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Proyecto “Bicicleta para recarga de emergencia” del Colegio Mariscal Estigarribia de Carapeguá, 2do puesto en la decimoquinta edición del Premio Nacional Juvenil de Ciencias Pierre et Marie Curie. (Conacyt)
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Por Natalia González**

Son las dos de la mañana, Carolina da vueltas y vueltas, sin dormir; su cerebro es una máquina que no para y se bate en duelo con el viejo reloj del corredor. Las ranas del pantano aportan al ruido. Imposible no pensar en el problema, en la pieza que falta para que funcione.

“Pronto lo resolveré”, se promete. Su madre y su maestra de ciencias apoyan la idea como pueden, y su compañero de proyecto Juan —huérfano de padres— le agrega aún más determinación al asunto. Falta solo mes y medio para que cierre el plazo del certamen. No tienen recursos; en su escuela derruida apenas hay sillas y tizas, pocos han tocado una computadora.

Sin embargo, la joven, desde el fondo de un pueblo de Ñeembucú, sueña, estudia, investiga y avanza, en medio de la precariedad. Sus metas a corto plazo son hacer conocer su proyecto y ganar la feria de ciencias en Asunción. En unos años, aspira a ser ingeniera electromecánica.

Innumerables Carolinas y Juanes viven una similar historia a diario en los centros educativos del territorio paraguayo. Para el Ministerio de Educación y Ciencias existen unos 12.405, según su sitio web, repletos de inquietudes, anhelos y necesidades. ¿Hay respuesta para las Carolinas y los Juanes?

“Lo que en la juventud se aprende, toda la vida perdura”, dijo el autor Francisco de Quevedo, del Siglo de Oro español. ¿Existe igualdad de oportunidades para que un ejército de jóvenes talentosos e ilusionados accedan a una enseñanza de calidad que les acerque a sus metas, a intentar cambiar sus vidas con ellas? ¿Asegura el Estado paraguayo que todos tengan las mismas herramientas (sistemas, profesores, aulas, procesos, equipos informáticos, laboratorios, libros, etc.) para avanzar con eficiencia en la senda del aprendizaje, sin obstáculos estructurales?

Los concursos de artes y de ciencias, las ferias científicas y tecnológicas muestran apenas el iceberg del potencial que poseen nuestros jóvenes. La última edición del Premio Nacional Juvenil de Ciencias Pierre et Marie Curie ha sido una fiesta de creatividad, entusiasmo y esmero.

De diversas regiones del país llegaron las propuestas: robótica con materiales reciclados, pintura ecológica a base de grasa vacuna (inolora), una bicicleta que carga batería con fuerza humana, un basurero que separa residuos del agua en el río, galletitas proteicas de poroto manteca, una herramienta pedagógica de aprendizaje para chicos con síndrome de Down, entre otras de igual destaque, con ingenio y rigor científico a gran escala.

Este grupo de proyectos de investigación, eficientes y con alta conciencia ecológica e inclusiva demuestran una veta de elevado valor. Hay materia prima suficiente para dar paso a una generación que, mejor orientada, motivada y apoyada estructuralmente, podrá contribuir de manera real al desarrollo de nuestro país. Un desarrollo que aspiramos sea sostenible y equitativo.

Varias otras actividades como un concurso nacional de videojuegos que congeniaron el rescate de sus culturas locales con la tecnología y con el objetivo del interés turístico dan cuenta de que estamos ante unos chicos “diamante” que necesitan un apoyo más sólido, más sistemático.

“La ciencia no es solo una disciplina de razón, sino también de romance y pasión”, afirma el astrofísico inglés Stephen Hawking. El adolescente paraguayo entusiasmado con un proyecto, motivado, deja atrás la desidia y el desinterés, común en su tiempo biológico, y asciende a una montaña rusa con el corazón agitado, viendo como sus ideas cobran vida y fuerza con cada nuevo esfuerzo. Mientras más obstáculos, más tenacidad y pasión.

¿Estamos canalizando positivamente esa energía? ¿Podemos darnos el lujo como sociedad de permitir que mengüe semejante energía, sin aportar una hoja de ruta, al menos? ¿No estaremos descuidando por demás el “divino tesoro” del que nos hablaba el admirado Rubén Darío?

Camilo Caballero, un joven magister en estudios sociales de ciencia y tecnología evaluó varios de los trabajos más arriba citados y clavó más honda la estocada de la necesidad de un mayor acompañamiento de los jóvenes estudiantes.

“Hay un alto potencial de apasionamiento por la ciencia, hay varios chicos que tienen una curiosidad científica genuina pero les falta acompañamiento para aprender cómo resolver las preguntas de investigación, para canalizar ese interés. Tenemos que poner urgente la mirada en los jóvenes de la etapa secundaria, es un compromiso”.

En tiempo de elecciones, ¿habrá una propuesta real, concreta, no populista, de mejorar las condiciones educativas para este colectivo que viene creciendo a pulmón?

Cientos de chicos y chicas recrean todos los días la frase de Ada Yonath “si un reto vale la pena, solo con que lo intentes, ya te hace mejor” y se abren paso entre miles, a sabiendas de que no hay oportunidades para todos, especialmente en países en vías de desarrollo como el nuestro.

“En algún lugar, algo increíble está esperando a ser descubierto”, decía Carl Sagan, investigador y divulgador de la ciencia. Si bien hay jóvenes que acceden a alguna mínima posibilidad de sacar a luz lo que bulle en sus entrañas, en sus mentes, otras miles de potencialidades simplemente se truncan, se pierden detrás de figuras monstruosas pero reales en nuestro país, como el criadazgo, la orfandad y la pobreza extrema.

¿Cuánto más pasaremos de largo sin ver el “divino tesoro”?

 

∗Artículo que obtuvo una mención entre los trabajos presentados en el I Seminario de Comunicación Científica Digital de Asincyt y Ciencia del Sur.

Natalia González es comunicadora, especialista en Gestión de la Ciencia y la Innovación por la Universitat Politècnica de València y oficial del programa ProCiencia del Conacyt.

 

 

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