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La civilización humana ha encontrado en mentes brillantes la necesidad de entender el universo que le rodea. Estas personas, además de la difícil empresa de analizar la realidad, han debido enfrentarse a los paradigmas imperantes de sus épocas.

Cada una de estas revoluciones del conocimiento sirvió de base para la abstracción y sistematización del pensamiento posterior, que a su vez moldearon las diferentes acciones humanas en el afán de comunicar por medios directos e indirectos los nuevos paradigmas.

A este paso de los descubrimientos hacia los diferentes procesos de comunicación lingüística y acciones humanas —como el arte— denomino “tobogán del conocimiento”, y brevemente lo ejemplificaré mencionando a tres de las personalidades más influyentes de la primera mitad del siglo pasado.

Albert Einstein nos proporcionó a través de la teoría de la relatividad especial (1905) y general (1915) el crucial cambio en la noción del tiempo y su relación con el espacio. Antes considerado como absoluto y fuera de la categoría mensurable del espacio físico reconocible, el tiempo pasó a fusionarse con el espacio en lo que se denominó espacio-tiempo: una dimensión más a las tres espaciales conocidas.

Las teorías de Einstein arrojaron fuera del ámbito de la física teórica el debate sobre la influencia del tiempo en la percepción del espacio. Específicamente, tuvo lugar en la disciplina de la Estética de inicios del siglo XX.

Diversas teorías estéticas pasaron a hacer énfasis en la “percepción cinemática” y “el tiempo relativo a la experiencia y a la percepción”. Ya ningún objeto de estudio sería analizado sin la incorporación del movimiento y la transformación permanente para obtener una visión acabada de todas sus partes. El objeto dejaría de ser estático para ser dinámico en el espacio.

Munidos del asombro, una capacidad implícita en cada ser humano, dos influyentes actores de la corriente modernista incorporaron a su lenguaje este debate trascendental.

Pablo Picasso (1881-1973) en el arte pictórico y Charles-Édouard Jeanneret-GrisLe Corbusier (1887-1965) en la arquitectura nos mostraron con sus obras la influencia del tiempo en la percepción del ser humano en su espacio.

Una de las obras más claras en la incorporación del tiempo dentro del lenguaje pictórico es Las señoritas de Avignon, donde Picasso rompió con los cánones del realismo estático, enfatizando el juego dinámico de planos y puntos de vista dispares, los mismos que apelan al aparente movimiento del observador que necesariamente recurrirá a la noción del trascurrir del tiempo para comprenderla.

Observamos partes del cuerpo de las diferentes señoritas casi a modo de instantáneas en diferentes posiciones o perspectivas. En un mismo rostro vemos frontalmente rastros que son superpuestos con otros en percepción lateral, comunicándonos así la necesidad del tiempo y el cambio como actores en la comprensión de la idea.

Picasso renunció a la representación realista producto de un instante eterno para pasar a enfatizar de forma abstracta la sucesión de puntos de vista.

La Villa Saboya del año 1929 es una obra arquitectónica paradigmática de Le Corbusier, uno de los grandes maestros de la arquitectura moderna, que fue concebida a partir de la lógica del movimiento permanente.

Mucho podría detallar sobre esta trascendental obra, pero me centraré en mencionar la voluntad del autor en incorporar al tiempo como factor preponderante en la percepción del espacio tanto exterior como interior.

Al igual que Picasso, Le Corbusier dejó de lado la estética clásica realista con énfasis en la estaticidad del objeto; explicitó la importancia del recorrido y el movimiento del observador para su comprensión total.

A modo de facetas, cada fachada va cambiando sutilmente en el afán del autor de hablarnos del devenir en el tiempo. Para enfatizar aún más este tema central del cambio, incorpora en el corazón de la obra al elemento que se transformará en el actor principal facilitador de la percepción interior del devenir en el tiempo: la rampa o circulación vertical de plano inclinado suave que permite contemplar las diferentes vistas desde el interior.

No es mi afán en este breve escrito describir cada elemento de estas obras, sino más bien presentarlas para sustentar el tema central: el arte como lenguaje del conocimiento de su tiempo, como testimonio del conocimiento de una época.

Vemos que estos dos exponentes de la estética de la primera mitad del siglo XX buscaron ser ante todo individuos inundados de voluntad de conocimiento de punta para su tiempo, lo cual necesariamente significaba la superación de paradigmas anteriores.

En otros artistas de la misma época pudo observarse también la incorporación del mismo tema: en las obras pictóricas de Vasili Kandinsky, los móviles de Alexander Calder, en música con el atonalismo experimental y por supuesto en el cine con las producciones de los United Artists, entre otros.

Así pues, todo individuo que desee ser testimonio de su tiempo deberá incorporar a su bagaje intelectual al menos una síntesis de los descubrimientos científicos. Estos le proporcionarán las mejores herramientas para comprender su realidad y posteriormente conceptualizar sus propias acciones.

Por ende, la utilización de conocimiento caduco solo podrá conducirnos a una errónea comunicación, a un lenguaje y un arte que desencajará con su contemporaneidad.

En ese sentido cabe preguntarnos si cada uno, en nuestros diferentes quehaceres, somos o no testimonio del tiempo que nos toca vivir. Es mi deseo más profundo que así como nos mostraron estos actores del siglo XX, podamos estar a la altura de la ciencia en el siglo XXI.

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1 Comentario

  1. Me gusta la proposición del Arq. Burgos cuando dice “todo individuo que desee ser testimonio de su tiempo deberá incorporar a su bagaje intelectual al menos una síntesis de los descubrimientos científicos. Estos le proporcionarán las mejores herramientas para comprender su realidad y posteriormente conceptualizar sus propias acciones”

    Muy interesante el artículo

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