papel de la filosofía en el conjunto del saber.

Sin embargo, no faltan quienes, en los contextos más mundanos, afirman poseer toda una filosofía: el rechazo a la filosofía administrada por las instituciones tradicionales implica que la filosofía, en toda sociedad democrática, se encuentra disuelta, que todo ciudadano, por el hecho de serlo, también tiene su propia filosofía, tan respetable como la del más elevado catedrático.

Observemos, no obstante, la peculiar situación, ciertamente paradójica, del «camuflaje» de todo un gremio en torno a cuestiones aparentemente más «prácticas», para así poder captar más público o justificarse ante quienes desean disolver o enterrar la disciplina. Ya hemos visto en un anterior artículo que resulta imposible negar la practicidad de cualquier disciplina, especialmente la filosofía, si antes no se ha definido el contexto desde el que medir la practicidad y el carácter de esa filosofía, ya sea gnóstica o políticamente implantada en la sociedad de su tiempo.

Organización política y tradición académica

Precisamente, Gustavo Bueno señaló en El papel de la filosofía en el conjunto del saber los modos en los que determinadas formas de organización política se relacionaban con la filosofía de tradición académica: las denominadas por Bueno «organizaciones sociales totalizadoras».

«Organización totalizadora: es decir, que incluye desde su perspectiva el planeamiento prácticamente integral de la conducta humana. No se trata de un club deportivo, ni siquiera de una organización militar, sino de una iglesia como la católica o de un Estado como el soviético, en ciertos momentos de su historia» (Gustavo Bueno, El papel de la filosofía en el conjunto del saber, pág. 29).

Desde esta perspectiva, Bueno traza cuatro posibles alternativas de relación entre estas «organizaciones sociales totalizadoras» (principalmente, las dos vigentes en su época, la Iglesia católica y la Unión Soviética), y la filosofía. Son las siguientes:

  • Tipo dogmático: la filosofía se identifica con el régimen político imperante. Tal es el caso del materialismo dialéctico o la escolástica española en el contexto de la Unión Soviética o el Imperio español.
  • Tipo voluntarista: una suerte de negación del tipo anterior, donde la realización del proyecto universalista de la «organización social totalizadora» (la sociedad sin clases, el catolicismo universal) implicaría la anulación de la dogmática que lo envuelve. Sería un voluntarismo misológico propio de los antiintelectualistas en la tradición eclesial (San Pedro Damián, Tertuliano) o de los críticos con el proyecto comunista desde alternativas diferentes (Lukács, Habermas).
  • Tipo marginal: aquellos que se despreocupan y viven indiferentes a la suerte de la filosofía, en la suerte de un desprecio distante y no beligerante. Sería el caso de los tecnócratas, los científicos positivistas o los economicistas, para quienes los problemas filosóficos son irrelevantes, pues todo se reduce a un consensus omnium sobre cuestiones meramente técnicas.
  • Tipo «galeato»: es el caso de quienes intentan «camuflarse» frente a la «mala prensa» de la filosofía, asumiendo con este cínico disfraz el papel de beligerantes contra la filosofía. Se denominaba antiguamente como «galeato» (de galea, el casco que usaban las legiones romanas) al prólogo de una obra que se intentaba defender de los posibles reparos u objeciones que pudieran ponérsele.

En este último caso, los escritores de temas realmente filosóficos adoptan sin embargo una actitud antifilosófica. Su objetivo inequívoco es defenderse de la inevitable clasificación de sus escritos como filosóficos.

Es la actitud propia de quienes se sumergen en nuevas disciplinas, tradicionalmente reservadas a la filosofía, como la etnología (caso de Lévi-Strauss frente a Sartre), pero también Louis Althusser y su «corte epistemológico» que extraería el núcleo «científico» del marxismo de la hojarasca «humanista» del primer Marx, o el caso del «tecnócrata» español Gonzalo Fernández de la Mora, que en su obra El crepúsculo de las ideologías proclamó de forma abierta una nueva forma de ver el mundo ya no expresamente ideológica.

Es decir, pretendiendo usar otros vocablos o sintagmas en sustitución de la palabra «filosofía» pero intentando al menos por la vía del ejercicio filosofar dentro de sus limitaciones (apelando a análisis sociopolíticos, «socioantropológicos», éticos, &c.), en realidad lo que quieren es realizar análisis filosóficos dentro de la tradición académica, pero carecen de la capacidad necesaria, y no se atreven a reivindicarse como filósofos, prefiriendo «camuflarse» y darse un barniz de cientificidad.

Pero esta actitud, propia de una filosofía sedicente, ignora la distinción escolástica entre el ejercicio y la representación: para realizar un análisis filosófico, enraizado en los saberes del presente, no es necesario estar constantemente invocando y llenándose la boca con la palabra filosofía.

El mejor ejemplo es el del más genuino filósofo en lengua española, el Padre Feijoo, quien en su Teatro Crítico Universal  (1726-1740) jamás usa el término «filosofía», salvo cuando alude a algún sistema filosófico o filósofo concreto, ya sea el «sistema filosófico de Descartes» o de los «sistemas de la filosofía corpuscular»; en el resto de sus discursos la palabra filosofía, como el valor para el torero, se le supone…

En resumen, quienes pretenden sustituir el término «filosofía» y todos los contenidos que conlleva en el sentido de la tradición filosófica occidental iniciada en la Grecia clásica, no es más que otro jalón dentro del trayecto en el que la filosofía de tradición académica ha ido muriendo burocráticamente, primero por la vía del vaciamiento de sus contenidos, al convertirse en «filosofía pura», exenta de los problemas del presente, y en el caso que nos ocupa, siendo camuflada bajo una perspectiva «socioantropológica», «ética», de «análisis del presente», u otros términos «pensamiento» donde subsumir en él a la filosofía.

De este modo, presentando sus discursos como algo «práctico», lo único que hacen es degradar y disolver sus análisis, contribuyendo a destruir la disciplina en la que en realidad se insertan.

 

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