7 min. de lectura

Por César Zapata*

Como ciudadano que habita en el Paraguay, no estoy conforme con el resultado de las elecciones del pasado domingo 22 de abril de 2018. En realidad ninguno de los dos candidatos con más convocatoria me satisfacía, pero el representante del Partido Colorado definitivamente no era mi opción.

Escuché parte del discurso que entre gritos y hurras dio el presidente electo, y me llamó mucho la atención la expresión “dialéctica de la unidad”. Bastante enfadado e indignado por lo que aparentemente era un uso inapropiado del término, no encontré otra forma de desahogarme que la burla. Pero ahora, ya más reposado, quisiera hacer un análisis respecto de dicha expresión, no directamente como ciudadano paraguayo, sino más bien en calidad de profesor de filosofía.

Antes que cualquier cosa, quiero felicitar sinceramente al señor Mario Abdo Benítez por mostrar una disposición positiva para estudiar conceptos complejos que emergen de la actividad filosófica llevada a cabo a través de la historia. En todas mi clases enseño que cualquier ser humano es filosofante por naturaleza, y me parece aún más importante que un gobernante que aspira a dirigir un país trate de entender términos involucrados con la filosofía política, pues en este ejercicio se pueden comprender horizontes más amplios que simples propuestas contingentes de gobierno.

No obstante, la carga semántica de dichos conceptos no es tan fácil de aprehender. Yo, por ejemplo, llevo muchos años en el tema y aun así debo repasar y estudiar con extremo cuidado el filosofar de muchos pensadores. Es por eso que me da la impresión de que Mario Abdo viene saliendo de un reposo muy prolongado en el estudio de las humanidades o que es víctima de una formación un tanto insuficiente en este sector del conocimiento. Todo esto porque creo que él mismo no entiende la expresión “dialéctica de la unidad”, y seguramente ello nace de asesores que tampoco dominan el tema. Tal vez me equivoque y por supuesto espero que me corrijan.

Por mi parte, y como un humilde obrero de la filosofía, voy a intentar explicar lo más simple posible, como para que cualquiera me entienda, sea colorado, liberal o “zurdito”, todos del pueblo y en su mayoría embrutecidos por su jornada laboral, que no les deja tiempo para otra cosa que no sea tratar de sobrevivir.

Para ello solo aludiré a cuatro referentes de la meditación filosófica que desarrollan el concepto de dialéctica, pues existen muchos más. Si tengo cierta fortuna en esta faena, me aplicaré posteriormente en el intento de hacer una interpretación de lo que podría significar una dialéctica de la unidad. Esta última labor de hermenéutica es más libre, pues a menos que no haya una aclaración de parte del presidente electo o sus asesores, no habrá nada cierto.

Un método para obtener la verdad

El término dialéctica tiene sus raíces en la Grecia antigua y nace para indicar un método a partir del cual se puede obtener la verdad, o por lo menos eso es lo que pensaba Sócrates.

La verdad es “verdadera” en términos absolutos: no depende de una coordenada temporal, ni tampoco de un horizonte espacial. La verdadera definición de justicia no está sometida a un tiempo determinado, pues siempre será justa: así como lo fue en el pasado, lo será en el futuro. El espacio también le es indiferente, pues aquí en Paraguay o en la China la justicia “verdadera” es una sola.

El divino Platón, influido por su maestro, traduce este valor de verdad como una evidencia de que tras este mundo que cambia constantemente existe otra realidad estable que es la realmente real. Así pues, todas las cosas particulares tienen una esencia universal que no cambia, y eso las hace reales, verdaderas. Aquí en este mundo solo vemos su apariencia individuada.

La dialéctica socrática se vuelve en Platón un diálogo destinado a comprender y convertir en palabra ese mundo sin lugar y sin tiempo que se llama mundo de la ideas, un mundo que no es posible captar con los sentidos, pudiendo sólo percibirse con la inteligencia. La dialéctica es, entonces, un método para ir desde lo aparente a lo verdaderamente real.

Dicho de otro modo, todo lo que vemos, olemos, gustamos, tocamos y escuchamos es solo un reflejo, una apariencia siempre concreta, individual y cambiante de algo universal. Un árbol individual es una reflejo del árbol universal, pues su individualidad es una apariencia. ¿Cómo puedo concluir esto? A través de la dialéctica.

Repitamos: tanto en Platón como en Sócrates se llega a la verdad, a través del logos, de la palabra, del diálogo, pero un diálogo riguroso, formalizado en dialéctica. Su ejercicio es complejo, pues para el más feo de los atenienses —expresión muy usada por Friedrich Nietzsche para referirse a Sócrates— ésta implica no solo el uso de la mayéutica y la ironía, sino que además se debe examinar detenidamente la relación entre lo particular y lo general, además de las diversas argumentaciones que afirman y niegan tal o cual posición.

Leer un diálogo del joven o del maduro Platón, cuyo protagonista siempre es Sócrates, no es fácil. Suele agotar el intelecto, precisamente por la complejidad de su dialéctica, que no es otra cosa, recalcamos, que un método para dialogar en función de obtener la verdad (la aletheia, para usar el término griego).

Pero tal vez la dialéctica socrática no es la que tiene a la vista Mario y sus asesores. Quizá él y su equipo están pensando en Marx. ¿En Marx? Eso sería una señal clara de apertura intelectual del partido hegemónico, que nunca ha sido proclive a asimilar conceptos ganados por intelectuales de izquierda.

¿El Partido Colorado y el marxismo?

Ahora bien, si se quiere entender algo de lo que significa la dialéctica para Marx hay que retrotraerse a Hegel.

El notable prusiano pensaba que el universo como totalidad es el espectáculo del autodespliegue de un espíritu absoluto que se refleja en la historia y en el individuo. El espíritu responde a un movimiento bien determinado; se mueve accionado por la confrontación entre una posición y una oposición. Dicha confrontación se convierte en una tercera fuerza, una fuerza que conserva lo mejor del choque de las anteriores, una superación, la cual nuevamente se convierte en otra posición de la que emerge otra oposición y se obtiene otra superación. Éste es el movimiento dialéctico, una dialéctica en progreso, pues todo el universo, que no es otra cosa que el espíritu absoluto, está en una constante superación, hecho que se verifica cuando examinamos la historia humana en su constante progreso.

Marx, que engrosa la llamada izquierda hegeliana, incorpora en su filosofar la dialéctica pero desprovista de su contenido por así decirlo fantasmagórico o idealista, pues el espíritu absoluto no existe sino solo como un delirio de la razón. Lo que realmente es, existe únicamente como realidad material, y esto opera en lo concreto, en lo social y en lo histórico. El humano depende de estas condiciones materiales para constituirse como tal. Si carece, por ejemplo, de la nutrición necesaria para sobrevivir es porque el devenir histórico de su sociedad ha creado esa posibilidad. La historia es un proceso dialéctico que se puede sistematizar en una tesis, que genera una antítesis, lucha que es superada por una síntesis entre ambas. La síntesis toma algo de la tesis y algo de la antítesis para poner en escenario una posibilidad nueva, que a la vez se convertirá en otra tesis.

En el contexto marxista la dialéctica no solo deja de pertenecer a un espíritu absoluto y se vuelve materialista, sino que se constituye como el único método válido o científico para leer los procesos sociales. Su utilización es compleja y puede partir de diversas coordenadas temporales.

Así, por ejemplo, se puede analizar el triunfo de Marito desde un proceso dialéctico más amplio, que arrojará conclusiones acerca de por qué ocurrió ese fenómeno. Para dar un ejemplo ilustrativo aunque poco exacto, pues aplicar la dialéctica no es tan fácil, podríamos traer a presencia el gobierno de Salvador Allende en Chile e identificarlo como la tesis (que a su vez viene de otro proceso dialéctico) que genera una antítesis u oposición de las fuerzas políticas de derecha, cuya tensión desembocó en un golpe de Estado por parte de las fuerzas armadas, lo cual finalmente es superado por el gobierno de una concertación política. Este ejemplo es altamente inexacto, pues sería necesario analizar diversos puntos específicos para completarlo.

Por ejemplo, desde el punto de vista de la economía, el gobierno de la concertación no representa superación alguna de la dictadura militar. Es por eso que el análisis dialéctico es complejo; necesita transitar desde distintas perspectivas, asimilando marcos generales y particulares. En estricto rigor, para analizar la situación chilena necesitaríamos tener en cuenta la situación regional y mundial a la luz del devenir histórico, dinamizado por la tensión provocada por la acumulación del capital con su consecuente lucha de clases.

En suma, la dialéctica es un concepto que apunta a las siguientes ideas:

  • Se trata de una metodología para leer la realidad, especialmente en el terreno de las ciencias sociales, aunque en la antigua Unión Soviética comandada por Lenin y Stalin tuvo aplicaciones incluso en la metodología de las ciencias duras.
  • Esta metodología lleva implícita la idea de movimiento y de oposición. Es decir, existe un punto de partida que se moviliza hacia un fin y en cuyo camino se confrontan ideas que aparentemente se oponen entre sí. En este sentido se puede usar el concepto de una manera casi desmesurada, pues tiene la posibilidad de servir para indicar cualquier tipo de movimiento que esté accionado por una oposición. Por ejemplo, la dialéctica entre el yo y el otro, la dialéctica entre lo público y lo privado, etc.
  • Al tratarse de una metodología, adquiere a la par una dimensión epistémica. Esto quiere decir que según sus adherentes es una forma de conocer o aprehender la realidad.

La dialéctica de la unidad

Ahora que ganamos cierta claridad en este concepto tan abstruso, dado su importante carga semántica, podríamos lanzarnos al vacío e intentar especular acerca de que es lo que quiso decir el presidente electo.

La dialéctica de la unidad, vendría siendo algo así como un método que se mueve u orienta a lograr la unidad. ¿La unidad de quién? Presumiblemente del Partido Colorado o tal vez de todas las fuerzas políticas del Paraguay. ¿Es eso posible? ¿Quiso decir eso Mario Abdo? Si fuese así, la dialéctica tendría que estar señalada por una metodología muy compleja, fruto de toda una belleza estratégica del pensamiento, que a través del análisis de las infinitas posiciones y oposiciones, intereses personales y proyectos colectivos, logre trazar una unidad, que por cierto estaría a merced de cambiar, pues necesariamente debería generarse una oposición a esta unidad —ojalá una oposición que legitime la fuerza de dicha unión.

Si es así, enhorabuena. Me parece un proyecto envidiable, sobre todo si está dirigido por el Partido Colorado. Pero en realidad creo que lo que tiene Mario Abdo en su pensamiento es simplemente la reconciliación obligada con el ala cartista del partido, fracción temporalmente enemiga en el juego de la contingencia. Pero eso no es ninguna dialéctica, más bien es un negociado que apunta a intereses de usufructo de la empresa Paraguay, en función de una gobernabilidad que les permita enfrentar a la oposición desde la ventaja de estar apatotados y potenciar su capacidad de respuesta.

Quiero pedir disculpas por lo pobre del análisis de la expresión misma “dialéctica de la unidad”. Pero esta meditación está en concordancia con lo paupérrimo del discurso colorado, en donde la exaltación patriótica y la emotividad sufriente de país del infortunio que gloriosamente ha resistido el pantano es su centro de gravedad, dando siempre la sensación que jamás se podrá salir de dicho pantano.

Es un discurso que básicamente no quiere argumentar, ni siquiera explicar demasiado, porque a la hora de explicar el cómo, de hacer un proyecto, de intentar un método verdaderamente dialéctico, solo hay disparos al aire.

Lo último es desearle lo mejor al gobierno electo, sobretodo en la faena de pensar en proyectos de país y no en función de repartir ganancias y puestos entre seccionaleros. La dialéctica, en una expresión, es la fuerza del movimiento, y eso es lo que debería pasar en la mente de nuestros gobernantes, un desplazamiento hacia otra forma de entender lo que es gobernar. Y es posible, totalmente posible, que esto ocurra en el seno del partido hegemónico en gran medida responsable del empobrecimiento del pueblo paraguayo.

* César Zapata es magíster en Filosofía, profesor del Instituto Superior de Estudios Humanísticos y Filosóficos (ISEHF) e integrante de la comisión académica de la Sociedad Paraguaya de Filosofía.

Referencias

  • Platón, Dialogos; Teetetes, Cratilo, Menón, Laques. Universidad Nacional de México. 1922.
  • Kaufman, Walter; Hegel. Alianza Editorial. Madrid 1968.
  • M. Rosental y P. Iudin. Diccionario Filosófico Marxista Ediciones Pueblos Unidos. Montevideo Uruguay. 1946.
  • G.W.F. Hegel. Lecciones sobre la filosofía de la historia. Alianza Editorial. Madrid 2004.

 

¿Qué te pareció este artículo?

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (19 votos, promedio: 4,11 de 5)
Compartir artículo:

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here