La ciencia en España hoy

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Fue en 1876 cuando, a raíz del comienzo del régimen de la Restauración borbónica, se produjo en España la denominada «polémica de la ciencia española».

Autores como Gumersindo de Azcárate defendían que España se había visto privada de ciencia a causa de la perniciosa influencia de la Inquisición, mientras que otros como Marcelino Menéndez Pelayo, por otro, exhibían toda una serie de autores que demostraban que el presunto mantenimiento de la pureza de la fe católica no era incompatible con el desarrollo de una ciencia española.

El matemático Hugo de Omerique (1634-1705), contemporáneo de Newton, el arbitrista Jerónimo de Ayanz (1553-1613), precursor del diseño de la máquina de vapor que acabaría plagiando James Watt, entre otros, eran exhibidos como nombres destacados de una ciencia española que tenía sus propios héroes, a los que se suman otros como los Leonardo Torres Quevedo (1852-1936) (autor de una protocomputadora, entre otros inventos) o Juan de la Cierva (1895-1936), inventor del autogiro, precursor del actual helicóptero.

Sin embargo, los problemas de la ciencia en España, al igual que en otros lugares del mundo desarrollado, ya no versan acerca de los «héroes» culturales, cuya presencia es reconocida a través de prestigiosos premios, becas, etc.

Diríamos que hemos pasado de lo que los anglosajones denominan como little science, la ciencia producto de brillantes genios que trabajan por su cuenta, a la big science, aquélla ligada a la sociedad industrial.

El crecimiento en el siglo XX de las disciplinas científicas y las tecnologías asociadas a ellas, en todo tipo de artefactos no solo industriales sino bélicos, como la bomba atómica o las tecnologías de manipulación genética, las tecnologías de la información, hubieran sido imposibles desde una óptica tradicional de la ciencia como actividad privada o de una élite ociosa.

Solo desde un programa dirigido por poderosos grupos ligados a los gobiernos puede desarrollarse esta explosión tecnológica donde se incluyen todo tipo de complejos artefactos, como las aeronaves, cuya existencia depende directamente de teoremas y principios científicos, tales como la ley de la gravedad.

No resulta extraño, por lo tanto, que en España los científicos de diversas especialidades pongan el grito en el cielo cada vez que desde el ministerio encargado en los sucesivos gobiernos de regular lo relativo a la actividad científica, se anuncian recortes económicos en las dotaciones destinadas a Investigación, Desarrollo e Innovación (I+D+I).

El golpe asestado a toda la estructura de la big science española cada vez que se anuncian esas malas noticias es considerable, pues implica que decenas de investigadores tendrán o bien que reconvertirse, o bien buscar acomodo en otros países donde el presupuesto público aún les permita mantener su estatus.

No obstante, esto tampoco puede considerarse sin más como «golpe irreparable a la ciencia». La idea de la big science es deudora también de la del positivismo lógico que pronosticaba una «ciencia unificada», y también de la de cierto fundamentalismo para el que la ciencia es el motor del desarrollo de la humanidad, dejando a un lado lo que despectivamente se denomina como «tradición humanística».

Una ideología que también influye en esa tradición humanística, puesto que, precisamente, las denominadas «ciencias humanas» pretenden en España también que sean tenidas en consideración, a la hora de recibir su pedazo del pastel presupuestario destinado a la investigación.

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