4 min. de lectura

 

Por Alejandra Recalde Carballo*

En un mundo de tanta incertidumbre, contar con algo certero, algo en que confiar, es genial. La ciencia es eso; el método científico permite acercarnos lo más posible a las verdades del universo para descubrir cómo funcionan los agujeros negros, una célula o el hervidor de agua.

Pero algunas personas se han aprovechado de esta credibilidad para sus intereses y han manipulado a la ciencia. Aquí tampoco todo lo que brilla es oro. La ciencia y su divulgación no se salvan de los fraudes.

Frutas que curan el cáncer

Cada cierto tiempo aparece una fruta o planta que es capaz de curar el cáncer, el VIH-SIDA e incluso la disfunción eréctil (todo en uno). Si bien es cierto que existen muchas plantas medicinales con propiedades que aun no desvelamos y que forman parte de nuestra cultura popular, a la cura del cáncer, amigos, aún le queda camino.

Muchas veces son apenas estudios in vitro los que se publican con titulares que prometen el oro y el moro. El desarrollo de un medicamento lleva años, y no es culpa de que las farmacéuticas nos quieran enfermos.

La prensa, en parte, sí es culpable de esto. Titulares rimbombantes que venden equivalen a personas inocentes que caen: ¡Un estudio científico lo demuestra! El chocolate cura la depresión, una cerveza que adelgaza, un tomógrafo que causa ACV…

Pero toda esta parafernalia no se cierra solo a publicidad engañosa en titulares. Existen casos emblemáticos de estudios falsificados que han tenido un impacto muy profundo en la sociedad, más allá de tener gente tomando agüita de kombucha (un hongo con mil y un propiedades milagrosas).

Uno de ellos, es el estudio que relaciona las vacunas con el autismo.

Caso Wakefield

Andrew Wakefield es un cirujano e investigador británico que en 1998 publicó un artículo científico que relacionaba a la vacuna triple vírica (contra el sarampión, rubeola y paperas) con el autismo y la enfermedad de Crohn (una dolencia gastrointestinal). Esta vacuna forma parte de los programas de vacunación en todo el mundo y se administra a niños. Desde la introducción de esta vacuna, los casos de sarampión han disminuido considerablemente.

Tras la publicación de su artículo, muchos investigadores más se interesaron en el tema, pero no pudieron reproducir sus resultados. La reproducibilidad de un estudio es clave para confirmar una hipótesis.

Recién en 2004, Brian Deer, un reportero del Sunday Times, descubrió la trampa. En entrevistas con los pacientes del estudio, vio que en muchos casos el medico mintió acerca de los lapsos de aparición de los síntomas para que su hipótesis calzara.

El primer niño estudiado empezó a presentar síntomas a los seis meses de haber recibido la vacuna, mientras que en el artículo figuraba que fue a los seis días. En uno de los casos, los síntomas habían empezado a aparecer incluso antes de que el niño fuera vacunado.

Uno de los últimos casos registrados de la variola en 1975, enfermedad erradicada gracias a las vacunas. (Wikicommons)

El transfondo era más turbio aún. Wakefield se había asociado con un abogado de grupos antivacunas para demandar a grandes laboratorios y, además, planeaba comercializar otra vacuna “segura” y vender kits de diagnóstico para la enfermedad gastrointestinal asociada.

Wakefield fue enjuiciado y perdió su licencia médica. Su artículo fue retractado en 2010, pero el daño ya estaba hecho. Si bien ya existían los grupos denominados antivacunas, encontraron donde apoyarse en los estudios de Wakefield —él sigue sosteniendo que son reales— y otras creencias infundadas que han surgido desde entonces, como el miedo al timerosal (un conservante de las vacunas que contiene mercurio).

Estos padres se apoyan en su derecho a elegir lo que creen es mejor para sus hijos. Sin embargo, olvidan que el hecho de no vacunar ha llevado a resurgir enfermedades que ya se creían erradicadas, y ponen en peligro a niños que realmente no se pueden vacunar por diversos motivos (quimioterapia, sistema inmune comprometido, etc.) y que por tanto están más expuestos al brote de estas enfermedades.

Te quiero dulce y redondito

Otro ejemplo clásico de conflicto de intereses son los estudios sobre el efecto del azúcar en la salud financiados por empresas como las multinacionales de bebidas carbonatadas azucaradas, o incluso la Asociación Azucarera de Estados Unidos. Sí, existen estudios no financiados por ellos, pero muchas veces se les da más relevancia a unos que a otros.

¿Cómo se logra esto? Se escriben artículos de revisión donde la literatura utilizada apoya la idea que queremos instaurar. Se financian a grupos que busquen otras causas de la obesidad además del azúcar, lo que no es difícil de hallar al tratarse de una enfermedad multifactorial. Luego solo depende de la forma en que se presente esta información al público en general, que no se va a poner a buscar papers científicos para leer que esta nueva causa de obesidad no quita la culpa al azúcar.

Luego se convence a las autoridades, de que, por ejemplo, no limite la venta de gaseosas en las cantinas de los colegios o que la obesidad infantil es por las frituras.

Hoy en día, es imposible negar la relación entre el azúcar y la obesidad. No solo la grasa del asado puede causarte un infarto, también cuidate del postre. Esto tiene que ver con la forma en la que se metaboliza el exceso de azúcar en el cuerpo, que se puede acumular en forma de grasa, tapando vasos sanguíneos.

Lo principal es que, a pesar de las evidencias, los involucrados deciden evadir la culpa y en lugar de decir que las bebidas gaseosas contienen grandes cantidades de azúcar basan su publicidad en promover estilos de vida saludable que incluyan el deporte.

En Chile, la Ley de etiquetado ha logrado que las personas tomen más conciencia sobre los productos que consumen al advertir aquéllos que son altos en azúcares, grasas saturadas, sodio y calorías. Ésa es una forma directa de llegar al público, con políticas basadas en evidencia científica.

Vivimos en un mundo donde la información se actualiza y está al alcance de todos en un parpadeo. Sin embargo, es importante que sepamos que tampoco vivimos en un mundo perfecto y a pesar de que existen teorías de conspiración descabelladas, la ciencia no siempre está exenta de personas con intereses mezquinos.

El método científico es una buena y confiable herramienta, así como suele ser la revisión por pares y las cláusulas de conflicto de intereses. En internet no todo lo que brilla es oro. Debemos aprender y enseñar a filtrar la información para que la prensa haga artículos más responsables y para que la sociedad tome sus decisiones del día a día según fuentes confiables.

 

*Alejadra Recalde Carballo es candidata a doctora en Biotecnología Molecular por la Universidad de Chile, becaria de la Facultad de Ciencias de la U. de Chile y de la primera convocatoria de las becas “Don Carlos Antonio López”. Bioquímica y bioquímica clínica egresada de la Universidad Nacional de Asunción. Expresidenta de Estudiantes de Bioquímica Asociados del Paraguay. Actualmente trabaja con microorganismos extremófilos biolixiviantes, la formación de biopelículas y resistencia a metales.

Referencias

 

¿Qué te pareció este artículo?

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (8 votos, promedio: 4,38 de 5)

Compartir artículo:

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here