Ciencia, tecnología y política: progresismo o materialismo

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ingenieros de franco materialismo
El embalse o pantano del Ebro, una de las obras destacadas del franquismo. (Wikimedia)
8 min. de lectura

 

Por Lino Camprubí *

Recientemente apareció en Ciencia del Sur una reseña del doctor José Manuel Rodríguez Pardo de mi libro Los ingenieros de Franco. Ciencia, catolicismo y Guerra Fría en el Estado franquista (Barcelona: Crítica, 2017).

Agradezco muy sinceramente a Rodríguez Pardo el tiempo dedicado a leer mi libro de modo tan exhaustivo como muestra su reseña, y también que haya planteado sus objeciones y clasificaciones de forma tan amable y profunda, virtudes ambas raras en los debates de estos tiempos que corren.

En justa reciprocidad, y porque creo que puede ser de interés para todos aquellos interesados en el lugar de las ciencias y las técnicas en las sociedades actuales, escribo estas líneas para responder a su diagnóstico de la perspectiva del libro como “progresista” y tratar de rebatirlo argumentando que la perspectiva es, más bien, “materialista”.

Parece claro que Rodríguez Pardo no me achaca un progresismo político, que es como la mayoría de lectores tal vez interpreten el término. Hay dos momentos de duda. En primer lugar, dice que Camprubí no escamotea la censura que merecen a su juicio los comportamientos represores que arrastra toda contienda civil de parte de los vencedores para con los vencidos”.

Pero el párrafo que cita del libro para corroborar esto contiene una descripción histórica y no una censura (que yo sería impotente para hacer respecto a hechos y actores ya pasados). Como supongo que no se trata de negar que hubo represión tras la Guerra Civil española ni de decir que hubo demasiado poca, estamos de acuerdo en la descripción histórica de que hubo represión y tuvo efectos en las instituciones científicas, en los científicos y en el balance de poder de las respectivas filosofías espontáneas sobre la ciencia que estos científicos tenían (principalmente: materialista monista o católica).

En segundo lugar, Rodríguez Pardo afirma:

“No obstante, no parece que se abandone del todo la perspectiva progresista, puesto que esa transformación del paisaje, que el libro investiga en los aspectos más insospechados, ya sea en las técnicas de prensado de hormigón, de los arrozales del Levante y el Sur español, la vigilancia en Gibraltar o los fosfatos del Sahara español, ya venían de muy atrás. Así, cuando habla de los grandes hallazgos del franquismo, principalmente en las cuestiones relativas a energías pujantes, señala que ya venían de atrás.”

Rodríguez Pardo no explicita el argumento según el cual identifica el señalar continuidades con el progresismo. Y creo que estaría de acuerdo en que una visión catastrofista o emergentista de la historia obsesionada con novedades puede ser más progresista que una preocupada por dibujar continuidades y rupturas (en el caso que nos ocupa, por ejemplo, el libro demuestra que mientras los planes de regadío venían de tiempos de Primo de Rivera y la Segunda República, los de producción hidroeléctrica estatal se dibujan en los años 40, reformulando a una escala nueva proyectos existentes desarrollados por empresas privadas).

El diagnóstico de “progresista”, por tanto, no parece tener aquí un sentido político sino tecnológico y científico (o, más bien, tecnocrático y cientifista): “Así, cuando vamos ojeando las páginas de Los ingenieros de Franco, observamos que la crítica a la visión «progresista» de la ciencia y la tecnología en España va colándose y confirmándose de forma insospechada en la tesis central del autor. Un determinismo tecnológico, cercano al de los programas CTS (Ciencia, Tecnología y Sociedad), que apunta a una forma de fundamentalismo científico (en este caso, genérico), a una posición tecnooptimista y que rezuma en cada página de este libro”.

En la primera frase no queda muy claro si lo que se cuela es la crítica a la visión progresista o la visión progresista misma, aunque en la segunda se confirma que Rodríguez Pardo está queriendo defender la segunda opción. Sería algo así como decir que, pese a que la introducción y la conclusión del Los ingenieros de Franco tienen críticas muy explícitas a la identificación de los avances en determinadas ciencias o en campos tecnológicos con valores morales (bien común, democracia, etc.), en el cuerpo del libro se cuelan tanto el tecnooptimismo y el cientifismo como el determinismo tecnológico.

Este diagnóstico es el que quiero negar aquí. Para hacerlo, conviene distinguir entre los dos componentes del mismo. Por un lado, la acusación de valorar axiológicamente los avances científicos o tecnológicos no la sustenta Rodríguez Pardo con ninguna cita del libro (si no me falla la memoria, ésta sería difícil de encontrar sin alterar el significado original en el texto) y tampoco la desarrolla.

Hay que aclarar que el progresismo no consiste en constatar un avance técnico o científico en determinado campo (pongamos, la seguridad de las estructuras laminares o la teorización de la herencia de caracteres en semillas de arroz), sino que es una ideología totalizadora de la historia humana en términos de mejora en todas las esferas: técnica, moral, filosófica, etc.

El doctor Rodríguez Pardo no explicita en su reseña la crítica al progresismo, es decir, no aclara si su diagnóstico de mi libro como “progresista” es solo taxonómico o también refutatorio. Pero en mi libro sí ofrezco una refutación del progresismo precisamente por este carácter global y general.

Y señalo ejemplos bien conocidos: la capacidad destructiva de la energía nuclear, los peligros ambientales y sociales de la industrialización, o los argumentos neomalthusianos que rebajan el optimismo de quienes celebran los que los avances médicos y alimentarios permitan a más personas vivir más años. Por eso respecto a este asunto basta referir a las varias refutaciones explícitas de la valoración axiológica de los avances científicos que pueden encontrarse en el libro.

El segundo componente del diagnóstico sí es más enjundioso y agradezco a Rodríguez Pardo la oportunidad de discutirlo: el determinismo tecnológico que inundaría la filosofía de la historia ejercitada en el libro “hasta anegar sorprendentemente sus tesis principales”.

Para lectores no familiarizados con el concepto de “determinismo tecnológico”, baste señalar que se ha venido utilizando en las últimas décadas para referirse a aquellas perspectivas de la historia que ponen el progreso científico y técnico como motor de la historia. Y que esto es independiente de la valoración positiva o negativa que merezca esa supuesta línea causal que iría desde la tecnología a la historia, como muestran las muchas distopias técnicas que han poblado la ciencia ficción y la filosofía de la técnica en los últimos 100 años (un punto de inflexión lo marcó la Primera Guerra Mundial y su uso de gases, aviones y submarinos).

Por tanto, la cuestión que se plantea es si mi objetivo explícito de poner a las ciencias y a las técnicas en el centro de la historia política del franquismo convierte a mi libro en un ejemplo de determinismo tecnológico.

Sin embargo, en varias partes del libro refuto explícitamente el determinismo tecnológico con base en tres objeciones principales (que por cierto no son invenciones originales mías, si bien habían sido poco exploradas para la historia del franquismo).

Primero, las técnicas contienen, implementan y realizan componentes extratécnicos (sociales, antropológicos, políticos, político económicos, etc.) que contribuyen a su conformación y y canalizan su funcionamiento y sus tomas de energía (un ejemplo del libro que aplica un estudio ya clásico de Gabrielle Hecht al caso español es la diferencia entre las centrales nucleares de uranio enriquecido y las de uranio natural).

Soluciones técnicas

Segundo, y como consecuencia de lo anterior, las “soluciones técnicas” raras veces son resultado de una “mejor opción” políticamente neutra.

En el libro se discuten varias controversias científicas y técnicas que demuestran que quienes empujaban determinadas soluciones técnicas (la altura de un aliviadero, un tipo de vigilancia antisubmarina fijo o uno móvil, una variedad de semilla, la planta de una iglesia o de un poblado de colonización, etc.) lo hacían en el marco de proyectos políticos y económicos. Por tanto, como explicitan varios pasajes (dedicados al carbón, regadíos, viguetas de hormigón pretensado…), algunas de las grandes discusiones políticas del régimen tuvieron lugar en términos técnicos.

En fin, una visión pluralista de las técnicas y de las ciencias bloquea el determinismo tecnológico. La crítica del libro al concepto de “ingenierismo” usado por economistas e historiadores económicos es justo ésta: que no hay una sola técnica o “racionalidad técnica”, sino muchas (ajustadas a los diferentes artefactos y sus reglas de funcionamiento, a campos técnicos, a cuerpos de ingenieros con diferente educación y proyectos, etc.).

Una visión pluralista de las técnicas imposibilita el determinismo tecnológico en tanto admite líneas causales e identidades materiales con sus propias reglas y estructuras. ¿Qué tecnología habría determinado la evolución de la energía en España? El capítulo del libro dedicado a este asunto muestra el carbón, el petróleo, la nuclear y la hidroeléctrica como fuentes de energía cada una con sus ventajas e inconvenientes y cada una con sus abanderados y grupos de interés económico y geopolítico.

El peso de los ingenieros

Descartado el determinismo tecnológico, queda la posibilidad de una interpretación más débil del mismo según la cual el error principal de Los ingenieros de Franco es otorgar demasiado peso a científicos e ingenieros en la transformación de la sociedad política del franquismo. Creo que aquí está el núcleo de la tesis de Rodríguez Pardo: “diríase que el «consenso hegemónico» acuñado por Gramsci y aplicable al franquismo no lo establecieron los ideólogos o intelectuales, sino los ingenieros”.

Este punto lo concedo, pero a la vez lo reivindico como resultado de la perspectiva materialista que anunciaba al principio de esta respuesta. Lo concedo porque, dado que el objetivo del libro es reinterpretar la historia política del franquismo a través de la historia de ciencias y técnicas, inevitablemente tiende a exagerar el peso de científicos e ingenieros en la sociedad política franquista.

Aunque en varias ocasiones prevengo contra esa exageración y señalo otros actores y poderes que ya han sido estudiados por numerosos historiadores, la novedad principal del libro reside en llamar la atención sobre el papel activo de ingenieros y científicos, a los que por tanto dedico más páginas, produciendo sin duda en ocasiones deformaciones como las que producen los espejos curvos.

Recogiendo el concepto gramsciano de “intelectual” al que se refiere Rodríguez Pardo, lo saco del intelectualismo al que lo tiene sometido la mayor parte de la historiografía y politología y lo aplico a capas productivas y a organizadores de la producción no para reinterpretar a los ingenieros y científicos como los únicos intelectuales del nuevo bloque histórico, sino como unos hasta ahora bastante olvidados. He tratado más de los ajustes y desajustes de esta perspectiva con la del propio Gramsci aquí.

Por último, reivindico que al margen de sus posibles exageraciones y deformaciones (que habría que corregir en cada caso), esta perspectiva es materialista. Y lo es en el sentido del análisis de las sociedades políticas del filósofo español Gustavo Bueno, que corrige el formalismo de la teoría de los poderes políticos añadiendo otros poderes (18 en lugar de los 3 usuales) que se dan en la capa cortical (relaciones internacionales) y en la basal (economía y territorio). Mi libro se centra en estas dos como compensación al peso de la primera en la historia del franquismo y en la historia en general (aunque, como el mismo libro demuestra, las tres capas del poder político no se dan por separado; solo podemos disociarlas en el análisis).

Por eso centrarse en los recursos minerales o agrícolas y en las fronteras y en las técnicas y saberes movilizados para explotar aquellos y mantener estas no es fruto de una perspectiva progresista, sino de un enfoque materialista.

Terminaré con un ejemplo de la pregnancia de la perspectiva materialista que el libro ejercita (y en este punto explicita): me achaca Rodríguez Pardo no haber leído la Ley 52/2007 de 26 de diciembre, según la cual, resume él, “un pantano, carretera u obra arquitectónica edificada en tiempos de Franco no constituye por sí misma exaltación de nada. Son simplemente obras arquitectónicas, sin más”.

Sin embargo, lo que yo digo explícitamente es que la interpretación por parte de los redactores de la ley de lo que sea un “símbolo” es formalista puesto que, como el libro discute a lo largo de muchas páginas, los pantanos, las obras arquitectónicas, las arcas conteniendo arroz, y otros muchos “bultos” no lingüísticos tuvieron componentes ideológicos y simbólicos sin los cuales no se entiende su funcionamiento e implantación tecnológicas. Separar “lo simbólico” de “lo material”, en la tradición de Ernst Cassirer, es propio del idealismo del que adolece la mayor parte de la discusión política actual en España y otros países.

Uno de los objetivos de Los ingenieros de Franco es contribuir a salir de unos márgenes tan estrechos. Pero sería progresista confiar en que un libro de estas características pueda tener ningún efecto a esa escala, así que me conformo con tenga lectores tan atentos y laboriosos como el de esta reseña, a la que aquí respondo con agrado.

 

*Lino Camprubí es filósofo e historiador, investigador de la Universidad Autónoma de Barcelona e investigador posdoctoral invitado en el Instituto Max Planck.

 

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