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Señala Aristóteles en su Poética que la poesía es más filosófica que la historia, porque nos habla de lo que pudo pasar, de algo verosímil, mientras que la historia nos habla de lo que ya ha sucedido y que ya no puede ser alterado, el pasado. Esta concepción de la historia como la «ciencia que estudia el pasado« ha prevalecido a lo largo de los siglos, y desde ella se asume que el campo de la historiografía, de la escritura del relato histórico, es en consecuencia el pasado mismo.

Sin embargo, esta interpretación del relato histórico como «estudio del pasado» acumula muchas fallas, ya que el pasado no es algo que se encuentre dado a la escala de nuestro presente, y de algún modo es reinterpretado cada vez que alguien intenta analizarlo. La única forma de conocer el pasado tal cual fue es convirtiéndose en pasado, literalmente dejando de ser y con ello dejando de ser historiador también.

Hay que señalar, en consecuencia, que como la historia positiva no puede influir sobre algo que ya no existe, ha de plantearse a una escala diferente, a la de las reliquias y relatos que se refieren a ese pretérito. Reliquias que además no son neutrales, sino que refieren a distintas posiciones e ideologías, puesto que los documentos que se conservan de una determinada época fueron escritos por personas concretas, muchas veces con el ánimo de establecer algo falso (recordemos, por ejemplo, el fraude de la Donación de Constantino, acta donde se legitimaba a la Iglesia Católica como heredera del Imperio Romano, cuya falsedad fue desvelada por Lorenzo Valla).

De ahí que la historia, al igual que otras ciencias humanas de las que ya hablamos en otra ocasión, esté dividida en distintas metodologías que impiden el cierre de una categoría científica, al contrario de lo que ocurre con las matemáticas, la biología o la física.

Si desde la perspectiva de la gnoseología materialista se identifican las ciencias naturales, las ciencias en sentido fuerte, como aquellas que neutralizan las operaciones de los sujetos, para ofrecernos como resultado final verdades que desbordan esas operaciones, cabría señalar que en las ciencias humanas, y particularmente en la historiografía, existen en principio metodologías que son dependientes de las operaciones del sujeto gnoseológico (metodologías β-operatorias) y  metodologías donde se segrega ese sujeto gnoseológico (metodologías α-operatorias).

Así se llega como caso límite al grado más próximo de la ciencia natural, como señaló Gustavo Bueno en su escrito de 1978 sobre la Historia fenoménica, así como en el relativo a la Gnoseología de las Ciencias Humanas del mismo año.

Este caso extremo sería considerar la historiografía como ciencia natural, de tal modo que, como en cualquier ciencia humana, puede intentarse reducir el problema histórico a las pruebas de ADN o de Carbono 14, como sucede en casos como la determinación de la autenticidad de los restos óseos de Cristóbal Colón.

O incluso, como fabula Augusto Roa Bastos en su obra Yo el Supremo, la de los restos del Doctor Francia mediante un congreso de los más destacados historiadores del momento, que sin embargo no pueden evitar debatir y polemizar, tal es el carácter de la historiografía, acerca de «cuál puede ser el único y auténtico cráneo de El Supremo».

Pero también existen metodologías α-operatorias donde se ensalza el determinismo economicista propio del materialismo histórico acuñado por Carlos Marx, o incluso, dentro de las β-operatorias, otras como el verum est factum, la historia fenoménica, la genuina historiografía, donde se aprecia el valor de las reliquias y relatos como algo dependiente de las personas que las compusieron.

Relatos que, lejos de ser hechos meramente descritos por los historiadores, son extractados y hechos encajar en peculiares lechos de Procusto, para hacerles decir lo que los responsables de la redacción historiográfica ya pretenden señalar de antemano.

Historiografía del presente

En el otro extremo, en las antípodas de la ciencia natural, situaremos la «historiografía del presente«, en la que los sujetos interactúan entre sí en nuestra época, al contrario de lo que sucede en la historia, donde unos sujetos desde el presente han de desentrañar lo que les sucedió a otros sujetos que ya no se encuentran entre nosotros, en el pasado.

Como representación genuina de este caso tenemos los trabajos de investigación periodística, donde el redactor se juega su prestigio y, en ocasiones, su propia existencia al desentrañar ciertas verdades incómodas. Aquí la historiografía se convierte, más que en una disciplina con pretensiones de cientificidad, en un verdadero campo de batalla ideológico.

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