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Hubo un tiempo, en Paraguay, en que los escritores estaban censurados o prohibidos, que las letras eran peligrosas, que la cultura se enfrentó al poder de las armas y del dinero. Hubo un tiempo en que en medio de tanta oscuridad, la luz se filtraba subversivamente a través del arte, la filosofía y la literatura.

Hoy se cumplen 100 años del nacimiento del escritor Augusto Roa Bastos, intelectual que en 1989 ganó el Premio Cervantes. Desde el Gobierno paraguayo, pasando por las empresas editoriales, centros culturales y hasta los escritores reivindican el legado de quien tuvo que enfrentarse no solo a la tiranía de una dictadura de analfabetos estronistas, sino también a una cultura que no valoraba la literatura.

Roa Bastos compenetró con su pueblo, recurrió a la lengua española para pintar la realidad y los sueños de una sociedad históricamente avasallada en sus derechos; los anhelos de una comunidad que enfrentó por más de 200 años sometimientos políticos, empresariales y religiosos, principalmente. Se enfrentó al silencio, a la mediocridad y al totalitarismo de la misma forma que se dedicó a la literatura.

El escritor tuvo que exiliarse en varias oportunidades por no estar de acuerdo o por tener diferencias con el régimen autoritario de Paraguay. Gran parte de su obra la realizó en el exterior. Argentina, España y Francia le dieron oportunidades que su país no le podría brindar. Ejerció la docencia y el periodismo con la misma pasión que la producción de novelas, guiones cinematográficos y poemas.

Augusto Roa Bastos y José Luis Appleyard, en un evento de El Lector, en el año 1990. (Fotografía: Libro Roa Bastos. Vida, obra y pensamientos, de Antonio Pecci).

Se enfrentó al ninguneo, a la persecución, al miedo y a la cómoda función social de no llamar a las cosas por su nombre. Creemos que fue un héroe por luchar contra el símbolo que representaba Alfredo Stroessner y sus chupamedias estafermos, pero lamentamos que haya apoyado a la dictadura comunista de Fidel Castro.

En cierta forma, Roa Bastos fue una minoría en su país. Hacer una carrera académica en un país antiintelectual como Paraguay representó un desafío enorme, tanto que por pensar diferente se vio forzado a abandonar su tierra donde nació y creció. Tenía voz propia, lenguaje personal e ideas no contaminadas por la pereza intelectual. Pensar por sí mismo y defender sus derechos le obligaron a salir del Paraguay.

Desenmascaró al poder y presentó esa visión a la gran comunidad de lectores hispanoamericanos a partir de sus primeras novelas.

En un país que da la espaldas a la innovación, a los librepensadores y a los rebeldes, Roa Bastos debe ser rescatado más allá de los buenos discursos conmemorativos y más allá de las bibliotecas. En un país que discrimina y violenta a los indígenas, a la comunidad LGBTI, a las mujeres, a los niños, a los emprendedores y visionarios, la palabra del escritor debería resonar para reestructurar o por lo menos repensar la sociedad que tenemos.

Roa Bastos murió en el siglo XXI, en un país todavía intolerante, irresponsable y corrupto, pero con la esperanza de que todo el proceso indignante de menospreciar al ser humano se pueda revertir en algún momento, con un cambio de mentalidad.

En Ciencia del Sur estamos convencidos de que el verticalismo, la violencia sectaria y el autoritarismo deben ser combatidos con más información y más pensamiento crítico. La evidencia nos muestra que la acumulación de poder y su uso arbitrario atentan contra los derechos humanos y las libertades públicas. Celebramos los 100 años del nacimiento de Roa Bastos y celebramos también sus ideas a favor de un país más culto y educado.

 

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