Policía corrupta y marihuana plantada: Asunción verde con terrorismo de Estado

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marihuana en Asunción
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Marihuana, macoña, joy, porro, finito, faso: no importa la denominación, todas las especies de la familia cannabaceae están proscriptas.

Más allá de la absurda prohibición de venta y consumo de marihuana, además de las limitaciones a las investigaciones científicas en los centros de investigación de Paraguay, y con el terrorismo de Estado con que a veces actúa la Secretaría Nacional Antidrogas, la Policía Nacional paraguaya se convirtió en una institución poderosa para crear una mafia bien orquestada de extorsión con marihuana que involucra a policías, comisarios y abogados.

Asunción es una capital relativamente pequeña en comparación a otras urbes de la región. Apenas tiene 600 mil habitantes y alrededor de 2 millones con la población del departamento Central. La marihuana se consigue en todas partes, desde la Plaza Uruguaya, pasando por los alrededores de la Penitenciaría de Tacumbú, en las comisarías y hasta en los encuentros sociales más costosos.

Sus más de 70 barrios son testigos de la compra y venta diaria de la “yerba prohibida”. Todavía podemos observar los zapatos colgados en los cables sobre varias calles, mensaje de que en esa zona hay vendedores.

De las 13 mil personas encarceladas en Paraguay, más del 32% está recluida por delitos relacionados con el tráfico y venta de drogas. La marihuana se fuma mucho en Asunción y la demanda está aumentando, no solo para los fines recreativos, sino también gastronómicos y médicos.

Los marihuaneros de la clase media y alta no tienen problemas; consumen en sus casas y pueden comprar weed de amigos o dealers repartidos por toda la capital. Van tranquilamente a algún shopping de la ciudad a comprar papeles de cigarrillos para marihuana, de diferentes sabores y precios, picadores que van desde los 30 mil hasta los 100 mil guaraníes (USD $5-18), armadores chinos y otros de excelente calidad a altos precios. Todos esos productos tienen planes de venta y marketing, menos la marihuana.

Los marihuaneros chuchis pueden hasta comprar armadores automáticos hoy en día, obviamente, pidiendo factura y colaborando con la formalización de las empresas paraguayas. Eso sí, las bolsitas de marihuana se consiguen a precios extremadamente inflados para un país productor de cannabis. De las muchas estafas que existen en Paraguay, el de la marihuana parece hasta simpática.

Los marihuaneros pobres o de ingresos escasos, sin embargo, consiguen marihuana a bajo costo y en grandes cantidades, fuman en las plazas y en las calles y son víctimas de una sociedad conservadora e intolerante, por un lado, y por el otro, de miembros de la Policía Nacional paraguaya, una de las instituciones menos profesionales y más corruptas del Estado. Los oficiales persiguen y extorsionan a los fumadores más humildes para sacarles plata sin asco.

Pero los policías no discriminan. Plantan marihuana a todos aquellos que se dejen, en un descuido, para luego intimidarlos y extorsionarlos. Son muy comunes hoy las denuncias públicas a efectivos de diversas comisarías de la capital, aunque sobresalen los policías corruptos de las Comisarías 1°, 2° y 4°, que se encuentran en barrios muy populares de Asunción.

La Comandancia de la Policía lo único que hace al recibir estas denuncias es trasladar a los efectivos implicados en las extorsiones… para que vayan a delinquir a otras jurisdicciones. Muchos asuncenos están cansados de vivir en zozobra ante la inseguridad reinante por los ladrones y delincuentes comunes y también por los “polibandis”, que abundan. No existe un plan de depuración en el Ministerio del Interior ni siquiera un mecanismo estandarizado de cómo actuar ante estos hechos.

Adolescentes desprotegidos y jóvenes que fuman en sus vehículos o en sus veredas son víctimas del terrorismo de Estado. Utilizan el uniforme para denigrar a los ciudadanos, extorsionarlos y obligarlos a cometer delitos. Los supuestos guardianes de la seguridad, los que deberían protegernos de los delincuentes y criminales son en realidad criminales brutos, deseosos de joder a los demás para obtener beneficios rápidos y directos, utilizando la “autoridad” y la violencia.

El costo de la extorsión varía de acuerdo al tipo de vehículo o vestimenta que tiene la víctima. Por lo general, los policías deciden robar a mujeres y extranjeros, o adolescentes que caminan con una mochila por las calles. Aquí, cualquier ciudadano es sospechoso hasta que se demuestre su inocencia; esa es la lógica que utilizan los cavernícolas de la Policía Nacional y los agentes de la justicia que se prestan al patético show.

Faltan políticas públicas basadas en evidencia que luchen en primer lugar contra el autoritarismo y grado de violencia de los cuadros policiales, que permitan poner mano dura con los corruptos de la Comandancia de la Policía, que planteen nuevas discusiones en torno a la despenalización del uso del cannabis.

Esto no se trata de un pedido de “vagos” o socialistas, como quiere plantear el sector conservador de la prensa y la sociedad, sino de una reivindicación de los derechos individuales, de la propiedad y la libertad, principalmente, del acceso al conocimiento y a la información científica.

Con reglas terriblemente represoras, con una policía obsoleta y ladrona, con una ciudadanía desinformada y prejuiciosa, la marihuana seguirá siendo un grave problema en un país gobernado por la narcopolítica.

Sabemos bien que si se apunta a una legalización real y efectiva, basada en el respeto a la comunidad y con evidencia científica, los primeros perjudicados serán los narcotraficantes y políticos que gobiernan varios y nuevos distritos en los departamentos de San Pedro, Concepción, Amambay, Canindeyú y Caaguazú. El negocio de la violencia capaz no desaparezca, pero podría descender.

Sudamérica precisa de leyes más abiertas y Paraguay necesita más libertad.

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Director de Ciencia del Sur y presidente de Asincyt. Periodista y divulgador, estudió filosofía en la Universidad Nacional de Asunción, UNA. Tiene diplomados en filosofía medieval y relaciones internacionales. Es pionero en periodismo científico en Paraguay. Condujo los programas de radio El Laboratorio, con temática científica (Ñandutí) y ÁgoraRadio, de filosofía (Ondas Ayvu). Fue columnista, periodista y editor de Ciencia y Tecnología en el diario ABC Color y colaboró con algunas publicaciones internacionales. Como académico hace investigación en historia y filosofía de la ciencia. Fue presidente de la Asociación Paraguaya Racionalista (APRA), secretario del Centro de Difusión e Investigación Astronómica (Cedia) y encargado de cultura científica de la Universidad Iberoamericana (Unibe). Tiene tres libros publicados.

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