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El proceso separatista en la región española de Cataluña, cuya presunta culminación tendrá lugar el 1 de octubre en el referéndum secesionista que se pretende celebrar sin ningún tipo de reconocimiento legal, no es más que la cristalización de una manipulación e impostura históricas de dimensiones gigantescas.

El «referéndum de autodeterminación» constituirá el penúltimo acto del denominado «proceso» separatista iniciado en 2012 con vistas a conseguir lo que el Parlamento catalán denominó en 2015 como «desconexión» de Cataluña para formar una república independiente, a través de vías legales y democráticas; vías que ya habrían manifestado una previa pretensión en el referéndum del 9 de noviembre de 2014, sin consecuencia ninguna.

Para los más diversos y prestigiosos analistas internacionales, tales como Robert Kaplan o Julian Assange, el proceso separatista catalán no es más que uno de tantos dentro de un mundo cada vez más globalizado y plural, donde las fronteras parecen haberse difuminado, y los nombres de Quebec, Kurdistán, Cerdeña, Córcega, Chechenia e incluso Texas pueblan el argumentario de los últimos años acerca de los derechos de autodeterminación de muchas naciones en el mundo que no poseen su propio Estado.

Incluso Kaplan, en un alarde de fundamentación histórica, identifica a la futurible nación catalana con la Marca Hispánica que Carlomagno habría ocupado a finales del siglo IX como origen de esa Cataluña que pide un lugar en la ONU, y que a través de diversos hitos históricos —su «Constitución» de 988 (cuyo milenario fue celebrado en 1988), la revuelta de 1651 en el contexto de las luchas entre España y Francia o el 11 de septiembre de 1714, la famosa Diada que se celebra como «Día Nacional de Cataluña»— se habría desarrollado como una nación ya existente desde la noche de los tiempos, y que busca liberarse de la opresión de la «cárcel de pueblos» española, al igual que las presuntas naciones vasca, gallega y otras que pueblan la piel de toro ibérica.

Sin embargo, esa historia sorprendentemente aireada por tan prestigiosos como indoctos analistas internacionales no es más que una colección de obscenas patrañas, a cada cual más gigantesca: ni en 988 se constituyó ninguna Cataluña independiente, posteriormente absorbida por España, puesto que lo que sucedió fue que el Conde de Barcelona Borrell II se proclamó, ante la ausencia de la autoridad del Sacro Imperio, literalmente «Duque de Hispania Citerior», ni en 1651 se produjo otra revuelta más que entre partidarios de la monarquía hispánica y unas clases altas acomodadas que veían en Francia una protección más ventajosa para sus negocios.

Asimismo, la famosa Diada del 11 de septiembre no es más que una proclama de un destacado partidario del archiduque Carlos de Austria, Rafael Casanova, dentro del contexto de la guerra de sucesión española que fue ganada por la dinastía de los Borbones.

En su proclama de rendición afirma que él y los suyos han luchado «por la independencia y libertad de España», no de ninguna fabulada nación catalana. Difícilmente puede encontrarse mayor manipulación y retorcimiento sofístico de la historia que en las fábulas y leyendas que el separatismo catalán ha ido difundiendo, tanto en la propia España como fuera de ella, durante las últimas décadas.

La caída del Imperio Español

Esta efervescencia del nacionalismo que busca cuartear la nación más antigua de Europa no hubiera sido posible, sin lugar a dudas, sin factores tan importantes como la propia desaparición del Imperio Español, con el consiguiente debilitamiento de la España resultante de ese proceso, así como la propaganda incesante de un sector importante del clero católico español, desconfiando de la nación política surgida tras la Revolución francesa y particularmente con las Cortes de Cádiz en la España de 1812, que anulaba sus privilegios estamentales.

Todo ello sumado a las pretensiones racistas imperantes en el contexto del siglo XIX.

La idea de que la raza aria era la superior y destinada a regir al resto de la humanidad (aireada especialmente por los estudios del Conde de Gobineau, que acabarían culminando en el fenómeno del nazismo en el siglo XX), fue el caldo de cultivo para ideologías delirantes pero capaces de aglutinar a numerosos partidarios: el separatismo vasco con Sabino Arana a la cabeza y el separatismo catalán con personajes como Enrique Prat de la Riba o Pompeyo Gener, cuya idea era precisamente que los catalanes (incluyendo aquí los denominados «países catalanes», esto es, toda la franja mediterránea española y parte de la europea) eran arios y el resto de los españoles, denominados despectivamente como «mesetarios», ni más ni menos que judíos o descendientes suyos, y por ello poco menos que tarados.

Si bien los diversos intentos de separarse de la nación española ya constituida tanto de los sediciosos catalanes como de los vascos acabaron naufragando, los primeros habían ganado fama de ser los más beligerantes (especialmente por los crímenes de la banda terrorista ETA, de quienes los sediciosos se hacían bien cómplices, bien copartícipes), frente al carácter moderado de los sediciosos catalanes.

La estrategia inmediata de los últimos ha sido siempre conseguir más y más privilegios de todo tipo: ya no solo fiscales como el cupo vasco al que han aspirado desde hace tiempo, sino el control de ingentes fondos e instituciones públicas para adoctrinar en sus delirantes ideas a tiernos infantes, a los que se les hace creer mediante descomunales lavados de cerebro que sus ancestros han sido oprimidos y esclavizados por los «españoles», aparte de someterles a una brutal inmersión lingüística en una lengua catalana de laboratorio (ya Buenaventura Aribau advirtió en su Oda a la patria de 1833 que la lengua propia de los catalanes, aparte del español, era el lemosín, un derivado del provenzal francés, nada que ver con el artificioso catalán actual).

Tras cuatro décadas de tolerancia de parte de los sucesivos gobiernos democráticos de España sobre tan lamentables y delictuosos hechos, parece que la masa de separatistas moldeados en esta gran estructura de imposturas y manipulaciones no resulta ni de lejos suficiente para que Cataluña rompa amarras con España.

Así que los diversos grupos separatistas, representados en una sopa de letras cada vez más indescifrable (PdeCAT, CUP, ANC, ERC, etc.), se han coaligado en la causa común por una independencia a día de hoy inviable: ni uno solo de los gobiernos de los diferentes países con los que los sediciosos se han entrevistado, especialmente mirando a los de Europa y Estados Unidos, han mostrado el más mínimo interés en reconocer un proceso tan artificioso.

Especialmente por un motivo práctico: alentar la secesión en España podría servir como espejo imitador para los sediciosos que se encuentran en las fronteras propias.

Si bien los sucesivos gobiernos de España han sido tolerantes con este proceso, en el contexto del pseudorreferéndum de 2014 y del intento de «desconexión» de 2015 y del proceso actual de 2017, los poderes públicos españoles han sido muy claros: el límite a cualquier actividad de estos partidos secesionistas es el que marcan la Constitución de 1978 y las leyes emanadas de ésta, que establecen la indisoluble unidad de la nación española.

Ante estos hechos nada pueden hacer unas masas separatistas tan fanáticas como cobardes, sin medios para enfrentar a la Policía o al Ejército en caso de que tuvieran que intervenir.

No obstante, no es menos cierto que cualquier movimiento en falso que realice el gobierno español está siendo vigilado desde el exterior, tanto desde la Unión Europea como desde Estados Unidos. Los «fantasmas balcánicos», la reciente disolución de Yugoslavia en una Europa cuyas fronteras se han visto alteradas habitualmente a lo largo de los siglos, todo convenientemente aireado por analistas de dudosos conocimientos, podría desembocar en un fatal desenlace para España.

Desde la premisa firme de que una independencia unilateral no tendrá aprobación de ninguna nación soberana, el gobierno de Mariano Rajoy busca seguir el mismo camino que tras el pseudorreferéndum de 2014 o el intento de desconexión de 2015: dejar que las propias contradicciones internas del kafkiano «proceso», y la proverbial cobardía de los sediciosos (incapaces de dejar registradas por escrito órdenes de desobediencia, para que los tribunales competentes no puedan juzgarles) vayan haciendo mella hasta que ellos mismos renuncien, pese a su triunfalismo, a proclamar que son una nueva nación soberana.

 

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