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Por Fernando Valdés *

¿Cómo es posible que cada día miles de millones de personas de distintos países, con diferentes colores de piel, creencias y aspiraciones puedan cooperar para tener vidas más prósperas?

Para psicólogos y biólogos la respuesta está en la naturaleza humana. Diversos experimentos con perros, lobos, chimpancés, elefantes y humanos, confirman que desde una edad muy temprana —previa a una educación social— los mamíferos muestran reciprocidad y empatía por medio de acciones de consuelo, mimetismo emocional, cooperación para fines compartidos y un sentido básico de equidad. Estos mecanismos, resultado de la evolución, permiten a los mamíferos actuar de forma conjunta para asegurar su supervivencia.

Los experimentos del psicólogo evolucionista Michael Tomasello con humanos y chimpancés (la especie más similar a los humanos) indican que los humanos tienen mayor propensión que otras especies a desarrollar actitudes altruistas y a recibir satisfacción por involucrarse al tener actitudes mutualistas, es decir, cooperar para conseguir beneficios mutuos.

Desde la antropología esta predisposición mutualista explica por qué los humanos acumulan y utilizan la sabiduría colectiva de sus antepasados para diseñar instituciones, en algunas ocasiones, con el fin explícito de aumentar sus capacidades cooperativas. Bajo esta óptica, el lenguaje, las leyes, el comercio y el dinero, se entienden, no como hechos dados o cambios tecnológicos dirigidos por unos cuantos, sino como herramientas orgánicas para aumentar nuestra capacidad de cooperar a gran escala.

Para que se produzca evolución en un sistema se requieren dos mecanismos: uno para crear variabilidad y otro para crear selección. El mecanismo de variabilidad en las instituciones sociales se refiere a la diversidad del ingenio humano para satisfacer deseos. Mientras que el mecanismo de selección es la prueba de mercado, es decir, que los productos o servicios ofrecidos sean más deseados y útiles para quien se ofrecen que para quien los ofrece. Este mecanismo, si bien no es perfecto, tiene la característica de estar constituido por intercambios e interacciones descentralizadas, las cuales permiten ajustes rápidos a las cambiantes necesidades de las personas.

En los últimos 200 años,  el ingreso de la persona promedio pasó de USD $3 al día a $21 aproximadamente, la pobreza extrema (personas que viven con menos de USD $1,25 al día) pasó del 90% de la población mundial en 1800 a 41% en 1980, a menos del 10% en 2015.[1]  La esperanza de vida mundial se duplicó[2], y la mortalidad infantil pasó de 400 de cada 1000 nacidos en 1800 a 42.5 de cada 1000 nacidos en 2015.[3]

Para entrar en perspectiva, el fósil más antiguo del humano moderno tiene una antigüedad de 195,000 años. En solo el 0,1% de toda la historia humana conseguimos una intimidante mejora en nuestra calidad de vida. ¿Qué mecanismo hizo posible esta mejora exponencial en las oportunidades de vida de las personas?

Han existido diversas explicaciones para esta pregunta: la acumulación de metales preciosos, el ahorro y la inversión, los cambios tecnológicos e incluso las guerras o revoluciones violentas.

Los economistas Daron Acemoglu y James Robinson argumentan que las sociedades que promueven instituciones que permiten la cooperación libre y voluntaria prosperan, mientras que las que privilegian instituciones donde las decisiones se toman de forma coercitiva y centralizada suelen tener vidas cortas.

Por otro lado, la historiadora económica Deirdre McCloskey argumenta que el cambio en las ideas precede al de las instituciones. Esto es, que el motor de los cambios políticos, económicos y sociales proviene de la forma en que las personas se ven a sí mismas y a los demás. La Reforma Luterana, los Levellers, la Ilustración, la Revolución Industrial sucedieron no por cambios tecnológicos o políticos, sino que los cambios tecnológicos y políticos fueron posibles por las nuevas interpretaciones que las personas tenían sobre las jerarquías políticas, eclesiásticas, los científicos, inventores y emprendedores.

Ambas posiciones coinciden en que al promover que el grueso de las interacciones humanas sean libres y voluntarias, entonces el papel de los gobiernos no sería controlar los resultados de la cooperación, sino asegurar que exista un marco que la promueva.

Los humanos han sido capaces de crear instituciones de mercado de forma espontánea y descentralizada, que por medio de la cooperación, evolucionan. Esto hace que la evolución sea contraintuitiva. Donde observamos orden y resultados sofisticados asumimos que existió un diseño o planificación consciente.

La realidad es distinta: todo proceso evolutivo es desordenado e imperfecto. Reconocer la imperfección y naturaleza descentralizada de las instituciones humanas nos llevaría a tener un mejor tacto para enfrentar los mayores retos que tienen nuestras sociedades.

Fernando Valdés Benavides es mexicano, economista por la Universidad de Guanajuato y coordinador del Proyecto México de la Fundación Friedrich Naumann. 

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Un agradecimiento especial a Ruy Valdés por su trabajo de edición a versiones pasadas de este artículo. Este artículo está inspirado en las ponencias de la Escuela de Verano Libertad y Desarrollo que organiza la Universidad de Guanajuato.

 

[1]Cifras en dólares Geary–Khamis de 1990 (1990 Int$). Ajustado a la inflación y a la paridad de poder de compra. Datos de Maddison Project Database (2014) y Banco Mundial (2015).

[2] Datos de mortalidad de la Human Mortality Database, del estudio de las Naciones Unidas, World Population Prospects: The 2010 Revision, Publicaciones y artículos del profesor James C. Riley y datos de la Human Lifetable Database.

[3] Para datos posteriores a 1990 se consultaron los datos de UNICEF. Para datos anteriores a 1990 se consultaron las bases de datos de Gapminder que a su vez obtiene sus datos de http://www.mortality.org/ y http://www.childmortality.org/.

 

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