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Pero, en verdad, ya estaban dormidos; todo aquel tiempo fue como un largo sueño. La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que, por la noche, su herida, en apariencia cerrada, se abría bruscamente. Y despertados por ella con un sobresalto, tanteaban con una especie de distracción sus labios irritados, volviendo a encontrar en un relámpago su sufrimiento, súbitamente rejuvenecido, y, con él, el rostro acongojado de su amor. Por la mañana volvían a la plaga, esto es, a la rutina.

La peste
Albert Camus

No sería arriesgado pensar que las universidades públicas de nuestro país se encuentran sometidas a corsés, directrices y propósitos que las vienen arrinconando sin ningún tipo de crítica ni protesta.

Desde hace un buen tiempo las mismas se ven obligadas a amoldarse a todo tipo de exigencias burocráticas, no con el afán de potenciarlas, sino de debilitarlas al punto de convertirlas en despojos para luego decretar su muerte. Los delineamientos para el fortalecimiento de la docencia, investigación y extensión, que antaño provenían de extensas discusiones en las casas de estudios, hoy forman parte de las varias “recetas” esgrimidas por enérgicos grupos tecnocráticos.

La “operación” de construir un país más competitivo que esté a la altura de las exigencias del mundo globalizado está administrada por gestores del conocimiento, la mayoría de ellos ajenos a las pobreza franciscana de nuestras casas de estudios. Lo cierto es que una diáfana defensa y promoción de la mentalidad tecnocrática se ha instalado como nubes borrascosas que amenazan el ethos de lo público hasta límites insospechados.

Perseguir el “éxito” en función a una concepción enteramente empresarial espolea el imaginario, situando así una poderosa idea donde la competencia es la regla y el apoyo del Estado va menguando a favor de una financiación dictada por la lógica del mercado.

Lejos han quedado aquellos años donde las reflexiones de Edgar Faure y sus colegas sonaban en las aulas, los campus y en despachos de burócratas y gestores de lo público. Es más, las ideas y propuestas de un Jacques Delors y su equipo de trabajo han sido sustituidas por agoreros como el “magnético” John Maxwell, a quien le hemos abierto las puertas para que en un ritual de “cuarentena” deambulara por nuestras instituciones emulando a un médico de la peste negra, recogiendo cadáveres y dejando instrucciones para extirpar el fracaso, la incompetencia y quizás, la pobreza.

Imagen tradicional de un “médico de la peste negra” europeo. Muchos de ellos no eran médicos profesionales o directamente eran de segunda categoría. (WikiCommons)

Pero luego de la gran “transformación” vendrán los médicos de verdad, por nuestra puerta también ingresarán los que de una vez por todas harán el gran trabajo conclusivo: la revisión del gasto público, especialmente en salud y educación.

Estos “cirujanos experimentados” del Banco Mundial, ¿realizarán la gran tarea e incidirán en nuestras instituciones de educación superior tal como lo vienen haciendo hace más de 20 años? Habría que esperar. Pero no olvidemos que desde 1994 sobran las recomendaciones a los gobiernos infectados por la “peste” de lo público.

Por ello, no debería sorprendernos si de aquí a unos meses se hable con fuerza y convicción de la importancia de “transferir” parte del costo de la educación superior a los particulares (los alumnos y sus familias).

¿Acaso ya no se está hablando de incentivar los préstamos para cubrir los gastos de la educación superior?

Sombras y amenazas a la educación pública

Así, “enfermas” (in-firmitas: falta de firmeza), “moribundas” y además “estigmatizadas”, a un paso de convertirse en “cadáveres” (caro data vermibus: carne dada a los gusanos), el destino de las universidades públicas está repleto de sombras y amenazas. Nuestra suerte está en manos de aquellos que han buscado —y conseguido— privatizar no solamente los servicios y los materiales didácticos, sino de aquellos que decretan cuantitativa y cualitativamente las necesidades, los objetivos y límites de la educación superior.

Así, los planes y programas quedan a la merced de las aspiraciones de las empresas y a su objetivo fundamental, la acumulación de riquezas y maximización de utilidades. (González, 2001)

A esto hemos llegado, y lo peor es que mucha gente está esperando la gran “transformación”. Al igual que muchos distribuidores de “productos de nutrición” de venta directa aguardan la gran epifanía de convertirse en millonarios, ¿profetizarán “los médicos” que acabar con los bubones de la peste pública nos hará más competitivos? Lo reconfirmaremos en muy poco tiempo.

Entonces, suponiendo que todo lo expresado fuese así, el sentido y la razón de los ataques a las universidades públicas se explican fácilmente. Se ha configurado un espacio de lucha en contra de la peste. Por ende, los servicios públicos, la educación pública en este caso, y la configuración de un tipo de cultura y conocimiento, emanará de unos criterios previamente trazados.

Se piensa en la universidad ya no tanto como una fuerza moral y cultural sino, de acuerdo con una frase tecnocrática aparecida en un estudio reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), como una parte del ‘sistema innovativo nacional’ y una incubadora de nuevas industrias en una economía tecnológicamente dominada”. (Rosenbaum, 2001)

Más allá de que las nociones como verdad, progreso, racionalidad, así como las normas y valores de la ciencia son relativas a contextos y comunidades (Sánchez, 1995) se presentará un horizonte unificado a perseguir y emular. Tan entusiasmados estamos con ciertos “prestigios” que nos hemos olvidado de nuestro entorno y nuestra región. Cientas de universidades de primer nivel viven cerca de nuestras fronteras pero no hemos sido capaces de visualizarlas y mucho menos trabajar activamente con ellas.

Tiranía de los rankings

La Universidad Nacional de Asunción, UNA, es la universidad pública más antigua e importante de Paraguay. Es la que más investigaciones realiza en el país. (Fotografía: Libro UNA, 120 años)

Si la regla es transformar la vetusta y obsoleta universidad pública en un remedo de Silicon Valley, en ausencia de un presupuesto acorde al deseo, entonces, lo que se anhela es una imagen que no podrá ser real, una especie de “no ser siempre todavía”.

Si a esto sumamos la tiranía de los rankings, el combo se va completando. QS, THS, ARWU, imponen su ley de manera superlativa. La desesperación por ocupar un lugar destacado en la lista de universidades prestigiosas solo es superada por la ansiedad generalizada que supone esperar anualmente la lista.

La exigencia por pertenecer y ascender en estos rankings es más fuerte que la exigencia de fortalecer la investigación con la contratación de investigadores de tiempo completo, la construcción de infraestructuras, tanto para habilitar aulas, equipar laboratorios y además, todo lo relacionado a becas estudiantiles, movilidad y las ayudas para cursar maestrías y doctorados.

Todo esto supone más presupuesto asignado para las universidades públicas. Entonces, la estrategia es estigmatizar para seguir negando los recursos y así indicar una y otra vez la purulenta realidad de un sistema que debería perseguir los objetivos del MIT, aunque la subnutrición, la uncinarias, el mal de Chagas, sean una realidad circundante. La fórmula es ser como otros para ser nosotros mismos”.

El ideal entonces es aparecer en una lista y jugar a ser como otros. ¿Cuánto es el presupuesto de las universidades que lideran la lista de las mejores? ¿Cuánto es el gasto por alumno en aquellas universidades en la que nos miramos? ¿Se han preocupado los analistas y las autoridades del gobierno de revisar los montos asignados a la educación superior en los países vecinos?

Entonces, quizás haya llegado el momento de abrir un gran debate acerca de las fortalezas y debilidades de las universidades públicas en su más diversa complejidad. Pero ese debate debe surgir de las mismas entrañas de nuestras universidades públicas.

¿O vamos a contratar a alguna universidad estadounidense para que nos “indique” nuestras falencias? ¿Tenemos el talento y la dignidad para trazar un Programa de Actualización y Proyección de la Educación Superior del Paraguay?

Estudiantes, docentes, investigadores, directivos y comunidad en general debemos otorgarnos la posibilidad y el privilegio de revisar y deliberar acerca de nuestras prácticas y quehaceres con absoluta honestidad y capacidad de rectificación. Hurgando en nuestro presente podremos visualizar nuestro destino. Podremos construir lo que nos falta o podemos esperar y recibir a manera de fórmula nuestra “redención”.

Esbozar criterios para mejorar nuestras prácticas, agilizar los servicios modernizando la concepción que arropa nuestro cotidiano “estar” y “hacer” son acciones que no podemos delegar. Forjar una universidad pública más allá de mandatos y recetas es una tarea moral de primer orden. Mirarnos a pesar de los espejos y reflejos ajenos es una decisión política autentica y revolucionaria.

Tarea urgente

Urge asumir una dinámica desde la cual podamos renovar y fortalecer compromisos y acciones teniendo como horizonte una identidad que se transforma y reverdece al compás de las exigencias del tiempo presente y de un futuro solícito de cambios y nuevas estrategias.

Si únicamente la presión del emprendimiento o de —en palabras de Brunner (2014)— una burocrática “jaula de hierro” es capaz de espolear nuestra autorreflexión, entonces habremos perdido la autonomía y la creatividad que caracteriza a las universidades, o que por lo menos creemos y pregonamos.

Si no podemos debatir, otros lo harán y otras universidades surgirán en reemplazo de nuestros “cadáveres”.

Referencias

 

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(San Juan Nepomuceno, 1975). Editorialista y columnista de filosofía y educación de Ciencia del Sur. Es filósofo y catedrático de la Universidad Nacional de Asunción. Tiene un doctorado en filosofía por la Universidad de Oviedo, España y estancias postdoctorales en la Universidad de Lisboa, Portugal. Es el actual encargado de despacho de la Dirección de Postgrado y Relaciones Internacionales de la UNA. Como académico tiene investigaciones en filosofía cultural, bioética y antropología publicadas en revistas y libros. Es uno de los humanistas más productivos de Paraguay. Está categorizado en el PRONII del Conacyt. Escribió los libros: "Nambrena", "Historia del pensamiento paraguayo", "Lecturas para una filosofía de la educación", "Cecilio Báez" y "Suciedad, cuerpo y civilización".

6 Comentarios

  1. Meticulosa reflexión del Dr. José Manuel Silvero sobre el sombrío porvenir de las universidades públicas del Paraguay.
    Él nos alerta, con tiempo, del peligroso camino que estamos siguiendo -camino trazado y dirigido por los mentores- hacia la conversión en “cadáveres” de las instituciones universitarias públicas.
    Pero también nos anima al afirmar que la solución al problema está en las propias universidades públicas y nos invita a despertarnos y apuntar a la modernización de nuestras universidades públicas.
    Aún estamos a tiempo y depende de nosotros

  2. Excelente artículo maestro! Ayuda a reflexionar acerca de la falencia e improductividad nuestras universidades públicas a favor de los sectores más desprotegido.

  3. Excelente artículo maestro! Ayuda a reflexionar acerca de la falencia e improductividad de nuestras universidades públicas a favor de los sectores más desprotegidos.

  4. Es verdad…..! Necesitamos involucrarnos para que esto vaya teniendo mejores horizontes y mas nivel en la globalizacion….!!! También hace falta revisación profunda de sus contenidos programaticos….! De hecho como el articulo dice…existen intereses creados muy fuertes en partes privadas….con mucha utilización de sectores . Además se ha demostrado las falencias que existe en su administracion. Y es de admirar….hasta donde ya ha llegado en si la universidad pública.

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