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En el año 1992 se publicaba en el periódico inglés The Times of London una carta abierta en la que dieciocho filósofos académicos repudiaban la nominación del filósofo francés Jacques Derrida para recibir un doctorado honoris causa de la Universidad de Cambridge.

Entre los firmantes se encontraban destacadas figuras como W.V.O. Quine, Hans Albert, Ruth Barcan Marcus y David Armstrong que condenaban la producción académica del francés por considerarla fuera de los “estándares de rigor y claridad aceptados” por la comunidad científica internacional. Lo culpaban de introducir en la academia “piruetas similares a las de los poetas dadaístas”, y alegaban que sus escritos consisten en gran parte en “bromas y juegos de palabras”. Finalmente, Cambridge decidió someter el tema a votación y Derrida obtuvo el mencionado grado honorario.

Este peculiar incidente es tan solo un síntoma de una fisura iniciada dentro de la filosofía a principios del siglo XX y que hoy todavía perdura: la división entre filosofía analítica y filosofía continental.

Es muy fácil ver que ambas formas de practicar la filosofía son claramente diferentes, pero no es tan sencillo decir exactamente en qué consiste la diferencia, que es lo que trataré de explicar. Pero antes de entrar de lleno en el problema, debemos revisar cómo hemos llegado hasta esta situación.

Un poco de historia

Nuestra historia comienza con la revolución que hubo en el seno de la Lógica durante el siglo XIX. Dicha ciencia tiene su origen en el Órganon de Aristóteles (aunque ya se encuentran antecedentes en la obra de su maestro, Platón) y se dedica a estudiar las leyes del razonamiento válido.

La Lógica pasó muchos siglos sin cambios significativos. Immanuel Kant llegó a decir, en el prefacio a la segunda edición de la Crítica de la Razón Pura (1787), que “…no ha avanzado ni un solo paso desde Aristóteles”. A decir verdad, sí había hecho algunos avances, especialmente durante el medioevo, pero la forma general de la lógica aristotélica se mantenía intacta.

Durante el siglo XIX, sin embargo, la situación cambió. La Lógica sufrió una serie de transformaciones que la hicieron más potente y rigurosa que nunca. De todos los artífices de éste cambio, fueron Gottlob Frege y Bertrand Russell quienes empezaron a utilizar sistemáticamente herramientas lógicas para resolver —o disolver— problemas filosóficos, una característica central de la metodología de la mayor parte de la filosofía analítica.

Al principio, ambos se limitaron a problemas dentro de la filosofía de las matemáticas relacionados a su proyecto de reducir las matemáticas a la lógica, empresa que alcanzó su cenit en los Principia Mathematica (1910-13) de Russell y Alfred Whitehead. Fue Russell quien extendió la aplicación de la lógica a otras ramas de la filosofía, como la ontología, la filosofía del lenguaje, y la filosofía de la ciencia.

Los positivistas lógicos, influenciados por Ludwig Wittgenstein, tomaron una ruta más extrema argumentando que muchos problemas centrales de la filosofía —de la metafísica y de la ética, concretamente— son el resultado de confusiones originadas por la ambigüedad del lenguaje ordinario, y que una vez que traducimos el lenguaje ordinario al lenguaje preciso de la lógica, éstos desaparecen. La única tarea que sobra para la filosofía es el mero análisis lógico del lenguaje de la ciencia natural.

Entre los años 1950 y 1970, aproximadamente, las ideas centrales de los positivistas lógicos fueron criticadas duramente dentro de la propia filosofía analítica, y hoy en día encontraremos muy pocos filósofos que las tomen en serio. Pero el ideal de exactitud, claridad y rigor en la argumentación se mantuvo intacto.

La filosofía continental tiene sus raíces en la fenomenología del filósofo y matemático alemán Edmund Husserl. La fenomenología pretende describir y analizar la experiencia humana desde el punto de vista de la primera persona: el flujo del tiempo, el yo, la voluntad, etc., todos fenómenos personales que experimentamos y, por ende, son objeto de estudio de la fenomenología.

Husserl pretendió hacer de la fenomenología el fundamento de todas las demás ramas de la filosofía. Su discípulo más famoso, Martín Heidegger, trató de entender al ser mediante un análisis fenomenológico de la experiencia humana en su libro Ser y Tiempo (1927). Posteriormente, el concepto de filosofía continental se extendió hasta cubrir también las corrientes marxistas/historicistas y el posmodernismo.

Los representantes de ambas escuelas raramente interactúan entre sí, pero cuando lo hacen suele ser en términos poco amistosos. Ejemplos abundan: la famosa disputa entre Jürgen Habermas y Hans Albert, recogida en La disputa del positivismo en la sociología alemana (1969), los duros comentarios del filósofo argentino Mario Bunge, la acusación de Rudolf Carnap de que los escritos de Heidegger carecen de sentido en La superación de la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje (1932), y la lista podría seguir.

Los analíticos acusan a los continentales de escribir de forma innecesariamente oscura y de carecer de los estándares necesarios de rigor en la argumentación. Los continentales, por otra parte, acusan a los analíticos de ser superficiales, de concentrar su excesiva atención en detalles insignificantes, y de ignorar los problemas que interesan al hombre común.

¿Una distinción artificial?

Algunos pensadores creen que la distinción es insostenible. Según ellos, no habría un criterio no trivial por el cual las corrientes analítica y continental puedan diferenciarse claramente. El filósofo estadounidense Brian Leiter, por ejemplo, cree que la distinción no es sustancial sino meramente estilística y el alemán Markus Gabriel defiende que la distinción entre ambas corrientes está “absolutamente equivocada”.

Repasemos, entonces, algunos de los criterios por los que se ha tratado de diferenciarlas.

Uno de los criterios propuestos a veces es geográfico: la filosofía analítica se practica en Gran Bretaña, Estados Unidos y Canadá, y la filosofía continental en Europa (el “continente”) y el resto del mundo. Aunque esto tiene algo de verdad, no nos sirve como criterio suficiente, pues está expuesto a varios contraejemplos.

Desde el comienzo, muchos de los representantes de la corriente analítica fueron alemanes o austríacos (Carnap, Wittgenstein, Frege, Schlick, Hempel, etc.). Además, en la actualidad, la filosofía analítica se encuentra presente e institucionalizada, mediante asociaciones y revistas especializadas, en casi todos los países del mundo. De todas formas, una simple diferencia regional no explicaría el mutuo rechazo intelectual entre los practicantes de ambas corrientes.

Otras veces se alega que la filosofía analítica se cierra exclusivamente a los problemas arcanos y esotéricos de la lógica, la filosofía del lenguaje, la filosofía de la ciencia general, y la filosofía de las ciencias especiales, sin darle importancia alguna a la metafísica, a la ética y a la filosofía social y política, cuestiones que sí interesan a los filósofos continentales.

Esto era totalmente verdadero más o menos hasta los años 50 del siglo XX. Sin embargo, como expliqué más arriba, cuando las ideas de centrales del positivismo lógico fueron criticadas, la filosofía analítica abrió sus puertas a todas las demás áreas de la disciplina. De esta forma, encontramos filósofos políticos (Rawls, Nozick, Cohen), filósofos morales (Anscombe, Geach, Singer), metafísicos (Sider, Kripke, Stalnaker, Lewis), filósofos de la mente (Chalmers, Dennett, Putnam), filósofas feministas (Sally Haslanger, Carrie Jenkins), etc., que se consideran analíticos. Inclusive hay hegelianos (McDowell) y heideggerianos (Dreyfuss) analíticos.

Ni siquiera el uso de herramientas matemáticas puede ser considerado como característica definitoria de la filosofía analítica, pues estos métodos eran rechazados por algunos importantes representantes de la corriente (el caso de la “filosofía lingüística” practicada en Oxford por Strawson, Ryle, Austin y otros).

A pesar de todo esto, yo creo firmemente que hay un par de diferencias importantes entre ambas corrientes que no están sujetas a contraejemplos. La primera es ésta: los filósofos analíticos, a diferencia de sus contrapartes continentales, valoran y practican atentamente las virtudes epistemológicas de la claridad y la exactitud, actitud que comparten con los científicos. He ahí la razón de que la filosofía analítica se parezca más a la ciencia y que la filosofía continental se asemeje más a la literatura (recuérdese la comparación de Derrida con la obra de los dadaístas en la carta citada al principio).

En esta cuestión, los filósofos analíticos no solo se asemejan a la ciencia, sino también a casi todos los filósofos más importantes de la historia, exceptuando algunos filósofos inclinados hacia el misticismo (Bruno, Cusa, y Eckhart por ejemplo), algunos neoplatónicos (Plotino), y los idealistas alemanes (Hegel, Schelling y Fichte). Basta con leer cualquier diálogo de Platón, o cualquier quaestio de Santo Tomás de Aquino para darse cuenta de que las mencionadas virtudes se encuentran ya presentes en la filosofía desde la antigüedad clásica. En este asunto, la filosofía analítica no hace más que seguir a la tradición.

En mi opinión,esta insistencia en la claridad y la exactitud no es gratuita ni tampoco una mera convención estilística, pues posibilita la existencia de una segunda diferencia importante que impacta enormemente en la calidad del trabajo de los filósofos: al respecto del cisma analítico/continental, Neil Levy, en su artículo Analytic and continental philosophy: explaining the differences (2003) publicado en la revista Metaphilosophy, invoca la distinción entre ciencia normal y ciencia revolucionaria de Thomas Kuhn.

Según Levy, la filosofía analítica se caracteriza por trabajar siempre dentro de un paradigma: un conjunto de supuestos y conceptos compartidos, una idea clara acerca de qué es lo que constituye un problema filosófico y qué clase de soluciones son aceptables. Una vez definida esta “matriz disciplinar”, los filósofos analíticos pueden dejar a un lado los problemas fundacionales de su disciplina y dedicarse a la resolución de rompecabezas dentro de su paradigma (al menos hasta cierto punto, de lo contrario ya no sería filosofía).

Esto explica claramente varios fenómenos dentro de la filosofía analítica: la proliferación de manuales, la división en varias subramas bien definidas (especialización), la preferencia por la publicación de papers en revistas especializadas como medio de divulgación de ideas en lugar de los libros, la estrecha colaboración entre académicos, etc. Muchas veces se ven, inclusive, casos en los que dos o más académicos llegan a la mismas conclusiones en forma independiente, característica típica de la ciencia normal. Tal es el caso del enfoque de la similaridad dentro del programa de investigación de la verosimilitud, que fue descubierto en forma independiente por Niiniluoto, Hilpinen y Tichý más o menos en la misma época. En este sentido, puede decirse claramente que en la filosofía analítica hay progreso, pues lo que constituye un avance está lo suficientemente definido.

Evidentemente, no sería posible que los filósofos analíticos compartan una matriz disciplinar si no pudiesen comunicarse fluidamente entre sí, o sea, si no se esforzasen por ser claros y rigurosos. De ahí mi pensamiento de que ésta es una diferencia significativa y sustancial entre ambos enfoques.

Carnap, en una entrevista concedida en el año 1964, destacaba precisamente este punto diciendo que lo que permite el carácter científico de la filosofía analítica es “la cooperación de los diferentes seres humanos”, y destacando la importancia que en ese sentido tiene “introducir un mejor lenguaje en la filosofía”.

La filosofía continental, según Levy, trabaja en constante estado de revolución. El objetivo de los filósofos continentales es hacernos ver la realidad de formas diferentes, originales, siempre renovadas. Su tarea se hace extremadamente similar a la de los artistas del avant-garde, para quienes vale más la originalidad que cualquier otra cosa. Al respecto, es notable que en la entrevista mencionada más arriba Carnap se quejaba de que “anteriormente cada filósofo tenía su propia terminología, al mismo tiempo que otro creaba una totalmente diferente”.

Esto explica la marcada influencia de la literatura en la filosofía continental. Véase, por ejemplo, la insistencia del último Heidegger en el análisis de la poesía de Hölderlin. Considérese también el hecho de que muchos continentales fueron también escritores: Sartre y Camus vienen inmediatamente a la mente. También tenemos el ejemplo de la hermenéutica de Gadamer quién, bajo la influencia de Heidegger, insiste en la obra de arte como vía de acceso a la verdad.

Esto explica el lenguaje oscuro de los filósofos continentales, reminiscente de la poesía, más dado a la metáfora que al argumento lógico. Como no hay un conjunto de conceptos técnicos compartidos por todos los filósofos continentales (la matriz disciplinar kunhiana), prefieren escribir libros dirigidos al público general culto antes que los tradicionales papers de la ciencia normal.

Esta es una de las causas de que al no-filósofo le suenen más los nombres de Heidegger y Foucault que los de un Carnap o Quine (otra causa es, aparentemente, cierto esnobismo dentro de la comunidad analítica que hace que la divulgación se vea con cierto recelo, algo lamentable ciertamente).

Otra característica muy llamativa de la filosofía continental, según Levy, es su fuerte inclinación historicista. De hecho, uno de los pocos supuestos compartidos por los continentales es la idea de que el pensamiento no puede disociarse de su contexto histórico.

El filósofo analítico, en cambio, actúa con la historia tal como lo hace el científico normal: lee a los filósofos de otras eras seleccionando casi exclusivamente aquellas actitudes que le hablan a él y a sus problemas modernos, o avanza interpretaciones forzadas de los textos para que se adecuen a su matriz disciplinar. Basta con saber que Hume escribió que “la razón es esclava de las pasiones”, y que de esa forma hizo su contribución al perenne debate sobre el cognitivismo moral que hoy ocupa las mentes de los académicos.

Para el filósofo continental, sin embargo, no hay problemas perennes. Cada problema y cada solución deben ser vistas bajo la luz de su propio contexto histórico, y no hacerlo sería de lo más naïve. Es por esto que Mulligan, en su artículo Introduction: On the History of Continental Philosophy (1991), escribe que, si preguntamos al analítico en qué trabaja, éste responderá con una lista de problemas, pero si hacemos la misma pregunta al continental, éste responderá con una lista de nombres.

¿Con cuál nos quedamos?

Creo haber demostrado que no estamos ante una distinción artificial. La distinción clave de la filosofía analítica en relación a la continental está en la claridad y el rigor, y en el compromiso con un programa de investigación dentro de un paradigma definido.

Naturalmente, esto nos lleva a preguntarnos si uno de los enfoques es preferible o si dan igual. Llegado este punto debo aclararle al lector que soy un filósofo analítico que trabaja principalmente en el área de filosofía de la ciencia. Decidí seguir este camino porque no me dan igual ambos enfoques.

Por motivos que no viene al caso explicar aquí, soy un firme defensor de la falibilidad del conocimiento humano, una posición que normalmente se da en llamar falibilismo. Nuestras capacidades cognitivas son limitadas y propensas al error. Sin embargo, el conocimiento puede ser constantemente corregido. Me parece obvio que la posibilidad de error disminuye y los errores son detectados y corregidos más rápidamente cuando una comunidad de mentes trabaja en conjunto en la búsqueda del conocimiento a través del diálogo y la crítica racional a la que éste conduce.

Esto, sin embargo, solo puede lograrse cuando hay entendimiento mutuo, y la mejor forma de que esto ocurra es:

  • Que se utilice un lenguaje claro y exacto (en la medida de lo posible)
  • Que los investigadores compartan un sistema de reglas básicas de carácter sumamente general (reglas de razonamiento)

Si estas condiciones mínimas no se dan, el diálogo es imposible, y la posibilidad de error y dogmatismo aumenta.

Acepto totalmente el cargo de ahistoricidad en la filosofía analítica, pero no me parece un problema grave, pues no considero que la tarea del filósofo sea interpretar la historia del pensamiento. El filósofo trata de resolver problemas filosóficos y para hacerlo es lícito que se valga de los medios que le sean útiles. Si un texto le es funcional a ese propósito, su utilización es lícita por más que la interpretación del mismo sea anacrónica y forzada.

Por otra parte, si aceptamos que la función del filósofo es resolver problemas, pero al mismo tiempo pensamos que el contexto histórico de la idea influye en su validez epistemológica, estamos probablemente incurriendo en la conocida falacia genética, es decir, el error de juzgar una idea según la forma en que ésta se generó. El filósofo analítico disocia los argumentos de las personas.

Me parece que estas dos características, el diálogo y el énfasis en los argumentos y los problemas por encima de los hombres que los formulan, hacen de la filosofía analítica una empresa mucho más democrática y menos dogmática que la filosofía continental. Es por ello que se me hace muy paradójico que los practicantes de esta última inunden sus textos con discusiones acerca del diálogo, la otredad, la alteridad, la intersubjetividad, etc.

Como he mostrado en la sección anterior, valiéndome de las ideas de Levy, una consecuencia importante —aunque no necesaria, ciertamente— del diálogo entre investigadores es la aceptación común de una matriz disciplinar. Se podría argumentar que esto suprime la originalidad y la novedad, y de hecho Levy parece suscribir a esta crítica.

Sin embargo, él mismo admite que antes del libro Teoría de la Justicia (1970) de John Rawls, la filosofía analítica no poseía un modelo paradigmático de filosofía política. Dicha obra inauguró un nuevo subprograma de investigación dentro de la filosofía analítica, con su propia terminología técnica, sus propios problemas, etc. Esto muestra que la novedad es posible dentro de dicha corriente. La diferencia es que la novedad aquí es constructiva: Rawls trató de encontrar conexiones entre su obra y la de otros filósofos analíticos, de modo que se aprecia cierta continuidad no despreciable. Esto se debe a que la cuestión, para estos filósofos, no es crear algo totalmente nuevo por el puro afán de originalidad, sino avanzar construyendo sobre lo viejo.

Filosofía analítica en Paraguay

Paraguay es uno de los pocos países que no tiene una comunidad analítica firme e institucionalizada. Los filósofos que trabajan explícitamente dentro de la corriente analítica se cuentan con los dedos de una sola mano (Víctor Oxley, Daniel Mendonca, Evelio Fernández Arévalos y yo mismo somos los únicos que me vienen a la mente).

En nuestras universidades se le presta una atención mínima y de pasada, situación que me parece sumamente vergonzosa. Por eso me alegré cuando me encomendaron la redacción de esta columna, con la que espero haber podido dar a conocer, al público general, la otra cara de la filosofía.

El estado paupérrimo de la filosofía analítica paraguaya no es sino el reflejo del estado paupérrimo de nuestra filosofía en general, que a su vez refleja la miseria de nuestra educación universitaria. Los profesores están desactualizados, no se investiga, y prácticamente no hay conferencias ni coloquios en los que los filósofos puedan avanzar sus ideas y refinarlas mediante la crítica mutua.

Volviendo específicamente a la filosofía analítica, debemos tener en cuenta también que, cuando nuestros filósofos hacen posgrados, lo hacen siempre en México, Argentina, Chile, Brasil o España. Si bien estos países poseen comunidades analíticas institucionalizadas y respetadas (especialmente Argentina y España), no es esta la corriente dominante en ellos.

También es cierto que la clase de formación que recibimos en nuestro país es condicionante hasta cierto punto. Para hacer y entender filosofía analítica se necesitan ciertas herramientas técnicas, especialmente aquellas tomadas de la lógica matemática. Sin embargo, nuestros cursos de lógica apenas pasan de lo básico del cálculo proposicional y con suerte llegan a rozar la lógica de primer orden (es decir, nos quedamos en el siglo XIX).

Mientras tanto, el estudiante extranjero se recibe manejando lógica modal, metalógica, teoría de la decisión, etc. Solo con mucho esfuerzo personal puede el estudiante de filosofía paraguayo ponerse a punto para ir a realizar un posgrado en filosofía analítica. La existencia de esta barrera técnica fue lo que me condujo a dictar un curso de lógica filosófica en marzo de este año, y me complace decir que hubo más concurrencia de la que esperaba, de modo que el interés existe.

Otro problema es el hecho de que muy pocos filósofos paraguayos dominan el idioma inglés. Nos guste o no, esta es la lingua franca de la academia contemporánea, y todos los últimos avances se publican en ese idioma. Sería ridículo que un investigador tenga esperar a que salga una traducción para poder estar al tanto de un trabajo importante para el área de su interés. Esto quizá explique, en parte, por qué muchos profesores están tan desactualizados.

Estos problemas no me parecen tan difíciles de resolver, pero para ello haría falta primero una reforma completa de nuestro sistema educativo terciario, la cual todavía no muestra señales de estar en camino.

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12 Comentarios

  1. Muy bueno el articulo. Hablando como arquitecto y desde el punto de vista de mi campo profesional, puedo ver que los arquitectos estamos más influenciados por lo que llaman “filosofía continental”. Podría ser por la búsqueda de nuevas y originales formas de ver e interpretar el mundo que tiene esta corriente filosófica y su relación con el proceso creativo del proyecto arquitectónico. Me resultan familiares los nombres de todos los filósofos mencionados aquí como ” continentales” y su influencia en la cultura contemporánea es enorme. Del otro bando sólo los conozco a Russell y Bunge. Pero quien sabe, tal vez en el futuro los analíticos lleguen a ser más influyentes en el mundo de la cultura

    • Comparto tu apreciación. Tambien soy arquitecto y hace rato, desde que empece a meterme por mi cuenta en la filosofía (mi principal interés el teoría de sistema, particularmente el enfoque de Mario Bunge, que me parece muy interesante para aplicar en arquitectura y urbanismo) se me hacia mas clara dicha division. De hecho me aclaro bastante mas este articulo sobretodo la idea por que los continentales son mas “famosos” que los analiticos, y me hace mucho sentido, viendo a la gente que estudia y enseña arquitectura en general, una busqueda demaciado ligada al arte y algo alejada de las ciencias en general, pero con un poco de pisca de ciencias sociales que también tienen alguna predominancia con lo continental.
      De todas formas, creo que la filosofía Analítica tiene mucho que aportar, partiendo por lo de ser claros al expresarse, puesto que no hay que olvidar que el arquitecto no
      construye para el, si no para la gente, por lo cual la comunicación y claridad son importante.

  2. Excelente artículo, no obstante creo que las diferencias entre ambos modos de filosofar están hechas con una linea de agua, pues tiendo a ver mejor las consonancias, en este sentido escucho en ambos el intento por explicar y explicarnos la evasiva realidad. Ahora tiendo a percibir una tendencia más fundamentalista en el positivismo lógico. Al contrario del autor del texto, tomo posición por lo continentales.

  3. Excelente artículo. Lo que pasa con la filosofía analítica en Paraguay puede extenderse a todas las áreas de la ciencia. Hay mucho por hacer necesitamos una educación superior más comprometida.

  4. Gran artículo, si bien no estaré 100% de acuerdo ya que me sienta mejor el traje continental. No obstante, coincido en que la claridad del lenguaje debería ser lo primero que se aprenda en las facultades: qué insufrible leer a más de uno, sobre todo cuando notas que escriben oscuro por algún tipo de snobismo que no alcanzo a entender.
    Por cierto, no te quemes con el tema de la lógica, tampoco se aprende tanto en otras universidades.

  5. Me ha gustado mucho el artículo… En cambio, el final me ha parecido muy frío. Me presento, intentaré razonar aunque no puedo llegar a la extensión de este fantástico artículo (salvo por el final). Son las 12 de la noche en España, tengo hambre, sueño… Pero motiva decir lo que tengo que decir (antes de irme a cenar y a la cama). Soy licenciado en filosofía. Antes, estudié matemáticas. Abandoné la carrera de matemáticas porque no le encontraba el “sentido”. Cuando estudié filosofía, y conocí a Rusell, pensé: “¡Esto era lo que yo echaba en falta en la carrera de matemáticas…!”. Del resto de los cinco años no me acuerdo. Pero al final, me saqué la carrera de filosofía. Reflexioné muchísimo, sobre política, sobre destino, y también, sobre el rollo este de analíticos y continentales. Al terminar la carrera de filosofía, me inquietaba la pregunta de si iba a poder encontrar un trabajo de algo relacionado…

    Estoy muy de acuerdo con todo el planteamiento de este (casi) gran artículo. Lo que me ha desencajado es el final… Lo he leído muy interesado, por lo general, yo ya sabía todo lo que he leído, pero hay detalles que se me han aclarado con el ejercicio de reflexión que es leer este artículo. Según se iba acercando al final del artículo, y leo a lo lejos la pregunta “¿Con cual nos quedamos?”, ya casi tenía la certeza de que la cosa iba a quedar en empate… Es necesaria la filosofía analítica porque nos ayuda a razonar de forma objetiva, se busca el análisis, la consistencia del conocimiento humano, un adecuado conocimiento de la ciencia de nuestro tiempo, y de su espistemología y filosofía implícita o explícita. Eso nos hace hombres objetivos, que razonan sobre poderosos pilares de la certeza, la consistencia, el análisis, la correcta estructuración de una argumentación que se corresponde con un mundo externo al lenguaje, obserbable o deducible. Parece que es parecido a la ciencia un poco.

    Y creo que la filosofía continental busca la inspiración, la poesía del mundo, ayuda a ser creativo, a ser un magnífico conversador, a ver entender la estética como fenómeno de la vida, a entender la política con sus ideologías y sus sectas, a entender la mente del hombre, sus recovecos, sus lagunas, sus profunidades y cimas, a entender el arte, su sentido, sus formas, sus significados…

    Sinceramente, si yo tuviese que escoger una de las dos (la filosofía analítica o la continental), no sabría con cual quedarme. Supongo que mi temperamento está a medio camino entre la razón y la pasión. Una persona que tenga más lado de razón que de pasión, se quedaría con la filosofía analítica. Y viceversa. Nuestra personalidad puede decidir la balanza. Pero no sería justo juzgar a estas dos escuelas de filosofía mediante tal psicologismo. Así que para decidirnos de forma más objetiva, ya hemos dicho los puntos fuertes de filosofía analítica y continental. Pero ¿tienen puntos débiles? Claro que sí: la filosofía analítica puede ser un buen caldo de cultivo del pragmatismo, ese hombre que va por la vida interpretando el mundo únicamente en términos de dinero, de placer, una persona que busca la practicidad, que no ha cultivado su parte irracional, no ha echo caso a Schiller y no ha cultivado su educación estética y sentimental. Estas personas son arto abundantes, se ven por cualquier lado, incluso a veces tienen titulaciones de ciencias o de letras. Y la filosofía continental también tiene su pecado: el idealismo. O sea, esa actitud de no ser capaz de ver que el mundo está sujeta a unas leyes físicas que son objetivas, independientemente del pensar, por lo que el idealista tenderá a creer que el arte es principio primero de todo, con el peligro que tiene de caer en la típica mistificación en el nombre de alguna idea o ideología. Estas personas también son arto abundantes, a veces hasta crean partidos políticos, que ellos que viven en su mundo mental de mediocres, dividen en partidos de derechas y de izquierdas, y a partir de ahí, categorizan a todos los elementos del Universo como “de derechas” o de “izquierdas”, o estupideces similares.

    Cada uno tiene sus pecados. Pero yo solo encuentro una redención. Y pasa por entender no sólo las grandezas y miserias de los analíticos y los continentales; si no de que ambas filosofías, cuando son buenas, se complementan estupidendamente: la analíitcas nos da análisis que puede ser aprovechado por la creatividad de la continental, la continental nos da ideas que pueden ser cribadas y depuradas por el rigor de la filosofía analítica. La pasión y la fuerza del arte pueden incluso inspirar el desarrollo científico; y el desarrollo científico puede inspirar la belleza de la música o, entrando en el terreno político, el avance a hacia una humanidad que no se defina de forma ideológica.

    Yo me he redimido. No encontré trabajo de nada relacionado con la filosofía, y me hice ingeniero de software. Practico mi prédica, son un malísimo hombre de religión, que no practica lo que predica. Y en la ingeniería, uso el arte y la filosofía porque me inspiran creatividad, dispersión, mundos, profundidad, sistemas… Y uso el análisis, por que me provoca consistencia, coherencia, rigor, objetividad, disciplina… El autor del escrito habla de democracia. Y dice que la filosofía analítica es más democrática que la continental… No lo creo, pero en cambio, sí que creo que la única democracia posible surgirá cuando tomemos lo mejor de todos los frentes de la tempestad. Porque el universo es una tempestad perpetua, como sabe cualquier gran artista o cualquier gran científico. Es ahí donde coincide lo sublime y el rigor.

    Yo creo en una humanidad completa. Por eso amo a los dos hombres de la foto (Nietzsche y Russell). Ellos quizás son los más grandes exponentes de estas dos respectivas filosofías. En esta vida, nuestro destino como hombres debería de ser encontrar el manzano de maravillosas frutas, y quitarle la fruta maldita y podrida. O en otras palabras analíticias: en toda idea y conocimiento, puede haber una gran parte aprovechable y de calidad; pero a veces hay cosas no tan positivas, que las tenemos que eliminar si no queremos que lo positivo se contamine con lo negativo.

  6. Excelente escrito (aunque creo que un poco parcial en favor de la filosofía analítica). Yo soy pasante en la licenciatura en filosofía y ciencias sociales de ITESO, allí estudiamos casi pura filosofía continental. Sin embargo he tenido la oportunidad de leer a varios filósofos analíticos por mi cuenta y hasta la fecha no he tenido ningún problema . Si me preguntas sin duda me identifico con pensadores como Gadamer . Lo importante es, en todo caso que aprendamos a conocer y entender distintas perspectivas, pues, curiosamente tanto en las facultades analíticas como en las continentales, el pensamiento crítico es caballo de batalla, bandera universal . Lo irónico es que en nuestros espacios -especialmente en la academia- hay lugar para todo menos para la crítica y mucho menos para la autocrítica

  7. Es el articulo mas sensato de Ciencias del Sur. El resto de los columnistas divide el campo de la filosofía en filosofía cientifica y “charlatanería” lo cual es, como mínimo, una exageración y maniqueísmo vulgar. Fabrizio, te olvidás de la deriva postanalítica de gente como Rorty, Davidson o Putnam que precisamente ensayan tender puentes entre las tradiciones en base al pragmatismo.

  8. Buen artículo. Entiendo que es una columna introductoria y no un curso, pero faltan explicaciones y ejemplos más entendibles para un público un poco menos versado. Estoy terminando mi PhD -no en filosofía- en Europa continental, y el continentalisismo es bien fuerte acá. Sin embargo, si bien sabía de la existencia de estas corrientes por experiencia debatiendo con profesores por acá, desconocía sus nombres. Así que gracias por eso. Definitivamente me adhiero más a la filosofía analítica, y aunque entiendo la continental, los suscriptores de ambas son culpables de llevar a la Guerra de las Ciencias.

  9. Excelente artículo. Estoy comenzando mi camino por la filosofía y tener un pantallazo como el descrito en el artículo es el inicio que estaba buscando. Más adelante quizás podamos aportar a la discusión.

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